Mateo 5,20-26 – si su justicia no es mayor

junio 14, 2018

si su justicia no es mayor

“Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.”

Jueves de la 10ma Semana de T. Ordinario | 14 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

si su justicia no es mayor

Los humanos estamos acostumbrados a agruparnos por conveniencia. Nos unimos a una comunidad, a un gremio o a una asociación para gozar de ciertos privilegios propios de esta sociedad. Difícilmente compartimos nuestras ventajas. Las queremos solo para nosotros.

Del mismo modo, somos prestos para criticar y condenar a los demás, sin fijarnos en nuestros propios errores. Siempre es más fácil mirar la paja en el ojo ajeno que la viga que tenemos en el nuestro. Por eso el Señor nos recuerda que tenemos que ser mejores que aquellos a los que todos señalan, incluso nosotros.

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La vida cristiana debe propagarse como un virus, como una plaga. Que los que nos ven caiga en cuenta en nuestro proceder diverso al del montón, porque nosotros no seguimos modas, ni tratamos a nadie según nuestra conveniencia, sino que tratamos al prójimo como si fuera el mismo Jesucristo.

Tenemos que ser distintos a todos aquellos que el mundo condena. Más aún, no podemos mantener pendencias con nuestros hermanos y pretender quedar bien con Dios, porque mientras no hayamos resuelto nuestras diferencias, humillándonos, si es preciso, no seremos dignos de dirigirnos al Señor. “Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.”

El amor se muestra con obras, no con palabras. Debemos esforzarnos por construir la paz, como hemos dicho, incluso negociando y cediendo, para no llegar al extremo de tener que nombrar un dirimente, porque en tal caso podría no darnos la razón y condenarnos, incluso con privación de nuestra libertad.

Me vienen a la memoria palabras de mi madre querida: “siempre es preferible llevar la fiesta en paz”. Esa era su consigna, que sus hijos y especialmente quien habla, difícilmente estábamos dispuestos a aceptar, porque en ocasiones ello llevaba a tolerar lo que parecía una injusticia.

Mi madre, con mucha humildad, siempre estaba dispuesta a aceptar estas pequeñas contrariedades de la vida cotidiana, con tal de “llevar la fiesta en paz”. Si alguna lección tendría que recordar y resaltar de ella, sería esta, precisamente.

No la entendía hasta ahora. Y es que se necesita mucha humildad y modestia para estar dispuesto a sacrificarse por el bien común, y sobre todo, antes de desatar un conflicto. Hoy, más que nunca, pocos están dispuestos a ceder un ápice por la paz, porque hemos puesto los derechos por encima de todo.

Con esta mentalidad reivindicativa y revanchista, resulta casi imposible evitar conflictos, pues casi nunca estamos dispuestos a ceder, porque sería reconocer y permitir la victoria del otro y nuestra derrota, cuando nos correspondía ganar.

Vivir permanentemente con esta actitud de ceder a los demás con tal de conseguir la paz, requiere de una práctica y ejercicio constante, hasta desarrollar esta virtud, por encima del orgullo. Exige aprender a postergar nuestro ego, orgullo y soberbia. “Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.”

Hoy en día, más que antaño, se agitan las beligerancias a nombre de la igualdad de derechos. El acuerdo no va por el lado de la reconciliación y la búsqueda de la paz, sino por la reivindicación de derechos, por sobre todas las cosas.

Se buscan culpables, para imponer penas y castigos a fin de reivindicar derechos, antes que procurar el arreglo amistoso y conciliador. ¿Quién ha desatado esta furia entre hermanos, en la que todos parecen dispuestos a presentar querella ante la primera diferencia?

¿Quién desea llevarnos ante un juez inexorable, para que sancione de forma implacable nuestras culpas y sin embargo argumenta que no puede creer en un Dios castigador? ¿Qué es lo que viene ocurriendo en el mundo que cada vez somos más intolerantes y al mismo tiempo más indiferentes?

