Mateo 5,13-16 – glorifiquen a su Padre

junio 13, 2017

Glorifiquen a su Padre

Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.

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Mateo 5,13-16 glorifiquen a su Padre

Mateo – Capítulo 05

Reflexión: Mateo 5,13-16

Si llegáramos a entender o por lo menos a intuir y aproximarnos al Infinito amor de nuestro Padre, Dios, daríamos nuestra vida por hacer lo que nos manda. Entenderíamos que todo lo que Él quiere es nuestro bien, lo mejor para nosotros, lo que nos conviene. ¿Por qué resistirnos cuando lo mejor sería abandonarnos en Sus brazos?

Si nuestro Padre quiere nuestra felicidad ¿por qué resistirnos? Es un absurdo. La única razón posible es que somos unos insensatos o unos soberbios. Si tenemos flojo un tornillo, se pueden comprender muchas cosas, incluso rechazar el Camino que nos conduce a la felicidad.

Lamentablemente el rechazo es generalmente por soberbia. En este pecado tiene su raíz. El deseo de tener todo fácil y ahora, de no tener que construir y esperar a cosechar los frutos, nos lleva a buscar atajos, ofertas que lo simplifiquen todo y que nos den lo que buscamos, con el menor esfuerzo, ahora.

Sumergidos en una cultura del consumismo y del descarte queremos la satisfacción de nuestros deseos con el menor esfuerzo, es decir, al menor costo y cuanto antes, sin reparar que cuanto más se ajuste a nuestras exigencias, más efímero será el placer o la satisfacción que podrá acarrearnos.

Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.

Entonces empezaremos a rodar en una cuesta abajo interminable de consumo y descarte de cuanto se nos ofrece, entrando en el frenesí de una búsqueda insaciable y ciega, que nos devorará hasta dejarnos exhaustos, terminando abruptamente cuando nosotros mismos pasemos a ser desechados por viejos, inútiles e inaptos o alcanzados por la muerte.

La soberbia, la moda y la publicidad nos martillan constantemente que esta es la “libertad” que queremos. Que en esta “libertad”, que en buena cuenta significa rechazar a Dios, está nuestra felicidad. En resumidas cuentas, que no necesitamos a Dios; que podemos prescindir de Él y Sus mandatos.

Ponemos nuestra felicidad en tener, en poseer, en usar, en consumir. Todas cosas pasajeras y caducas, que tienen fecha de vencimiento, porque ellas mismas se desgastan y agotan o porque nosotros terminamos por hacerlo, enfermando y muriendo.

La felicidad, entonces, resulta esquiva y pasajera. Es preciso tener poder político, social y fundamentalmente económico (porque con dinero se compra a los otros dos) para alcanzar estas cumbres de felicidad, que por más estables que sean tan solo habrán de durar por un tiempo.

Si quiero sumar momentos de felicidad en mi vida y si esto es lo que más importa, tengo que estar dispuesto a pagar el precio y este será muchas veces tan alto como la infelicidad e incluso la vida de los demás. Debo hacerme indiferente e insensible.

Como esto es difícil, porque va contra la propia naturaleza humana, que nos hace esencialmente comunitarios y solidarios, empezamos a vivir en guetos, a frecuentar clubes, en fin, a cultivar el individualismo y el egoísmo. A eso nos conduce la civilización actual, porque el hombre ha escogido vivir sin Dios, ha rechazado la única opción correcta.

El hombre sin Dios, pierde la perspectiva de la vida, porque al rechazar a Su Creador, él mismo se erige en el fin y propósito de su existencia. Siendo esta efímera, no encuentra con qué tapar el vacío que ello le produce y se apresta a consumirlo todo con la esperanza de saciar su sed implacable y se encuentra que nada llega a satisfacerlo.

Y, es que el hombre no puede vivir sin Dios. El hombre ha sido creado por Dios, por amor y para el amor. Solo en el amor, en la vida comunitaria y solidaria es capaz de encontrar la fuente de la dicha inagotable que habrá de conducirlo a la morada eterna.

Solo cuando el hombre es capaz de encontrar a Dios como su Padre y a los demás hombres como sus hermanos, amándolos como corresponde, es capaz de encontrar el propósito de su existencia y con ello la fuente de la felicidad eterna.

Dios nos ha creado para ser felices y vivir eternamente. Eso es lo que Él siempre ha querido para nosotros. Esos son Sus Planes para nosotros, esa Su Voluntad. ¿Puede haber algo mejor? Tal vez debemos empezar por meditar quién es realmente Dios. ¿Qué sabemos de Él? ¿Cómo podemos conocerle?

La mejor fuente es la Biblia y dentro de ella, los Evangelios. Propongámonos leer los Evangelios todos los días, pero al ritmo que establece la Iglesia Católica. Ella ha creado un Calendario Litúrgico en la que a cada día le corresponde la lectura de un pequeño fragmento seleccionado por inspiración del Espíritu Santo y según la época del año.

Al cabo de tres años habremos leído casi todos los 4 evangelios, formándonos una idea de quién es Jesucristo. En ese transcurso Él nos dará a conocer a Dios, nuestro Padre, el Infinito amor por el que envió a Su Hijo a Salvarnos y el lugar que nos tiene destinado desde la Creación para que vivamos eternamente a Su lado.

Entonces comprenderemos que es esto de sal y luz del mundo en lo que Jesucristo quiere que nos convirtamos. Porque si llevamos una vida cristiana, seremos distintos a nuestros hermanos que viven de espaldas a Dios y ello se notará en cuanto digamos y hagamos.

Tenemos la obligación de vivir cristianamente, de tal modo que ellos vean como nos amamos y se convenzan que están errados y que el único Camino atractivo y correcto es el de Jesucristo, el que nosotros seguimos. Para eso debemos ser sal y luz. Sal para que prueben el gusto que da vivir en Jesús y luz para iluminar sus pasos, para que sepan cómo llegar y seguir por este Camino.

Esto es lo que Jesucristo nos manda cuando dice “glorifiquen a su Padre que está en los cielos”. Vivamos cristianamente, ayudando a destacar aquello por lo que vale la pena esforzarnos y guiemos a nuestros hermanos por el Camino, para mayor Gloria de Dios.

Padre Santo, te pedimos la Gracia de entender que en hacer Tu Voluntad está nuestra felicidad, que amándote y amándonos los unos a los otros Te estamos glorificando y nos disponemos a alcanzar la plenitud de la Vida Eterna, por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

Brille así su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.

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