Mateo 5,13-16 – brille su luz ante los hombres

junio 7, 2016

Texto del evangelio Mt 5,13-16 – brille su luz ante los hombres

13. Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente.
14. Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte?
15. Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
16. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos.

Reflexión: Mt 5,13-16

Estamos destinados a dar luz y sabor al mundo. Contrariamente a lo que muchos piensan, no se trata de pasar desapercibido, procurando mostrar un perfil bajo, porque nosotros no tenemos nada que esconder. Tampoco se trata de buscar la figuración por la vanidad o el orgullo que esto puede acarrearnos. Pero nuestra presencia no puede pasar desapercibida. No es que queramos caerle bien a todo el mundo, para que todos nos quieran y admiren. Se trata de ser un punto de referencia o un punto de inflexión. No buscamos notoriedad brindando nuestro criterio, pero nos tomamos en serio cada vez que es necesario opinar y buscamos portar la luz del Señor en cada situación que afrontamos, sea esta cotidiana o extraordinaria. Para nosotros no pasa desapercibido la forma en que las personas se tratan entre sí, las palabras que se dicen o los gestos que se dedican unos a otros. No es que seamos más exigentes que nadie, sino que tratamos de ser justos en toda ocasión, valorando a cada persona que se nos atraviesa como si se tratara del mismo Señor Jesucristo. Reconocemos que todos poseemos la misma dignidad que Dios Padre nos ha querido dar, la dignidad de Hijos de Dios y de este modo tratamos a cada persona como un emisario de Dios. Somos cautelosos, nos refrenamos y nos corregimos inmediatamente cuando nos damos cuenta que hemos cometido un error, procurando hacer sentir a cada persona valorada, atendida y oída con la importancia que esperan. Saludamos, nos despedimos, sonreímos, somos amables, no nos burlamos y nos esforzamos por hacer sentir cómodos a nuestros interlocutores ocasionales. Ello no nos exime de tomar la posición correcta cuando ellos es necesario, diciendo claramente y sin temor lo que es correcto. No buscamos notoriedad, sino que prevalezca siempre la verdad. Si hemos de ser conocidos, que sea por ser indoblegables e intransigentes al momento de hacer lo que es correcto. No entramos en componendas ilegales a espaldas de los interesados, para obtener provecho propio. ¡Hacemos siempre lo correcto! Con una sola condición: para mayor Gloria de Dios. Es decir que no buscamos que nos miren y admiren, sino que vean que Bueno es el Señor a quien servimos con mucha alegría. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos.

Somos pues distintos que el común de los mortales, pero no por extravagantes, sino por justos. Algunos se burlarán de nosotros y hasta nos llamarán tontos, cuanta mayor razón para mantenernos firmes en lo que es correcto. Nuestros parámetros de justicia y corrección no son los de este mundo, sino los del Señor. Porque sabemos que habrán muchos que nos considerarán como tontos por no aceptar bonificaciones o pagos especiales para ocultar o cambiar cierta información aparentemente innocua. No cederemos ante ningún chantaje que demande callar la verdad u ocultarla. Eso lo sabrá todo el mundo y por eso nos conocerán, teniendo como una explicación el que somos cristianos. No buscaremos ningún tipo de recompensa que no sean las legalmente establecidas por un orden civil justo y aquellas promesas de nuestro Señor Jesucristo. Sacaremos la cara siempre por los que más sufren, por los desvalidos, por los que no pueden defenderse, por los abusados, procurando siempre la justicia. Somos la luz y la sal del mundo. Se trata de una obligación ineludible. No existe situación en el mundo que no pueda ser distinguida y diferenciada por nuestra participación activa, proponiendo argumentos evangélicos. ¿Qué podemos hacer para asegurarnos de no perder el sabor, ni apagar esta luz que ha sido encendida en nuestros corazones? No dejar de beber de la fuente. Es decir, no dejar de alimentarnos de la Palabra del Señor cada día, que ella nos va moldeando y cambiando hasta configurarnos con Cristo; no dejar de orar asiduamente, todos los días y las horas que nos sea posible. Recurrir frecuentemente a los Sacramentos, especialmente al de la Penitencia y la Eucaristía, teniendo siempre en mente que no por nada el Señor quiso quedarse entre nosotros como verdadera comida y verdadera bebida. Comer su Cuerpo y beber Su Sangre es un privilegio, una Gracia y una Bendición dada a todos nosotros en forma gratuita por el Señor, con el único propósito de fortalecer nuestra fe, para que finalmente, con Su ayuda, alcancemos la Vida Eterna. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos.

No permitamos que nada se interponga de tal modo entre nosotros y el Señor, que terminemos volviéndonos insípidos. Afinemos nuestra sensibilidad para que no haya nada ni nadie que se imponga en menoscabo de la Voluntad de Dios. Por ningún motivo, nunca, nada ni nadie podrá llevarnos a acatar algo que no corresponda a la Voluntad de Dios. Estos han de ser nuestros principios rectores. Qué otra cosa serán sino el Camino de Santidad y Perfección que el Señor nos pide. Un Camino siempre nuevo y exigente, cuya pauta y medida no la da este mundo, ni las simpatías o antipatías a las que podamos hacernos acreedores, sino la certeza de estar haciendo lo que Dios manda, que es a quien queremos contentar, a quien obedecemos. ¡Él es nuestro Rey! Es a Él a quien testimoniamos en nuestros actos, el que brilla en nuestros testimonios. Mientras más y mejor lo reflejemos, más nos estaremos acercando a la santidad. Debemos ir disminuyendo para que Él crezca en nosotros. Esto ocurre por Gracia de Dios, y en general es un proceso que llamamos de conversión, que en última instancia depende de nuestra decisión. Hay casos, como el de San Pablo que han sido instantáneos, porque Dios así lo ha querido. Pero también hay casos en los que nunca llega, porque nos estancamos en la confortable y nada exigente tibieza y ya sabemos lo que dice el Señor de los tibios: los vomitará. Por lo tanto hagamos un alto en el Camino, reflexionemos sobre cómo estamos desempeñándonos en el seguimiento del Señor, hagamos las enmiendas que corresponden y comprometámonos adecuadamente en su seguimiento. Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos.

Oremos:

Padre Santo, no permitas qué nos instalemos confortablemente en la tibieza de un seguimiento pálido y gris, alejado de las exigencias del Evangelio. Por el contrario, ayúdanos a exigirnos el verdadero compromiso con nuestra salvación y la de nuestros hermanos …Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

La sal de la tierra

LE LLAMAN JESUS Sal y Luz de la Tierra

Sal de la Tierra y Luz del Mundo

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