Mateo 5,17-19 – el cielo y la tierra pasarán

Junio 10, 2015

Texto del evangelio Mt 5,17-19 – el cielo y la tierra pasarán

17. «No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
18. Sí, les aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.
19. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Reflexión: Mt 5,17-19

El Señor nos hace ver la coherencia que existe en el mensaje de Dios que hemos recibido a través de los profetas, con el mensaje que el mismo trae. No se trata de algo nuevo y distinto, sino de la continuación de la misma historia. Jesucristo no pretende negar todo lo anterior, como a veces por ignorancia creemos. Es la misma sinfonía, pero otro movimiento. Son otros capítulos de la misma obra. De hecho la Biblia misma queda dividida en Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, pero ambos libros conforman las Escrituras que contienen la Palabra de Dios. Por esto, ser cristiano jamás podrá significar desentenderse de la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento, porque esta precede y anuncia la llegada de Cristo, nuestro Salvador. Mucho menos puede entenderse un cristiano anclado en el Antiguo Testamento, porque sin Cristo, nada de aquello tendría sentido. Esta es la gran diferencia que mantenemos con los judíos y otras sextas. Por lo mismo, nos resulta imposible tolerar que se pretenda ignorar la participación de la Virgen María –Madre de Cristo y Madre de la Iglesia- o San José –esposo fiel- en esta Historia. Todos cumplimos un papel en ella, incluso nosotros, con cada una de nuestras obras, por pequeñas e insignificantes que estas nos puedan parecer. Dios tiene un Plan de Salvación para Su Pueblo, en el que cada uno de nosotros tiene un lugar, en este Camino al encuentro del Creador, en el Reino de los Cielos, donde habremos de vivir eternamente. Sí, les aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.

La Historia es única, es una sola, como es único nuestro destino. Los dos primeros versículos de los tres que conforman el pasaje de hoy nos confirman que hay una lógica Divina en esta Historia Única y que por más que a algunos les disguste y por tanto quisieran cambiarla, no se cambiará ni una sola letra. Jesucristo no ha venido para eso, sino para dar cumplimiento. Esto debía ser suficiente para que entendamos que es finalmente Dios quien está escribiendo esta historia, valiéndose de las manos de profetas y hombres santos, y que por lo tanto, no hay error, ni cambio posible. La Historia ha sido Bien escrita y no tenemos nada que corregir, porque además no podemos. ¿O será que alguno de nosotros pretende enmendar la plana a Dios? ¡Imposible! No tenemos la capacidad, ni el poder, ni la sabiduría. Por lo tanto, en vez de perder nuestro tiempo en ello, enfoquémonos adecuadamente y dispongámonos a hacer lo que Dios nos manda, que solo así armonizaremos lo que hacemos con Su Voluntad, porque es solo en esta sintonía que todo fluye con naturalidad. Hacer la contra o hacer lo opuesto solo nos puede traer daño a nosotros, a los que nos rodean y al mundo, lo que genera retraso, sufrimiento y dolor, totalmente innecesarios desde la perspectiva Divina. Es el orgullo, la soberbia o la ambición la que nos lleva por estos caminos, con la pretensión de señalar una ruta distinta, que al final termina fracasando, porque no encontraremos armonía, amor, paz y felicidad fuera de Dios. Sí, les aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.

