Mateo 6,1-6.16-18 – recompensa de su Padre celestial

marzo 1, 2017

Recompensa de su Padre celestial

Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.

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Mateo 6,1-6.16-18 recompensa de su Padre celestial

Puedes leer el Evangelio aquí.

Reflexión: Mateo 6,1-6.16-18

Lo primero en lo que hoy nos enfocamos es en la recompensa de nuestro Padre que está en los cielos. Sí, es verdad, porque queremos agradarle, queremos de algún modo corresponder a todo lo que inmerecidamente nos ha dado.

Hemos recibido tanto de Él, nos sentimos tan afortunados, que quisiéramos de algún modo manifestar nuestra gratitud. Sabemos que Él nos ama y por el Señor Jesucristo también sabemos que quiere que todos seamos felices y alcancemos la vida eterna.

¿Cómo hacer para lograrlo? Es una Gracia que Él nos concede a quienes somos capaces de amar, en primer lugar a Dios, que nos ha dado todo y en segundo lugar al prójimo, que es una forma de amarle a Él a través de sus hijos.

Todos somos hijos de Dios y en este sentido somos hermanos, por eso nos debemos afecto filial y fraterno. Como buenos hijos debemos amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos. Solo hay una forma de hacerlo de modo sincero y eficaz: poniéndolos a ellos en primer lugar.

Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.

Por eso hoy el Señor nos recuerda que debemos dar limosna, que debemos orar y ayunar. Se trata de tres prácticas concretas dirigidas a manifestar nuestro amor tanto a Dios como al prójimo, de un modo discreto, procurando el bien de nuestros hermanos, antes que el reconocimiento.

Hemos de procurar la misma discreción con la que Dios, nuestro Padre, procede con nosotros. Dar sin límites, sin esperar nada a cambio y sin condiciones. Alguien podrá objetar que Dios espera que le amemos, que por lo tanto no podemos decir que no espere nada a cambio.

Este es un error. Dios no necesita de nosotros. No necesita de nuestro amor, ni que le correspondamos. Él nos ha creado para que seamos felices y vivamos eternamente. Pero no alcanzaremos este fin si no lo queremos.

Dios nos ha hecho libres y nos ha dotado de inteligencia y voluntad. Nos ha creado a su imagen y semejanza. No tenía que hacerlo. Lo hizo por amor. Porque así le pareció bien. Nos ha destinado a vivir con Él eternamente.

Pero, alcanzar este fin depende de nosotros. Somos nosotros mismos y no nadie más, los que debemos decidir si aceptamos este destino o lo rechazamos. Obviamente nos conviene aceptarlo. Esto es lo que tendríamos que hacer si no fuéramos orgullosos, soberbios y necios.

Como quiera que hay el peligro que siguiendo este error, que es lo que llamamos pecado, nos perdamos irremediablemente para siempre, Dios, en su infinita misericordia, demostrándonos su infinito amor, nos envía a Su Hijo para persuadirnos de escoger lo correcto, es decir aquello para lo que fuimos creados.

Jesucristo, viviendo entre nosotros y dando Su Vida por nosotros nos mostró el Camino, que no es otro que el Amor, en primer lugar a Dios, cuya voluntad acató y a Sus hijos, por quienes padeció, murió y resucitó.

Jesucristo ha venido a Salvarnos, a enseñarnos el Camino, a persuadirnos de obrar conforme al Plan de Dios, porque sólo si lo hacemos así, viviremos eternamente, que es precisamente la Voluntad de Dios. De otro modo nos perderemos para siempre.

La decisión está en nuestras manos. El Señor nos recuerda hoy cómo debemos vivir si de veras queremos alcanzar la Vida Eterna, la recompensa que Dios nos ha prometido. Dar limosna, que no es otra cosa que solidarizarnos con los que sufren y padecen por falta de recursos.

Orar, que significa reconocer humildemente que todo lo hemos recibido inmerecidamente de Dios y que sin su Divina intervención nos resultará difícil, incluso imposible alcanzar sus promesas. Pero oramos, porque sabemos que para Dios no hay nada imposible, porque tenemos fe, porque creemos que para Él es posible y le pedimos que así sea.

Y, ayunamos, nos abstenemos y moderamos en nuestras apetencias, mostrando voluntariamente a Dios que somos capaces de sacrificar nuestros gustos, nuestros deseos y nuestro bienestar por el de nuestros hermanos, sin buscar que nos reconozcan, ni recompensa alguna, que no sea alcanzar algún día la Gloria de Dios.

Pidamos al Señor que nos permita vivir este tiempo de Cuaresma entregados al amor, redoblando el tiempo que dedicamos a la oración y siendo generosos y solidarios con nuestros hermanos, especialmente con los que más sufren.

Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.

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