Mateo 5,33-37 – no juren en modo alguno

junio 16, 2018

No juren en modo alguno

“Pues yo digo que no juren en modo alguno: ni por el Cielo , porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén , porque es la ciudad del gran rey.”

Sábado de la 10ma Semana del T. Ordinario | 16 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

Reflexión sobre las lecturas

no juren en modo alguno

Cuando uno es veraz, no necesita decir las cosas más que una vez y no tiene por qué asegurarlas en nombre de nadie, mucho menos de Dios, de algún santo, de algún pariente o en su propio nombre. El hombre honesto dice la verdad siempre, sin titubear.

Decir siempre la verdad es una virtud que debemos cultivar desde la niñez. Todos parecemos estar de acuerdo en ello, sin embargo, siempre surgen situaciones apropiadas para una “pequeña mentirilla”, que cínicamente acostumbramos llamar “piadosa”.

no juren en modo alguno

Sin duda es el demonio el artífice de esta práctica, con la que generalmente se inicia a los niños en la mentira. Después de haberles enseñado a no mentir jamás y cuando están a punto de aprender, les hacemos caer en cuenta que todo era una mascarada.

Esto que parece tan inocente a nuestros ojos, tanto así que casi nadie lo condena, es sin embargo la primera gran traición, el primer engaño en el que caen los niños y paulatinamente aprenden a usar e incluso a disfrutar, algunos más que otros.

¿Por qué lo hacemos? Por pereza. Por no afrontar a veces una ridícula nimiedad, como pararnos de la cama, disculparnos por llegar tarde, o dar cualquier explicación a una situación trivial, que sin embargo resulta grave si valoramos lo que acabamos de hacer. Pues yo digo que no juren en modo alguno.

Tal vez no lo tomaríamos tan a la ligera si constatamos que la mentira es posiblemente la raíz de todos los males que padece la humanidad. Mentir es una falta grave, prescindiendo de si es pecado o no ( que siempre lo es), a partir de la cual todo lo que se construya está condenado a desmoronarse y desaparecer.

Es curioso, se me ocurre -con el perdón del caso si a alguien le parece una estupidez lo que digo- que es como el himen, este velo delicado que cubre la vagina, que permite confirmar con cierta precisión la virginidad de una mujer.

Como quiera que la castidad y la pureza son virtudes despreciadas en la cultura hedonista en la que vivimos, resulta difícil encontrar el verdadero significado del himen en Internet. Abundan las páginas en que se desprecia o minimiza su importancia, como un rezago de nuestro pasado evolutivo.

Y es que la existencia del himen nos lleva obligadamente a enfrentarnos con un valor contra el que pareciera haber un vasto consenso social por desaparecerlo. El himen en realidad está en el centro de la controversia, aunque muchos no estén dispuestos a reconocerlo.

El himen nos recuerda el respeto y la prudencia con la que debemos aproximarnos los humanos a la función sexual y a nuestros aparatos reproductivos, que no han sido puestos tan solo para brindarnos placer, sino para asegurar nuestra subsistencia en el tiempo.

Extirpar de la función sexual tan delicado propósito, puede llevar –al menos teóricamente- a la desaparición de la humanidad. Es contravenir los planes de Dios. Cabría preguntarnos por qué razón habría querido Dios que fuera tan agradable y placentera esta unión, sino es para incentivarnos a salvar cualquier obstáculo que pudiera impedirlo sostenidamente.

Luchar por dominar este impulso y controlarlo de modo que pudiera ser ejercido razonablemente, por parejas estables que garanticen la transmisión de tradiciones, afectos y cultura dentro de un ambiente familiar fue seguramente el propósito.

Por ello el Creador nos dotó de voluntad, inteligencia y liberta, y nos creó hombre y mujer, reconociendo desde el primer momento que por esta unión dejaríamos padre y madre, para fundar nuestra propia familia y convertirnos en una sola carne.

Pero esta unión, para que sea duradera además de placentera, a fin de garantizar el desarrollo y bienestar de los hijos, tendría que estar fundada en el vínculo más fuerte que existe a saber: el amor. Este es el rasgo superior que distingue a los seres humanos por sobre todas las especies.

El amor obliga al ser humano a relacionarse con respeto tanto con sus congéneres, empezando por su cónyuge y familia, como con el mundo entero. El amor nos une con nuestro Creador y nos exige conocer los Planes que tiene Él para nosotros.

El himen, dentro de este contexto, es una señal de respeto, una alerta, que debe llevar a la pareja a reflexionar respecto a la trascendencia de la unión que se disponen a sellar. El pequeño derrame es como la rúbrica con la que sellan esta unión.

Y, ¿qué tiene que ver esto con la verdad? Que ambos son valores inconmovibles, sólidos, que no tendrían que requerir de juramento adicional alguno. El que dice la verdad, está dispuesto a sostenerla con su propia sangre. Pues yo digo que no juren en modo alguno

Los seres humanos tendríamos que casarnos con la verdad, del mismo modo en que adquirimos un compromiso de estado para siempre, ya sea mediante el matrimonio o la vida religiosa. No gustan actualmente este tipo de compromisos, lo cual no los descalifica

El demonio, qué duda cabe, quiere que alivianemos estas exigencias, tomando todo frívolamente y reduciendo nuestras vidas a un parasitario disfrutar, porque él sabe que esta es la llave que habrá de conducirnos a la oscuridad, la mentira, la destrucción y la muerte.

Nos empuja a relativizar todo valor absoluto, como el de la Verdad o el de la pureza y virginidad que representa un himen íntegro, o el del matrimonio o el del respeto irrestricto a la vida y fomenta la cimentación de estilos de vida basados en trivialidades pasajeras, como son el placer, los gustos y preferencias.

Por eso, la próxima vez que vayamos a decir una mentira o peor aún, que nos sintamos tentados a pedirá un menor o a cualquiera que haga una mentira piadosa por nosotros, pensemos en el grave daño que podemos estarle haciendo para toda la eternidad, tanto a él como a quienes se verán afectados por esta mentira. Pues yo digo que no juren en modo alguno.

¡No existen las mentiras piadosas! ¡No existen las mentiras blancas! ¡Ninguna mentira vale la pena ni debe ser fomentada por ningún motivo! Defendamos siempre la verdad, que todo lo que se dice más allá viene del Demonio.

Oración:

Padre Santo, no permitas que por ningún motivo iniciemos a nadie en la mentira, ni que busquemos que alguien cubra lo que hemos hecho con una mentira. Danos el valor de afrontar siempre la consecuencia de nuestros actos, con honestidad y modestia. Que no hayan engaños entre nosotros. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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