Mateo 5,1-12 – Bienaventurados

Junio 8, 2015

Texto del evangelio Mt 5,1-12 – Bienaventurados

1. Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.
2. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
3. « Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
4. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
6. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
7. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
11. Bienaventurados serán cuando les injurien, y les persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa.
12. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes.

Reflexión: Mt 5,1-12

Tal vez no debíamos ocuparnos tanto de quienes nos andan buscando incongruencias para criticarnos, para burlarse o simplemente para justificar el por qué no aceptan la doctrina de Jesús. Los olvidaríamos si no fueran posiblemente nuestros seres más queridos. Es que el mayor incomprendido es Jesús entre las personas de nuestro tiempo; peor mientras más jóvenes, porque vivimos en una sociedad que fomenta activamente dar las espaldas a Dios, como una idea ingenua y hasta torpe, propia de ignorantes. Y cuando es imposible enfrentarnos por la razón, empiezan a sacar evidencias de religiosos y hasta obispos pederastas o en entre dicho por esta mala conducta, o supuestas riquezas irracionales de la Iglesia y finalmente nos hacen cómplices de crímenes atroces a través de la historia. No hay nada que hacer, que la Iglesia ha sido Santa y Pecadora y que muchas veces se ha equivocado de frente. Sin embargo tenemos que entender que eso no la hace menos pueblo de Dios, menos Cuerpo de Cristo. Posiblemente se debe a que la fe requerida o exigida para cada momento, pocas veces estuvo a la altura de lo esperado. Tal vez quienes teníamos la obligación de fajarnos y ser consecuentes hasta el fin, terminamos desistiendo, retrocediendo, dudando. La flaqueza de la Iglesia la podemos notar en el mismo comportamiento de Pedro, que primero se hunde en las aguas del lago, al dudar de Jesús y luego, muy a su pesar, lo niega tres veces, tal como Jesús mismo se lo había anticipado. La Iglesia está compuesta por seres humanos, débiles, frágiles, temerosos, que, llegado el momento, no sabemos ser consecuentes con el mandato del Señor. Dudamos, nos da temor. No queremos poner en riesgo nuestra integridad o nuestras propiedades y privilegios. ¡Caemos en la tentación! Por eso hay una plegaria específica en el Padre Nuestro pidiendo a Dios que no nos deje caer en la Tentación. ¿A qué tentación se refiere? A dudar de su Palabra; a dudar de su poder; a aferrarnos mezquinamente a la comodidad, al dinero, a nuestras propiedades, a nuestras riquezas. A no saber hacer en cada ocasión, lo que Dios nos manda. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

