Mateo 22,1-14 – mi banquete está preparado

agosto 20, 2015

Texto del evangelio Mt 22,1-14 – mi banquete está preparado

1. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:
2. «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo.
3. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.
4. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Digan a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.”
5. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio;
6. y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron.
7. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.
8. Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos.
9. Vayan, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encuentren, invítenlos a la boda.”
10. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.
11. «Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda,
12. le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” El se quedó callado.
13. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atenle de pies y manos, y échenlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”
14. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»

Reflexión: Mt 22,1-14

Es difícil no sentir un nudo en la garganta cuando leemos este pasaje. ¿Cómo es posible que seamos capaces de dejar al Señor con los crespos hechos? ¿Cómo es posible que no solo lo desairemos, sino que matemos a sus emisarios? Parece una historia imposible, una historia cruel, inventada y lejos de nuestra realidad. Nos parece surrealista. Nosotros qué nos vamos a comportar así. Nosotros somos distintos. ¿Es esto cierto? Veamos. Dios creó el Universo entero para nosotros, para que seamos felices y vivamos eternamente. Ese es el mayor anhelo de Dios, su mayor deseo para nosotros. ¿Por qué? Desde luego no por algún merecimiento nuestro, sino por amor; amor puro e incondicional, como no puede haber otro amor igual. Pero Dios también nos creó libres, siendo esta libertad, junto con nuestra inteligencia y voluntad, el sustento de nuestra dignidad. Dios nos hizo dignos; es decir capaces de discernir y distinguir lo bueno de lo malo; capaces de esforzarnos hasta el extremo por alcanzar lo que nos proponemos y libres para decidir por dónde ir. Así las cosas, siendo Dios y sabiendo por lo tanto lo que nos conviene y amándonos como solo Él lo puede hacer, pone a nuestro alcance el llegar a la Vida Eterna, donde seremos por siempre felices. Para ello solo debemos amarlo y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esta es la “clave” de nuestra felicidad, al alcance de nuestra inteligencia, voluntad y libertad. Se podría decir que para eso hemos sido creados, es decir que nuestro fin corresponde milimétricamente a nuestras posibilidades. Pero, hemos de quererlo, para lo cual, hemos de conducirnos allí, siguiendo el Camino trazado por Jesús. Nadie nos obliga. Es nuestra decisión. Digan a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.”

Todo esto lo sabemos desde siempre y sin embargo ¿Qué escogemos? Sabiendo que todo el Camino está expedito, que el Banquete ya está preparado y que el Señor nos espera sentado a la mesa, con un lugar especial reservado para cada uno de nosotros, con nuestro nombre escrito…¿Qué hacemos? No vamos. Nos demoramos. Lo mandamos a rodar. Nos ocupamos de otras cosas, no le hacemos caso. Y, cuando envía a Jesús, Su propio Hijo, para que haciéndose hombre como nosotros nos señale el Camino, no le creemos y finalmente lo matamos para que nos deje en paz y no nos importune con su propuesta, ni sus mandatos, que no estamos dispuestos a oír, ni mucho menos a obedecer. Detengámonos un momento a ver que no se trata de una propuesta descabellada e inconveniente, que dependa de obedecer mandatos crueles, riesgosos o condenables. Todo lo que quiere Dios es asegurarse que alcancemos la Vida Eterna, es decir la Plenitud, la Felicidad. Para eso, todo lo que debemos hacer es AMAR. Pero por nuestra reacción parece que nos hubieran querido envenenar. ¿Es que puede haber alguien que se niegue a amar? ¿Es que puede haber alguien que condene el amor? ¿Es que amar quita la paz, causa dolor y causa la muerte? ¿Por qué reaccionamos agresivamente como si hubiéramos visto un fantasma? Algo ha de pasar en nosotros para que prefiramos cualquier cosa antes que la propuesta de Dios Padre, para la cual Jesucristo nos enseña el Camino. Digan a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.”

¿Qué puede pasar? Nos lo dice Jesús y nos lo dicen las Escrituras del Antiguo Testamento. El Príncipe de este Mundo, el Maligno no quiere que alcancemos la Vida Eterna. Quiere que Dios fracase en su Proyecto Divino. Sin embargo ello es imposible, porque Jesucristo muriendo y resucitando por nosotros ha sellado la victoria definitiva sobre la muerte, la oscuridad y el demonio. Si estamos con Cristo, el jamás podrá contra nosotros. De este modo, la victoria es definitivamente nuestra. Pero estar con Jesucristo es algo que depende de nuestra libre decisión. Él está a la puerta llamando; si le abrimos, cenará con nosotros, vivirá con nosotros y jamás se irá de nuestro lado hasta que alcancemos Sus promesas. Pero si en vez de oírle y hacer lo que nos manda, si en vez de escoger el Camino que nos lleva a la Vida Eterna, purificado con Su sangre, preferimos la sensualidad, la riqueza, la mentira, la avaricia, la lujuria, el poder y todo aquello que nos ofrece el demonio, por definición opuesto al amor, nos perderemos en el laberinto oscuro del infierno. Es nuestra decisión. Y si somos de aquellos buenos y malos, invitados en los cruces de los caminos, si decidimos ir, pongámonos el traje apropiado, a tono con el Banquete y la dignidad de nuestro Anfitrión; no sea que por tal sutileza seamos echados del Banquete. Fijémonos que el castigo es el mismo que el de los asesinos: no participarán del Banquete, de la Vida Eterna. La paga es la misma para todos los que llegan, como el castigo es el mismo para los que por cualquier motivo no hacen lo necesario por responder adecuada y oportunamente a la invitación. Digan a los invitados: “Miren, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; vengan a la boda.”

Oremos:

Padre Santo, envíanos Tu Gracia abundante para que sepamos oír y obedecer lo que nos manda el Señor, de modo tal que seamos dignos de alcanzar la Vida Eterna…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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