Intolerantes para aceptar el más mínimo recorte de nuestros privilegios, derechos o reivindicaciones. No estamos dispuestos a ceder ante nadie. Y sin embargo somos totalmente indiferentes ante la suerte de nuestros hermanos. Hemos borrado de nuestras conciencias el concepto de solidaridad.

Y es que no queremos construir nada en común, nada que demande compartir y con ello la posibilidad de restar algo que nos corresponde en favor de otros. Lo queremos todo para nosotros mismos. Y si alguien tiene que dar, que sean los otros.

Estamos dejando que se entronicen los derechos haciendo de lado a Dios y al amor, lo que desde luego será destructivo para la humanidad. Es el regreso de la ley del talión, superada por la práctica cristiana, del ojo por ojo y diente por diente.

¿Quién puede querer esto? Los enemigos del Señor, azuzados por el Demonio que se esconde tras una máscara de universalidad, de liberalismo y antropocentrismo. Para estos, la felicidad es ahora y aquí, mirándote el ombligo e ignorando a los demás.

Es obvio que ese no es el camino, porque no da cabida a todos, aunque la publicidad lo venda al alcance de cualquiera. Todos sabemos que no es así, pero el Demonio se las ha ingeniado para darnos la falsa resignación de parásitos inútiles que hoy están y mañana no saben.

Nos hemos dejado deslumbrar por novedades cada vez más efímeras e insignificantes, que sin embargo nos tienen aturdidos tratando de adaptarnos como si en la adaptación a estas novedades pudiera encontrarse nuestra realización personal.

Hemos caído en una trampa que no conduce a nada más que a la competencia, al desgaste, al agotamiento, la frustración y la soledad, porque con el afán de alcanzar el éxito lo abandonamos y sacrificamos todo, para abocarnos íntegramente a este fin, terminando por destruir nuestras vidas y las de los que nos rodean.

No hay mucho más que decir a este respecto. Lo vemos en cada detalle de la sociedad “moderna” que hemos desarrollado. El Dinero está al centro, como el único capaz de darnos la felicidad completa, aun cuando solo sea a unos cuantos y por un breve período de tiempo.

Como en la antigüedad, nos acercamos a este ídolo dispuestos a sacrificarle esposa, padres, hijos, hermanos y todo lo que sea necesario para que nos dé finalmente todo aquello que anhelamos. No reparamos que al entregarle todo, nada de lo que nos dé ya valdrá la pena.

Por este camino, estamos condenados a ser verdugos de nuestros hermanos y a morir en la absoluta soledad, rodeados de chatarra que jamás nos dará la felicidad para la cual fuimos creados. “Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.”

Solo hay un Camino que nos conduce a la felicidad y a la Vida Eterna. Este es el Camino del Amor que Jesucristo nos enseña y manda seguir. TODOS estamos en capacidad de seguirlo. TODOS hemos sido llamados e invitados a recorrer este Camino y TODOS podemos hacerlo.

¿Qué necesitamos? Dar el primer paso; es decir, tomar la decisión de hacerlo. Muy bien, eso es lo que quiero. ¿Algo más? ¡Sí! Ponte de rodillas y pide al Señor con toda sinceridad, con todo el corazón que te ayude a hacerlo. Oremos juntos.

Oración:

Padre Santo, sabemos que tú has enviado a Tú Hijo Jesucristo a enseñarnos el Camino a la Vida Eterna. Ayúdanos a recorrerlo del modo en que Tú lo has dispuesto. No permitas que caigamos en la tentación de desviarnos y si lo hacemos, ayúdanos a volver nuevamente. Enséñanos a amar. Danos fortaleza y perseverancia para no flaquear, ni dejarnos seducir por encantos efímeros. Que Tú, el prójimo y el Reino estén siempre en el centro de nuestras vidas. Que no los perdamos de vista ni un solo segundo. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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