Examinemos la historia de la humanidad y si somos sinceros y honestos, constataremos que las mayores desgracias han acontecido cuanto más nos alejamos de Dios. Las guerras, el terrorismo, el narcotráfico, la pornografía, la prostitución, la corrupción, el tráfico de armas, el tráfico de personas, las estafas, los chantajes, la violencia, el aborto, la drogadicción, el abuso y toda decadencia y degradación del hombre y la sociedad son productos del egoísmo, que constituye la negación del amor y por lo tanto la negación de Dios. Porque no se puede amar a Dios, si no se ama al prójimo. Y el que no ama a sus hermanos, no ama al planeta y no tiene el mayor escrúpulo en dañar, perjudicar y aun matar a quien se opone a sus proyectos egoístas y ya sabemos que nada bueno se puede obtener de la mentira, la violencia y el mal, porque este nunca será el camino del Bien. Así que, no es posible justificar un mal para hacer un bien. Esto constituye uno de los más grandes engaños de nuestro tiempo. La humanidad ha construido una sociedad aparentemente próspera y armónica en occidente, concretamente en Europa y Norte América, de espaldas -o tal vez debíamos decir-, encima de millones de marginados y pobres que jamás alcanzarán salir de su pobreza y miseria, si occidente no toma conciencia que debe cambiar; que ha sido acosta de esta pobreza, marginación y maltrato que ha conseguido su bienestar, prosperidad y comodidad. Que por lo tanto esta historia de los oprimidos, de los violentados y perseguidos, no le es ajena, y que no tendrá solución mientras occidente mismo no cambie, desarrollando políticas inclusivas, no en su entorno social, sino a nivel planetario. Todos tenemos una responsabilidad en propiciar este cambio, porque no podemos tolerar indiferentes que se ahoguen cientos de refugiados, que se maten cristianos, que se violen mujeres y se abuse de niños y que millones de nuestros hermanos vivan sumidos en el dolor y el terror, sin poderse desarrollar como personas. La pujante Alemania, la poderosa China, la alicaída, pero aun prospera república de Estados Unidos y los demás países desarrollados del planeta, tienen que asumir su responsabilidad con los menos afortunados, porque si revisamos la historia, finalmente, la riqueza de algunos pocos solo se explica por la pobreza y explotación a la que han sido sometidos secularmente las mayorías. ¿Por qué? Por poner delante el dinero, antes que a Dios. Por poner los caprichos e interese personales y egoístas antes que el Bien común y el amor. Sí, les aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.

Es verdad, estamos haciendo una simplificación, una abstracción de complejos procesos históricos por los que ha transitado la humanidad, pero si somos honestos y veraces, descubriremos que la historia es tan simple como Jesucristo nos la plantea. En esta vida confrontamos una disyuntiva: Dios o el Dinero. No se puede servir a dos Señores. Tenemos que elegir. Los poderosos, los ricos obviamente han preferido el Dinero y esta es la raíz del problema que confronta a ricos y pobres, la causa de la violencia, los odios, las guerras y la muerte. Es verdad, hay pobres con mentalidad de ricos, que son más egoístas y explotadores que el mayor rico del mundo, pero todo esto es consecuencia de una mala elección, que aun cuando nos resulte difícil reconocerlo, es la que promueve el sistema económico, social y cultural en el que nos desenvolvemos. No priman los criterios cristianos, aun cuando se le coloque la etiqueta de cristiana a la civilización occidental. No son estos los que gobiernan al mundo, sino el Dinero. Es esta sujeción egoísta al bienestar material, acumulando propiedades y poder, aun acosta de nuestros hermanos, la que Cristo nos exige abandonar, si queremos alcanzar la Vida Eterna, que no puede ser ajena a la prosperidad, bienestar y felicidad de nuestros hermanos. Si queremos tener vida en abundancia, la única respuesta a la disyuntiva planteada es Dios, que significa amor y que comienza por amar al prójimo como a uno mismo. Esta es la respuesta que el Señor nos da hace 2mil años y que seguirá vigente por los siglos de los siglos, porque ella corresponde al Plan de Dios que encontramos en la Escrituras, y que ha sido Revelado por Jesucristo. Sí, les aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a discernir Tu Voluntad en nuestras vidas y unirnos a Tu Plan de Salvación, compartiendo lo que tenemos, buscando la paz, defendiendo la vida y amando a nuestros hermanos. Danos valor y coherencia para anunciar el Evangelio con nuestras propias vidas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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