Mateo 5,43-48 – sean perfectos

Febrero 20, 2016

Texto del evangelio Mt 5,43-48 – sean perfectos

43. «Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
44. Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan,
45. para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.
46. Porque si aman a los que los aman, ¿qué recompensa van a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?
47. Y si no saludan más que a sus hermanos, ¿qué hacen de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?
48. Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial.

Reflexión: Mt 5,43-48

¿En qué consiste la perfección a la que nos invita Jesucristo? Ver al mundo y razonarlo todo desde otra perspectiva, en la que no descartemos a aquellos que no nos quieren o que nos odian, sino que por el contrario tratemos de incluirlos. Se trata de desarrollar un comportamiento inusual y generalmente inaceptable para nuestros pares y sin embargo exigido por Dios. ¿Cuántas veces quedamos con colegas, compañeros de trabajo e incluso amigos en algo que luego no se cumple, porque alguien falta a su compromiso? Precisamente hoy tuve que hacer un viaje de cerca de una hora tomando dos conexiones para llegar a una reunión a la que no asistió ninguno de los dos colegas con los que habíamos quedado. Ambos se disculparon con sendas excusas, y no sentí el menor remordimiento en ellos por haberme hecho perder casi dos horas en ir y volver de este lugar. ¿Cuál fue mi reacción? A cada uno de ellos a su turno, cuando me estaban dando sus explicaciones, les colgué sin despedirme, muy molesto. Creo que tenía razón para sentirme así, sin embargo, tendría que haberme controlado, procurando un mejor final, porque aun sin ser enemigos, se ha deteriorado la relación, porque a su poco cortés comportamiento se ha sumado el mío. Y si bien este no es un asunto tan grave, que vaya a terminar con nuestra relación, ya hay un disgusto que nos predispone a actuar de otro modo. Y esto es lo que debemos evitar. Para aspirar a ser perfectos, tenemos que esforzarnos por ver toda situación de este tipo, desde la otra perspectiva, respetando a nuestros hermanos, perdonándoles y olvidando, tratándolos con la esperanza implícita que todo haya sido perdonado, olvidado y que se habrá de producir un cambio, que al menos nosotros estamos dispuestos a llevarlo adelante, de lo cual damos evidencia con nuestra actitud. Saludamos y con nuestra actitud mostramos que nos estamos esforzando por impedir que se afiance la enemistad, que podemos y estamos dispuestos a sobreponernos y limar asperezas. Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial.

El mensaje debe ser de comprensión, de una clara disposición al perdón y al diálogo. Y si la causa fue nuestro mal genio, nuestra violencia o intransigencia, debemos estar dispuestos a pedir perdón y a enmendar el daño realizado, con humildad. Esto es algo que decimos muy rápidamente, pero que en la práctica nos resulta sumamente difícil de afrontar. Debo reconocer que me sulfuro muy rápido y pierdo autocontrol, con lo que lo único que logro es que la situación escale muy rápidamente en violencia, hasta tornarse insostenible y esto puede ser por motivos realmente triviales, si los vemos desde la perspectiva adecuada. Aspirando a la perfección, nuestra actitud en tales casos debe ser mucho más atemperada, buscando la armonía y el acuerdo, de modo tal que no se llegue a la violencia, sino que por el contrario se busquen los puntos coincidentes y la armonía. ¡Qué difícil nos resulta, cuando por el contrario no podemos esperar a sacar en cara a nuestros “adversarios” sus errores, aprovechando la menor ocasión para hacerlos quedar mal! Olvidamos rápidamente que todo, incluso nosotros, buscamos excusas para no salir heridos en nuestro amor propio o nuestro prestigio en cualquier situación. Sin embargo, es la verdad la que debemos buscar siempre, lo que no impide que empleemos alguna estrategia para que esta no lleve a la confrontación, sino más bien a la aceptación unánime. Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial.

La perfección tiene una amplitud de 360 grados horizontales, verticales y combinados en todos y cada uno de los grados imaginables, es decir es algo que difícilmente podemos imaginar y, menos aún alcanzar. Pero esta constatación no puede llevarnos a desistir en proponérnosla, porque es el mismo Jesucristo el que nos conmina a alcanzarla. Y si Él lo plantea, es porque es posible, aunque no amparados en nuestra capacidad, sino en Su apoyo, en Su ayuda. Si hacemos lo que Dios nos manda, no habrá nada imposible para nosotros y lo que Él nos manda es amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y el que ama, tal como nos lo muestra el mismo Jesucristo, es incapaz de odio y violencia. No otra cosa nos enseña el Señor al soportar el Calvario y la muerte en la cruz, pidiendo a Dios que nos perdone por no saber lo que hacemos. Esta tiene que ser nuestra actitud en toda discusión, sosteniendo con firmeza la verdad, pero sin imponerla por la violencia. Este es un reto que evidentemente no hemos llegado a entender, a juzgar por la historia de la humanidad, plagada de guerras, sojuzgamiento e imposiciones violentas, muchas de ellas irrogándonos el nombre de Cristo. Tenemos que aprender a controlarnos y a perdonar, buscando el camino de la armonía y la concordia. Ese debe ser nuestro papel siempre. Solo así estaremos haciendo nuestras las palabras del Señor Jesucristo: Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial. Tengamos en cuenta que es fundamentalmente a esta capacidad de armonizar y limar asperezas, procurando siempre la paz a la que el Señor se refiere como perfección, antes que vayamos divagando en perfecciones científicas, económicas, filosóficas, literarias o de cualquier otra índole, que seguramente encontrará quien busca la Verdad. Sin embargo, la perfección en este pasaje, concretamente, se refiere a la capacidad de amar al extremo que lo hace Jesús –de dar Su vida por nosotros- y sin condiciones como lo hace nuestro Padre, que nos amó aun antes de haber nacido.

Oremos:

Padre Santo, que busquemos siempre e incansablemente la armonía, la fraternidad, la reconciliación, la paz y el amor…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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