Mateo 28,16-20 – hagan discípulos a todas las gentes

mayo 28, 2017

Hagan discípulos a todas las gentes

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

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Mateo 28,16-20 hagan discípulos a todas las gentes

Mateo – Capítulo 28

Reflexión: Mateo 28,16-20

Esta es la esencia del cristianismo. Los cristianos tenemos una Misión que emana de un mandato dado por Jesucristo. Un mandato se da para obedecerlo y lo da quien tiene autoridad para hacerlo. Si alguien nos habla imperativamente es porque tiene autoridad, de otro modo estaría loco o perdiendo el tiempo.

Jesús ni está loco, ni ha venido a perder el tiempo. Como alguna vez lo hemos dicho y lo sostenemos, porque es nuestra propia experiencia: en las palabras del Señor no hay desperdicio. Nada se dice que sobre, que pueda ser omitido u ocultado. ¿Por qué? Porque se trata del mismo Dios hecho hombre. Es un misterio que no llegamos a comprender plenamente, pero que lo hace distinto.

Jesucristo por eso, es al único que le corresponde aquel título que Él mismo se da, que es a la vez todo un atributo exclusivo: “El Hijo del Hombre”. ¿Cómo podríamos interpretarlo? Como la esencia del hombre o como el hombre por excelencia. Como el mejor representante del hombre, el que reúne todas sus cualidades y atributos, pero es al mismo tiempo Dios. El Hijo del hombre nos representa y encarna a todos. Es Él quien nos abre las puertas del Cielo.

Verdadero Dios y verdadero Hombre, ese es Jesucristo, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Misterio, lo dijimos desde el comienzo, pero no por oculto, sino por inabarcable. Hay realidades sobrenaturales que nunca llegaremos a comprender en este mundo, pero quedarán totalmente expuestas en cuanto podamos estar bajo la presencia de Dios mismo en el Cielo.

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Es este Hijo del Hombre el que nos manda sin ninguna duda ni reparo. Él nos dice lo que debemos hacer. Si antes nos había dicho que la ley y los profetas se resumen en este mandato: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, hoy nos lo recuerda de otro modo, pero que tiene en el fondo el mismo significado: Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes…

Los discípulos siguen a Jesús. El que lo sigue hace lo que Él manda. Nuestro deber es hacer que todos sean discípulos, es decir, que todos lo sigan. Dicho de otro modo, que todos hagan Su Voluntad, que es la misma que la del Padre, que es la que pedimos que se haga cada vez que rezamos el Padre Nuestro. De eso trata todo. En realidad no es tan complejo.

La dificultad está en ser perseverante y coherente. Nos cuesta ¿Por qué? Porque somos débiles y nos dejamos tentar por la flojera, la soberbia, la lujuria, la avaricia, la ambición, el orgullo, en resumen, el egoísmo. Seguir a Jesús, es decir, ser Su discípulo, demanda una forma de vida que no siempre estamos dispuestos a llevar. Lo hacemos por momentos, pero flaqueamos.

Esa es nuestra lucha constante. Hay momentos en que queremos darnos por vencidos. Sobre todo cuando tenemos demasiada comodidad, tanta que somos tentados a olvidarnos de nuestros hermanos, porque no estamos dispuestos a sacrificarnos, ni a ceder nada. Es tal nuestro rechazo a estas exigencias, a este mandato del Señor, que literalmente le damos la contra. Este es el pecado precisamente.

Queremos hacer lo que nos gusta, lo que no nos cuesta, lo que no demanda esfuerzo, ni sacrificio y por eso, a veces, somos capaces de llegar a extremos. Niego a mi padre, niego a mi madre, niego a mis hermanos, miento, robo, oculto, aprovecho, traiciono y hasta mato para conseguir lo que quiero. Y el pecado, el error, está en querer esto más que seguir y hacer lo que Cristo nos manda, que solo persigue nuestro Bien.

¿Por qué? Obviamente por falta de conocimiento. Eso es lo que nos enseña Jesús. Eso es lo que nos enseña cuando nos dice en Mateo 11, 28-30:

28. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.
29. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
30. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Es, pues, imprescindible conocer a Jesús. ¿Cómo podemos hacerlo? Hay varias formas, posiblemente, pero las preferenciales son: la lectura, reflexión y puesta en práctica de la Palabra de Dios. ¿Dónde la encontramos? En la Biblia, pero preferentemente en los Evangelios. La Palabra de Dios ha de ser nuestro alimento diario. Solo esta tiene capacidad de transformarnos y darnos Vida Eterna.

¿Qué más? Los sacramentos y entre ellos especialmente la Eucaristía. Por el Bautizo, el primer sacramento, pasamos a ser miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, que es la Iglesia. Mientras nos mantengamos unidos y fieles a ella (la Iglesia), seremos fieles a Jesucristo, Su Palabra, Sus mandatos, los sacramentos y todo aquello que forma parte de esta realidad de ser cristianos y estaremos caminando a la Vida Eterna.

Este Camino no podemos hacerlo si no nos ocupamos de nuestros hermanos. Ellos son el salvoconducto que debemos llevar gravado en nuestros corazones. Tenemos que amarlos. Lo que empieza por llevarles la Buena Nueva, y Bautizarlos. No siempre se logra leyendo o citando de memoria un texto bíblico, sino siendo ejemplo de amor al prójimo, lo que implica una forma de vida a imitación de Cristo.

Jesucristo nos manda con todo el Poder que le ha sido conferido y nos promete estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. ¿Qué más podemos pedir? Tenemos que hacer lo que nos manda y alcanzaremos la Vida Eterna.

Padre Santo, aumenta nuestra fe, para que pasemos por este mundo amando a nuestros hermanos, empezando a hacer tus discípulos a los que tenemos más cerca, pero sin dejar a aquellos que no conocemos e incluso a nuestros enemigos, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

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