Mateo 5,20-26 – no entrarán en el Reino de los Cielos

marzo 10, 2017

No entrarán en el Reino de los Cielos

Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

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Mateo 5,20-26 no entrarán en el Reino de los Cielos

Puedes leer el Evangelio aquí. 

Reflexión: Mateo 5,20-26

¿Qué puede ser peor? Nuestro propósito, la razón de nuestras vidas si se quiere, es hacer los méritos suficientes para entrar en el Reino de los Cielos. La vida habrá o no valido la pena en función de este objetivo. Porque, ¿de qué nos sirve tener riqueza, poder, fama y todo lo que pudiéramos desear e imaginar en este mundo si finalmente no alcanzamos la Vida Eterna?

Si la Vida es el Don más preciado que hemos recibido de manos de Dios, el Don sobre todo Don, porque sin él nada tendría sentido, nada tendría importancia, ¿qué podemos decir de la Vida Eterna? ¿Qué otra cosa es entrar en el Reino de los Cielos, sino alcanzar la Vida Eterna? Todos tenemos la posibilidad de alcanzar esta meta, porque así lo ha querido Dios.

Sin embargo hay una condición que depende única y exclusivamente de nosotros. Una condición que ha de cumplirse para que alcancemos el fin para el cual fuimos creado por Dios. Recordemos que Dios nos creó por amor, para que seamos felices y vivamos eternamente. Él nos ama tanto, que ha puesto todo en nuestras manos.

Sin embargo, hay una condición. Y alguien dirá, sin detenerse a reflexionar y sin haber entendido completamente este mensaje. ¿Por qué Dios nos pone condiciones? Y no solamente eso, sino que se revelará y renegará contra Dios, argumentando que si Él nos creó por amor, no tendría por qué habernos puesto exigencias y condiciones. Y parecerá razonable su argumento, tantos que muchos lo seguirán.

Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Eso es lo que estamos viendo hoy en día. Una rebelión contra Dios. Rebeldía contra todo lo que lo recuerde. No queremos saber nada de Dios, porque Él nos ha traído a este mundo cruel e inhumano, pudiendo haberlo evitado y encima nos pone condiciones. ¡Qué injusto es Dios! Gritan algunos, mientras otros queman sus templos.

¿Por qué traernos a sufrir a un mundo injusto, pobre, donde todo está mal distribuido, donde hay violencia y nada parece alcanzar? ¿Por qué traernos a un mundo cruel, donde abundan las necesidades y todo parece escaso, menos el mal, la pobreza y la enfermedad? Todos los día vemos noticias aterradoras, en las que se da cuenta con qué saña nos matamos y destruimos unos a otros? ¿Por qué traeros aquí? ¿Por amor? ¡No te entendemos Dios! Y encima algunos nos dicen que eres nuestro padre. ¿Qué padre hubiera hecho eso, pudiendo evitarlo?

Y sin embargo, es verdad. Dios nos ha creado por amor y nos ha puesto en este mundo por amor. Tengamos en cuenta que siendo Dios, en su Sabiduría Eterna, nos creó semejantes a Él. Esto es algo que seguramente no llegaremos a comprender en su verdadera dimensión jamás. Pero se trata de una revelación que encontramos en las Escrituras.

¿Cuáles son los atributos de esta semejanza? Somos inteligentes, tenemos voluntad y somos libres. En esto se basa la dignidad de hombre, que es único e irrepetible. Por nuestra inteligencia, voluntad y libertad estamos totalmente capacitados para alcanzar el fin para el cual fuimos creados por Dios, es decir, la Vida Eterna. Esto es lo que Él quiere para nosotros. Sería injusto que no pudiéramos lograrlo, pero también que nos obligara a hacerlo.

Hemos de quererlo. Estamos dotados de inteligencia para discernir aquello que es correcto, aquello que es bueno, y esforzarnos en alcanzarlo, gracias a nuestra voluntad. Pero, somos libres de proponernos este objetivo o de rechazarlo. Lo correcto sería escogerlo, pero ello depende de nosotros; de la adecuada aplicación de nuestra voluntad, inteligencia y libertad.

No somos esclavos. No somos títeres. Dios no hace lo que quiere con nosotros. Nos da la libertad para elegir. Somos nosotros los que decidimos libremente si hacemos aquello para lo que fuimos creados o hacemos cualquier otra cosa. El problema está en que solo hay un Camino para alcanzar la Vida Eterna. Lo razonable sería que lo tomemos, pero depende absolutamente de nosotros.

Y, ¿cuál es este Camino? El amor. Así de simple. Y la lectura de hoy nos lo recuerda. Se trata de un amor exigente, que procura siempre el bien y que no es capaz de dañar al hermano, ¡ni si quiera de palabra! ¿Cuántas veces mal hablamos, murmuramos e incluso insultamos a nuestros hermanos? Si esto nos desvía del Camino al extremo que no alcanzaremos el Reino de los cielos, imaginemos cuanto nos aleja el maltrato físico, las vejaciones y los crímenes.

Hemos sido creados por amor, para Vivir Eternamente en el Reino de los Cielos. Tenemos conciencia, inteligencia, voluntad, libertad y todos los recursos necesarios en la Creación, que es Bella y perfecta, para alcanzar el fin para el cual fuimos creados. Depende de nosotros.

Pero hay algo más que bien vale la pena tomar en cuenta. Dios nos ama tanto que no contento con habernos creado y dotado de todo lo necesario para ser felices eternamente, viendo lo que estamos haciendo, llegado el tiempo, envió a Su Hijo Jesucristo a enseñarnos el Camino. Y Él, viviendo entre nosotros-como uno más-, padeciendo, muriendo y resucitando, nos mostró el Camino. Así que Dios nunca se ha desentendido. Nunca nos ha abandonado, sino que nos sigue de cerca, porque no quiere que ni uno de nosotros se pierda.

¿Qué más podemos pedir? Somos libres y lo tenemos todo. Sabemos cuál es el fin y tenemos un Guía en Jesús, una Luz que nos ilumina para hacer lo que corresponde a cada paso en los Evangelios. Lo que ocurra será el resultado de nuestra decisión. ¿Amamos a Dios nuestro Padre Creador, amando a nuestros hermanos o nos desentendemos de todo y vivimos egoístamente centrados en nosotros mismos? Si amamos, viviremos para siempre. De otro modo, nos perderemos irremediablemente.

Señor, aleja de nosotros la testarudez, la necedad y la maldad. No permitas que caigamos al abismo de no ser. Apártanos del egoísmo como engañosa fórmula de salvación. Que pongamos nuestra fe en ti y el amor en nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y es Dios por los siglos de los siglos. Amen.

Porque les digo que, si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

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