Mateo 9,32-38 – proclamando la Buena Nueva del Reino

Julio 7, 2015

Texto del evangelio Mt 9,32-38 – proclamando la Buena Nueva del Reino

32. Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.
33. Y expulsado el demonio, rompió a hablar el mudo. Y la gente, admirada, decía: «Jamás se vio cosa igual en Israel.»
34. Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.»
35. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.
36. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.
37. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos.
38. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»

Reflexión: Mt 9,32-38

Hay tanto por hacer y tan pocos operarios, esta es la sensación que invade a Jesús, por esos nos exhorta a pedir al Dueño de la mies a que envíe más obreros. Hay tatas ideas fundamentales en este texto, que cuesta quedarse con una y por ello normalmente dejamos pasar algunas desapercibidas, como por ejemplo la del Dueño. No se trata tan solo de una expresión dicha sin más. Jesucristo está hablando con propiedad y en cada Palabra suya nos devela el misterio de Dios y la Creación. Sabemos que es nuestro Padre, que nos ha creado por amor y que por lo tanto quiere lo mejor para nosotros, lo que más nos conviene, como es: la Vida Eterna. Todo esto lo sabemos, pero aquí hay un rasgo adicional, Dios es el Dueño, es decir el que dispone, ordena y hace lo que quiera con su propiedad. Hemos de tomar conciencia de esta realidad tan rotunda. El Universo con todo lo que contiene, incluyéndonos, es Su Creación. Todo lo hizo por Su Voluntad y todo ha sido trazado conforme a Su Sabiduría y sigue Sus Criterios, Leyes y Disposiciones. Siendo Bueno, como dice el libro de Génesis, todo lo ha hecho Bien. Todo tiene un sentido armónico en esta obra infinita, incluyendo nuestras propias vidas, de donde podemos deducir que lo propio es descubrir y ajustarnos a Su Voluntad, que esta será siempre la que prevalezca y por lo tanto lo mejor para nosotros. Si somos coherentes debemos concluir que hacer la contra será siempre un disparate de consecuencias incalculables y desastrosas, lo que lamentablemente ha ocurrido mucho en nuestro mundo, tal como las evidencias lo delatan. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Descubrir esta Verdad y sostenerla en cada uno de nuestras actitudes y acciones es lo que debemos pedir en forma constante a nuestro Padre. Creer en que esto es así y vivir en consecuencia. Esta es la Buena Nueva del Reino que Jesús proclama en todas las sinagogas y por donde va, todo el tiempo. Pero sabe que no basta, porque hay que llegar a cada hombre y mujer del planeta, hablar a su inteligencia y a su corazón para que tengan la opción de reflexionar y decidir acertadamente lo que han de hacer con sus vidas, para que no andemos vejados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. ¡Él es nuestro Pastor! Hemos de oírle y hacer lo que nos manda, porque eso es lo que nos conviene, porque eso es lo mejor para nosotros. Vendrán de todo lado a decirnos que no es cierto, a decir que hay engaño en Sus Palabras, que lo que hace es obra del demonio, tal como lo señalan aquí los fariseos a nombre de la ciencia y sabiduría humana, porque estos eran los letrados de aquella época, por lo que tenemos que estar listos para rechazarlos fundados finalmente en nuestra fe, en nuestra confianza en Jesucristo, que nos ha dado evidencia de la Verdad que vino a anunciarnos, enviado por Dios Padre, por amor. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Prestemos oídos a lo que dice la gente de entonces, los testigos directos de las obras y milagros de Jesús: Jamás se vio cosa igual en Israel. Tengamos fe y no seamos incrédulos, que nada de esto estuviera escrito y se hubiera transmitidos hasta nosotros si no hubiera sido cierto. Ponerlo en duda es lo propio del demonio, del dinero, de los que quieren seguir manteniendo el mismo estatus quo, en el que el hombre es lobo del hombre, en el que se depreda y explota sin ninguna consideración todo lo creado, incluyendo a nuestros hermanos, con el único propósito de atesorar ganancias, lucro, bienes y riquezas, como si en ellas estuviera la felicidad, como si esta dependiera de la cuantía de nuestras riquezas, poder o fama. El Señor nos enseña que eso no es correcto; que debemos ser humildes y amarnos unos a otros como Él mismo nos ha amado, porque solo así alcanzaremos la Vida Eterna, que es sin duda la mayor de las dichas que ha sido reservada por nuestro Padre Dios para todos y cada uno de nosotros, por ser Sus hijos. Esta es la Buena Nueva del Reino que es preciso proclamar por toda la tierra, para lo cual Cristo cuenta con nosotros, aun cuando sabe que esto es insuficiente, porque Él quiere llegar cuanto antes a todos, porque siente compasión por los que se pierden, por los que no lo conocen y deambulan vejados y abatidos, como ovejas sin pastor. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

De aquí nace nuestra misión, la misma que es urgente, porque Dios no quiere que ni uno de nosotros sus hijos, se pierda. Si hemos oído y entendido este discurso, que no es otra cosa que la proclamación de la Salvación para toda la humanidad traída por Jesucristo, hemos de ponernos en Camino, haciendo lo que el Señor nos manda, con fe. La fe será necesaria para perseverar en la Verdad y el Amor aun cuando nos asalten las dudas y nos sintamos que aramos en el mar. Si tenemos fe, hemos de amar. El amor nos salva. Recordemos la consigna de San Agustín: ama y haz lo que quieras. Amemos inquebrantablemente, indesmayablemente, a todos nuestros hermanos, empezando por los que nos rodean y por quienes tenemos mayor obligación. Dejemos de lado todo egoísmo, todo comportamiento utilitario que nos aconseja dar para recibir algo a cambio. Demos como Jesús, sin esperar nada a cambio. Demos sin esperar recompensa. Demos a todos, incluso a aquellos que según nuestros criterios no lo merecen, porque así es como Dios nos dio la salvación, antes que existiéramos y sin mediar mérito alguno. Sigamos a nuestro Padre. Seamos perfectos en el amor, eso es lo que nos manda Jesucristo. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Oremos:

Padre Santo, danos un corazón grande y fuerte, lo suficientemente sólido para aguantar con determinación las dificultades y lo suficientemente blando para oír, sentir y condolernos con nuestros hermanos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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