Mateo 8,28-34 – al encuentro de Jesús

julio 4, 2018

al encuentro de Jesús

“Y he aquí que toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, en viéndole, le rogaron que se retirase de su término.”

Miércoles de la 13ra Semana del T. Ordinario | 04 de Julio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

al encuentro de Jesús

¡Qué paradoja! Así somos a veces los humanos. Preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer. Nos resistimos al cambio y nos da temor perder estabilidad, privilegios y el bienestar al que estamos acostumbrados.

No queremos cambios, por más mínimos que estos pudieran ser. ¿Qué ocurre si luego no nos gusta? ¿Podremos recuperar lo que invertimos? Nadie da puntada sin nudo, así que si no se percibe el inmediato beneficio, seguramente desistiremos del cambio.

al encuentro de Jesús

Esta es la dificultad con la que tropieza el Señor. ¿Cómo convencernos del Bien que nos espera como recompensa a nuestros sacrificios? No resulta fácil. Es por eso que se ve precisado incluso a dar Su propia vida para convencernos.

Por eso, cuando algunos tenemos el descaro de criticar lo que hizo Jesús o de cuestionar Su nacimiento, vida, pasión y muerte violenta y humillante en la cruz, damos muestras de profundo desconocimiento e incomprensión, solo comparable con las de este pueblo de la región de los gadarenos.

Salieron a suplicarle al Señor que se alejara de sus tierras ¿Por qué? Porque la salvación de aquellos dos poseídos por los demonios les había significado una gran pérdida en su riqueza. No les salía a cuenta. Preferían vivir con estos demonios a ver menguada su fortuna.

En el fondo, esta es siempre la razón por la que rechazamos a Jesús. Porque no queremos perder nada de lo que tenemos. Porque queremos seguir con nuestras costumbres, con nuestros vicios, con nuestra comodidad, con nuestra riqueza o con nuestro despilfarro, con nuestra corrupción.

Incluso los más buenos, no estamos dispuestos a sacrificarnos. Nos cuesta privarnos de una comida, de un abrigo, de un lujo, de un viaje, de una distracción, de un tiempo ameno. Aceptamos todo en teoría, en papeles, en discurso, pero no en la práctica.

¿Qué nos ocurre? ¿Es que no llegamos a vislumbrar lo que el Señor nos ofrece? ¿Será que no llegamos a creer que lo que ganaremos será mucho más de cuanto pudiéramos arriesgar y aun perder en esta vida? ¿Por qué no le creemos a Jesús?

Tal vez este debía ser el centro de nuestra reflexión el día de hoy. ¿Será que nada de lo que hemos vivido podríamos considerarlo como argumento suficientemente convincente para creer en Él? ¿No será que con el tiempo solemos minimizar las Bendiciones recibidas?

Paulatinamente nada de aquello que nos remeció parece importante. Con el tiempo aquella Gracia Infinita de Dios por la que quedamos eternamente agradecidos, nos parece algo realmente poco significativo. Somos así. Tenemos una memoria ingrata.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué tanta soberbia? ¿Por qué tanta suficiencia? ¿No será que estamos endemoniados y preferimos vivir así, antes que exponernos a perder nada? ¿Qué será de nosotros? Si Jesús ya no nos conmueve, ¿quién nos salvará?

¿Será que podemos prescindir de Dios? ¿Será que todo está en nuestra mente, en nuestra actitud, en la fe que tenemos en nosotros mismos? Entonces, ¿todas las Escrituras están erradas? ¿Jesús se equivocó? ¿El Demonio que tentó a Eva tenía razón?

¿Seremos como Dios sin necesidad de renunciar a nada? Entonces, ¿por qué Caín mató a Abel? ¿Por qué las guerras? ¿Por qué los ricos y los pobres? ¿Por qué el dolor, por qué la muerte? ¿Por qué la mentira, por qué la esclavitud y la opresión?

Si creemos que podemos convivir con el mal, si creemos que podemos mantenerlo a raya, estamos en un error. ¿Cómo lo sabemos? Basta revisar la historia. Si nos falta Dios, caminamos a la deriva, sin norte; caminamos a la autodestrucción. Sin Dios no somos nada, ni tenemos nada por qué vivir.

Dios es nuestro Creador. De Él salimos y a Él tenemos que volver. ¿Por qué? Porque Él nos hizo por amor, para alcanzar la plenitud y ser felices eternamente. Alcanzar este fin es el propósito de nuestras vidas. Estamos aquí para eso y nada más ha de tener la misma importancia.

Cualquier cosa que nos desvíe de este propósito, es engaño, es mentira, es obra del Demonio. ¿Por qué querría el Demonio hacernos daño? Por envidia. ¿Por envidia a quién? Pues a Dios. No soporta que Dios le haya vencido y expulsado del Cielo por soberbio.

Él quiso ser como Dios y ya vemos como terminó. Él fue el que sedujo a Adán y Eva para que faltaran al mandato de Dios, en la pretensión de ser como Él y entonces prescindir de Él. Esa es la tentación que atraviesa toda nuestra historia. La tentación que nos trajo la mentira, la destrucción y la muerte.

Nosotros hemos sido creados por Dios que es Amor, para el amor. Todo lo que debemos hacer es amar a Dios y amarnos unos a otros como Dios mismo nos ha amado. Eso solamente puede ser bueno para nosotros y darnos plenitud.

Eso es lo que nos dice Dios Padre a través de los profetas y lo que confirma Jesucristo con su vida, muerte y resurrección. Él ha venido a revelarnos que Dios es nuestro Padre, que nos ama y que quiere que vivamos eternamente, alcanzando la Verdad y la Plenitud para la cual fuimos creados.

Eso es posible si oyendo a Jesucristo, hacemos lo que nos manda. Para no flaquear, para no titubear, Jesucristo nos ha enviado al Espíritu Santo, el que nos fortalecerá y guiará hasta la Verdad completa. Con su ayuda no hay nada imposible. Solo debemos querer, consentir; dar el primer paso.

Oración:

Padre Santo, envíanos cada día, a cada instante Tu Espíritu Santo, para que nos fortalezca, ilumine y guíe hasta la Verdad completa. No permitas que caigamos en tentación. Aparta de nosotros toda soberbia, toda sombra, toda penumbra, todo egoísmo, envidia, orgullo, avaricia y lujuria. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

(15) vistas

Deja un comentario