Mateo 6, 1-6.16-18 – tu Padre, que ve en lo secreto

Junio 17, 2015

Texto del evangelio Mt 6, 1-6.16-18 – tu Padre, que ve en lo secreto

1. «Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.
2. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga.
3. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha;
4. así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
5. «Y cuando oren, no sean como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad les digo que ya reciben su paga.
6. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
16. «Cuando ayunes, no pongas cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad les digo que ya reciben su paga.
17. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
18. para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Reflexión: Mt 6, 1-6.16-18

El Señor nos dice cómo debe ser nuestra justicia, nuestra limosna, nuestra oración y nuestro ayuno. Es importante notar en primer lugar que tal como nos dice el Señor, debemos dar por descontado que debemos practicar la justicia, igual que la limosna, la oración y el ayuno. Esto es lo menos que se espera de cualquier persona, así que no andemos proclamando a los cuatro vientos que obramos de este modo, porque esa es la obligación de todos. Sin embargo, para llamarnos cristianos y ser considerados como Hijos de Dios Padre, al practicar estas obras debemos mantener una actitud, que es como el matiz, sin el cual ninguna de ellas vale la pena. Entonces, no se trata de hacer justicia de cualquier modo o de dar limosna por salir del paso; mucho menos ayunar u orar por mero formulismo, para cumplir o para jactarnos de lo que hacemos frente a nadie. Si obramos de este modo, vanagloriándonos de nuestros actos, cualquier reconocimiento mundano, será nuestra compensación; entonces no esperemos que el Señor nos recompense, porque ya habremos recibido nuestra recompensa. No basta entonces con estos actos, sino que es vital nuestra actitud. Pero también queda claro que una actitud, sin obras, de nada sirve. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

No se trata de ir sacando en cara a todo el mundo lo buenos y cumplidos que somos, sino de dar testimonio del amor de Dios. Si buscamos algún reconocimiento mundano por nuestras acciones, entonces debemos darnos por satisfechos cuando lo recibimos, olvidándonos de Dios, porque Él ya no tomará en cuenta estas acciones, por más buenas que puedan parecer a ojos de los hombres. Nuestro proceder debe ser impecable y ejemplar. ¿Cómo podremos hacerlo si no llevamos una profunda vida de oración? Esta no consiste solamente en decir unas cuantas avemarías y padrenuestros a la volanda mientras estamos haciendo cualquier cosa. Aunque seguramente habrán casos excepcionales en los que ello será suficiente. Sin embargo, en general, lo que tenemos que hacer es disponer de un tiempo y un espacio especiales para orar, por ejemplo, el Rosario, leer y reflexionar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía Diaria. Sí, porque si queremos ser verdaderos cristianos, tenemos que dedicar todo el día a Dios, pero algunas horas de cada día específicamente deben estar dedicadas exclusivamente a Él, leyendo y meditando Su Palabra, participando en la Eucaristía y rezando el Rosario. No, no se trata de llevar una vida monacal, sino de poner a Dios en el centro. Esto es lo que nos pide Jesucristo. Con el cuento que no queremos ser cucufatos, que no queremos ser tenidos como fundamentalistas, ni exagerados en las prácticas religiosas que realizamos cada día, porque muy pocos las comprenden y comparte, terminamos por desplazar el tiempo que debíamos dedicar cada día a Dios, para hacerlo tan solo una vez a la semana, al mes o al año. Y, no digamos que no tenemos tiempo, porque sí tenemos tempo para ver novelas, realitis o fútbol. No es cuestión de tiempo, sino de prioridades. ¿Así queremos estar en sintonía con Dios? ¿Así podemos vivir cristianamente? ¿Así podemos estar dando un testimonio cristiano? Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Si las palabras de los evangelios de estos últimos días nos parecen exageradas e impracticables, es porque en realidad, no vivimos cristianamente y por lo tanto ni nuestra justicia, ni nuestras oraciones, ni nuestro ayuno y mucho menos nuestras limosnas corresponden a lo que tendrían que ser nuestras actitudes cristianas. Seguramente lo hacemos por cumplir, por salir del paso, sin que nada de esto resulte de veras determinante en nuestras vidas, aunque a veces afirmemos que todo el día estamos con Dios. Sin duda Él está siempre con nosotros, es verdad, pero nosotros, que tanto lo necesitamos, lo ignoramos. Andamos demasiado ocupados en nuestras cosas y terminamos por relegar a Dios a un segundo o tercer plano. Jesús nos pide no solamente cumplir con todo esto, sino hacerlo con tal actitud, con tal dedicación y desprendimiento, que nadie tenga que enterarse de lo que hacemos y que en nuestros rostros no se note el esfuerzo que nos demanda. Para eso tenemos que llevar una vida ordenada, que debe empezar y terminar cada día teniendo presente que es por Dios por quien vivimos y somos, dedicándole cada acción, cada obra, cada gesto, cada palabra y agradeciendo por todo lo que recibimos de Sus manos, compartiéndolo con nuestro prójimo. Todo esto es imposible si pretendemos fundarlo en nuestra voluntad, en nuestras posibilidades, en nuestras capacidades. Es cuestión de fe. Lo podemos porque estamos con Dios y con Él nada es imposible. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Para terminar, una reflexión respecto a la justicia y la limosna, que nos parece que no es casual la forma en que el Señor las relaciona. Si leemos detenidamente nos parece que no podemos dejar de concluir que dar limosna es o ha de ser para nosotros una forma de hacer justicia. Este nos parece un concepto fundamental, que tendría grandes implicancias, por ejemplo, para resolver el caso de nuestros pobres hermanos inmigrantes, desplazados de sus países por causa de la pobreza y fundamentalmente de la violencia y persecución que sufren en sus países. Ocuparse de ellos, en el fondo, no es hacer caridad, no es tan solo dejarse conmover por sus sufrimientos y darles algo de lo que nos sobra, que es lo que generalmente entendemos como limosna, sino es hacer justicia. Bien pensado, podemos ver que Jesús está poniendo en el nivel que le corresponde a la limosna. Hacer limosna es hacer justicia, es decir, es dar al pobre, al necesitado, lo que le corresponde y no lo que nos sobra. Sabemos que vivimos en un mundo injusto, que esta ordenado por quienes detentan el poder de este modo. Pues tenemos el deber, como cristianos, de hacerlo más justo y cuando damos limosna hemos de pensar que en parte estamos cumpliendo con este deber y por lo tanto, ni tenemos que hacerlo notar, ni pueden ser unos miserables centavos, cuando tenemos la posibilidad de abonar más para inclinar la balanza de la justicia. Este es un deber de conciencia que pondremos en manos del Señor cada día. Una de nuestras reflexiones al finalizar el día debe estar dedicada a examinar cuánto hemos contribuido a la justicia y por lo tanto a la paz hoy. ¿Dimos a cada quién lo que estando en nuestras manos, en justicia le corresponde? Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender que en el centro de nuestras vidas has de estar Tú y que solo podrás ocupar este lugar si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos y hacemos por él, todo cuanto en justicia corresponde, como si te lo hiciéramos a Ti, sin regatear nada y sin hacerlo público, bastándonos con que Tú lo conozcas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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