¿Y qué es lo que nos manda Dios? Hace unos días veíamos una síntesis de los mandamientos -de la ley y los profetas-, y decíamos que podía entrar en medio twitt. Ahora, en este sermón también conocido como el Sermón de la montaña o de las bienaventuranzas, Jesús nos dice específicamente cuál ha de ser el comportamiento de todo cristiano, en nueve distintas bienaventuranzas, para que aquél que quisiera excusarse por no entender en qué consiste el amor, se traslade a cada una de estas situaciones y juzgue su proceder, a fin de discernir si su proceder es el que Dios espera de él o si más bien es contrario a la ley del Señor. En las diferentes situaciones de la vida, nuestro comportamiento debe asemejarse al de los bienaventurados, porque solo de este modo estaremos obrando conforme a lo que el Señor espera de nosotros. Cuando se presentan las dificultades, las exigencias y la necesidad de hacer sacrificios, solemos ser muy contemplativos con nosotros; muy condescendientes, al extremo de querer apartar cualquier sacrificio de nuestro camino, con cualquier excusa y escudándonos en nuestra debilidad y fragilidad. Todos lo vivimos alguna vez, por eso sabemos de qué estamos hablando. Podemos entenderlo, si queremos. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Jesús quiere que nos mantengamos firmes en la fe, que no dudemos y que procedamos de conformidad con las bienaventuranzas. No nos hagamos los desentendidos, que este sermón es para nosotros. No se refiere a los demás, como tendemos a creer, sino a nosotros. Y si no nos vemos reflejados en ninguna de estas bienaventuranzas, pues debemos tener suficientes razones para detenernos un momento y examinar lo que estamos haciendo con nuestras vidas, porque podríamos perderlas y nada, ni nadie vale la pena tan grave pérdida. ¿No somos humildes, sencillos y pobres de espíritu, sino más bien arrogantes, exigentes y soberbios, creyendo que todos deben servirnos y rendirnos pleitesía, como si estuviéramos muy por encima de nuestros hermanos y lo mereciéramos todo? ¿Somos de los que no toleran un centímetro menos, ningún error, ni nada que pueda mermar nuestra riqueza, fama, prestigio y poder? ¿Somos de aquellos que dicen “que no se metan conmigo, porque me van a oír”? ¿Somos de aquellos que jamás se arrodillan ante nada, ni ante nadie, que no se conmueven por lágrimas, ni conocen lo que es la compasión, porque cumplen con la ley cueste lo que cueste? ¿Nos jactamos de no haber perdido ningún juicio, porque si no tenemos razón, tenemos el suficiente poder para aplazar sentencias o torcerlas? ¿Somos de los que no tememos a la justicia porque es imposible que esta falle en nuestra contra, porque tenemos el poder político, social o económico para cambiar los fallos y finalmente soportar las consecuencias de un fallo en contra porque difícilmente uno de ellos puede afectar nuestro patrimonio? ¿Somos de los que buscamos imponernos aun por sobre la ley, con tal de no ceder por orgullo, soberbia o vanidad? ¿Somos de los que ejecutan ordenes con la cabeza fría, sin importar las consecuencias, ni el costo humano, porque así lo prescribe la ley? ¿Somos de los que ponen trampas a los débiles y a los ignorantes para pagarles menos de lo que les correspondería, con tal de ahorrarnos algo o incrementar nuestras ganancias? ¿Nos aprovechamos del hambre y la necesidad de los pobres para pactar porcentajes, tarifas, dividendos o devengados menores a lo que correspondería por ley? ¿Somos incapaces de reconocer y estimular económicamente los esfuerzos de los más débiles y necesitados? ¿Nos hacemos los desentendidos cuando alguien omite exigir un derecho? ¿Somos de los que hablamos mal de aquellos que nos exigen cumplir con nuestras obligaciones, solo porque no nos gusta que nadie nos exija, aunque sea justo? ¿Somos de los que confunden el derecho que tienen nuestros trabajadores a recibir lo justo, lo que les corresponde, como si esta fuera una dádiva generosa de nuestra parte? ¿Somos de los que rechazan la armonía porque creemos que el ser dueños y poderosos nos da derecho a mandar y exigir, sin tener por qué escuchar a los miserables de nuestros trabajadores, que además son ignorantes, ociosos, intrigantes y ni tienen idea de lo que se debe hacer? ¿Somos de los que creemos que los que tenemos el poder no tenemos por qué consultar a nadie. ¿Somos de los que en la práctica condenamos o dificultamos el diálogo y la armonía? Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Las Bienaventuranzas son los Mandamientos dichos de otro modo, exponiendo con mayor detalle cual debe ser el comportamiento cristiano, es decir, cómo espera Dios que nos comportemos, porque de quienes obren de este modo será el Reino de los Cielos. Recapacitemos nuevamente en que no hay recompensa más grande para el hombre, que vivir eternamente en el Reino de Dios. A las preguntas que específicamente nos hacemos cada día, respecto a lo que está bien y a lo que debemos hacer en cada ocasión, Jesús les da respuestas concretas. Solo tenemos que meditarlas y aplicarlas a nuestra vida. Recordemos que nos toca escoger entre Dios y el Dinero, y que no hay caminos intermedios. O estamos con Dios o estamos con el Dinero. Es preciso tomar partido, hoy, ahora, aquí. No hay cabida para los tibios. Oremos y pidamos al Señor el Valor para seguirlo en forma coherente. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Oremos:

Padre Santo, danos sabiduría para poder discernir en cada ocasión cuál es Tu Voluntad y como debemos obrar para dar testimonio de Tú amor. No permitas que nos enredemos y que nos dejemos engañar. Danos sabiduría y valor para distinguir el Bien del Mal y preferir siempre el Bien, aunque nos cueste la vida…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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