Mateo 5,17-19 – dar cumplimiento

marzo 22, 2017

Dar cumplimiento

No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.

mateo-05-17

Mateo 5,17-19 – dar cumplimiento

Mateo – Capítulo 05

Reflexión: Mateo 5,17-19

Tal vez el peor enemigo de la fe en nuestro tiempo sea el relativismo. Esto, porque es un enemigo agazapado, cubierto de apariencia, de verdades a medias. Está convencido que no existe la verdad, que ésta no es única y que por el contrario existen tantas verdades como seres humanos en el mundo.

Así, el relativista no tiene ningún reparo en anunciar su verdad, su creencia y exige que se le respete, por el solo hecho de haberla enunciado. Tiene tanta aceptación este modo de razonar, que es posiblemente el más popular. Muchos están dispuestos a darle la razón sin más trámite, por su convincente disfraz.

El individualismo y el egocentrismo surgen inmediatamente como sus defensores más acérrimos y juntos elaboran una serie de sistemas ideológicos a cual más descabellados, sin más sustento que el haberlos formulado, en uso de su libertad. Uno de estos sistemas es el de la Ideología de Género, promovido por feministas y colectivos LGTBI.

Para estos relativistas, individualistas y egoístas, todo está permitido a condición de no transgredir la libertad ajena. Claro, si no existe la Verdad y si cada quien tiene su verdad, lo que toca es proveerle el derecho a ejercerla, siempre y cuando no afecte a los demás. ¿Cómo puede ser eso?

No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

Muy simple. Tu desarrollo personal, aquel que tiene que ver con “tu verdad” ha de circunscribirse a tu privacidad. Mientras no afectes ni obligues a nadie, adelante. Todos tenemos el mismo derecho. Y una vez que hemos pronunciado esta palabra “sagrada”, ya no hay más que decir y nada que discutir. Si todos somos iguales, tenemos los mismos derechos. ¿Qué mejor modelo de equidad?

¿Quién puede estar en contra de la idea que “todos somos iguales” y por lo tanto “tenemos los mismos derechos”? Aquél que no lo crea así y que no respete este principio, debe ser excluido, marginado, porque esta es la base de la “civilización” formulada y sostenida por quienes comparten este principio.

Debemos confesar que parece razonable. Todos queremos ser iguales y tener los mismos derechos. Suena a reparto equitativo de todo. Parece la panacea destinada a resolver toda iniquidad, por lo tanto, el hambre y la pobreza que padecen millones de seres humanos. Así formulado, parece que las condiciones para alcanzar finalmente el paraíso perdido estuvieran dadas.

Aproximémonos a esta declaración. ¿Basta con formularla y promover su acatamiento generalizado para resolver los problemas que aquejan a la humanidad? Nosotros creemos que no. Que es una falacia. ¿Por qué? Porque estamos partiendo de una realidad abismalmente diferente al ideal que se postula y se supone como punto de partida. ¿Por qué? Porque NO ES CIERTO que todos somos iguales.

En el momento inicial, en el momento de partida para la aplicación de estos derechos ¡NO SOMOS IGUALES! ¡Basta dar una mirada al planeta, sin vendas en los ojos! ¡Somos totalmente distintos, no solamente en costumbres, vestimentas, idiomas y creencias, sino en posibilidades sociales, culturales y económicas también!

El mundo no se ha recreado a partir de la formulación de esta teoría que muchos, desesperanzados y engañados, abrazan como una promesa. Claro, yo tengo los mismos derechos de desarrollarme y llevar una vida plena en todos los aspectos, como Bill Gates o Mike Zuckerberg, pero la verdad, lo cierto es que no cuento con los mismos recursos y facilidades. Por lo tanto la oferta, la promesa, resulta una falacia, destinada a favorecer a unos cuantos y a mantener alienadas a una inmensa mayoría ávida de esperanzas.

Pero hay algo más dramático y pernicioso aun. Al postular que todos tenemos los mismos derechos a condición de reservarlos a la vida privada, condenamos a la humanidad al individualismo y el egoísmo, que es precisamente lo opuesto a la vida. Porque no puede haber vida sin colaboración, sin esfuerzo comunitario y, por lo tanto, sin diálogo y acuerdo, lo que inmediatamente lleva el ámbito de la Verdad al exterior, el lugar que le corresponde y que siempre ha tenido, porque la Verdad es UNA.

Podemos ver claramente entonces, que tras el relativismo está el individualismo y el egoísmo, que encierran el germen de la mentira, la destrucción y la muerte. ¿Quién puede querer nuestra destrucción y muerte? Aquel que quiere acapararlo todo, apoderarse de todo. Si no queremos personalizarlo, diremos la riqueza, el capital, el sistema inhumano que hemos creado y bajo cuyas reglas asesinas pretendemos vivir, maquillándolas con mentiras, con falacias, como la Ideología de Género, la Dictadura del Proletariado o la Revolución Feminista.

Ninguna de estas enfrenta el verdadero problema; ninguna ataca el fondo, porque han sido creadas por el mismo sistema para someter a la humanidad, manteniendo la situación en favor de quienes detentan el poder. A los pueblos se les venden sueños irrealizables, que los pueblos compran porque el hombre está ávido de esperanzas, porque el hombre ha sido creado por Dios y a Él tiende.

Pero, para ir a Él ha de tomar otro camino, el Camino que nos muestra Jesucristo, el único que nos conduce a la Verdad y la Vida. Este Camino es el Amor. Es y ha sido siempre el mismo. Por eso el Señor nos dice que no ha venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Esto siempre lo hemos sabido en nuestro fuero interno, porque lo llevamos como la impronta de Dios. ¡Hay que llevarlo a la práctica! Ello exige un cambio total en las reglas de convivencia humana que hemos desarrollado. ¡El amor ha de estar antes que el Dinero!

No se trata de soluciones cosméticas, sino de cambios de fondo. No de encerrarnos a vivir en un individualismo y egoísmo pernicioso y destructivo, sino en volcarnos a la comunidad, amándonos los unos a los otros. No se trata de derechos ni igualdades, se trata de dar sin condiciones. Si hemos de competir, que sea en virtud. Que nos esforcemos por hacer que el amor triunfe en el mundo. Esta es la verdadera y única solución permanente al hambre y la miseria.

Solo así alcanzaremos la única igualdad que importa: que todos somos hijos de Dios y como tales, le debemos amor a nuestro Padre y a nuestros hermanos. Amémonos los unos a los otros y alcanzaremos la felicidad y la vida eterna para la cual fuimos creados. Pidamos a Dios que nos conceda esta Gracia, por Jesucristo nuestro Señor. Amén

No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento

(38) vistas

Deja un comentario