Mateo 22,01-14 – inviten a la fiesta a todos los que encuentren

Agosto 18, 2016

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.

Texto del evangelio Mt 22,01-14 – inviten a la fiesta a todos los que encuentren

01. Jesús siguió hablándoles por medio de parábolas:
02. «Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un rey preparaba las bodas de su hijo,
03. por lo que mandó a sus servidores a llamar a los invitados a la fiesta. Pero éstos no quisieron venir.
04. De nuevo envió a otros servidores con orden de decir a los invitados: “He preparado un banquete, ya hice matar terneras y otros animales gordos y todo está a punto. ¡Vengan, pues, a la fiesta de la boda!”
05. Pero ellos no hicieron caso, sino que se fueron, unos a sus campos y otros a sus negocios.
06. Los demás tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron.
07. El rey se enojó y envió a sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos e incendiaron su ciudad.
08. Después dijo a sus servidores: “El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos.
09. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.
10. Los servidores salieron inmediatamente a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, de modo que la sala se llenó de invitados.
11. Después entró el rey para conocer a los que estaban sentados a la mesa, y vio un hombre que no se había puesto el traje de fiesta.
12. Le dijo: “Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?” El hombre se quedó callado.
13. Entonces el rey dijo a sus servidores: “Atenlo de pies y manos y échenlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes”.
14. Sepan que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.»

Reflexión: Mt 22,01-14

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Mateo 22,01-14 inviten a la fiesta a todos los que encuentren

¿Será posible que no lleguemos a entender lo que el Señor nos ofrece? Jesucristo ha venido a Salvarnos, a traernos Vida Eterna. En eso consiste el Reino de los Cielos. Es el mismísimo Dios quien nos invita a participar de Su Reino.

¿Cuál es nuestra respuesta? No tengo tiempo. Ahora no. Tengo otras cosas más urgentes que resolver. ¿Por qué será que no le damos a Dios Su lugar? ¿Será que ha sido demasiado tolerante con nosotros? ¿Será que nos consiente demasiado?

Tal vez todo se deba a que no hemos entendido quién es Dios en realidad. Por alguna razón creemos que podemos prescindir de Él, que no es importante para nuestras vidas. Lo tenemos como un concepto abstracto más que una realidad. Y creemos que, finalmente, de la teoría podemos prescindir.

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.

Solo este desconocimiento de Dios puede explicar que no le hagamos caso. Claro, no entendemos a Dios y por lo tanto, tampoco significa mucho para nosotros. Dios es un concepto loable, noble, ideal e incluso misterioso, que por lo tanto despierta un cierto respeto y temor, pero no es nada determinante en nuestras vidas.

En nuestro día a día, sentimos que podemos prescindir de Dios. El hecho de hacerlo, ni nos quita, ni nos da más. Eso pasa con nosotros y también con la mayoría de quienes nos rodean. Llega un momento en que incluso nos animamos a negarlo, y oh sorpresa, no pasa nada.

Los hombres empezamos a descubrir que podemos prescindir de Dios, que este puede dejar de ser nuestro centro y que “no pasa nada”. Así, poco a poco, se va desacralizando nuestro mundo y empezamos a pedir una sociedad laica, un gobierno laico, sin preferencias confesionales de ninguna clase. Esa es la situación en la que nos encontramos.

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.

Nadie parece querer, ni necesitar a Dios para nada. Nos acostumbramos a vivir en un mundo secularizado, lejos de Dios. Para algunos, esta entidad existe, escondida por allá, en las alturas, fuera de este mundo, sin que nos afecte en realidad para nada. Para la mayoría, de tanto no pensarlo, ya simplemente ni se lo plantean.

Así, cuando recibimos una invitación, con su sello y firma, para participar en la Boda de Su Hijo, como Sus invitados, como no nos dice ya nada, simplemente lo despreciamos. Ni si quiera por educación le respondemos; simplemente no vamos.

No hemos reparado y ya no somos conscientes de que nada de lo que tenemos y en lo que nos ocupamos lo tendríamos si no fuera por su Misericordia. En la vorágine en la que vivimos, no nos acordamos de dónde vinimos y mucho menos tenemos tiempo para pensar a dónde vamos.

Esta es la realidad en la que vivimos y en la que nada parece afectarnos seriamente, hasta que toca a las puertas de nuestras vidas la calamidad, la desgracia, la enfermedad y la muerte. Solo entonces nos damos cuenta de la fragilidad de nuestras vidas y volvemos nuestros ojos al cielo.

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.

Solo entonces, cuando llega la desgracia, descubrimos la necedad en la que hemos vivido. ¡Qué absurdo habernos aferrado a tanto deleznable propósito! ¡Nada nos puede dar un segundo más de vida! ¡Nada puede apartar de nosotros el dolor y el sufrimiento! ¡Nada puede devolvernos al pasado a rectificar lo que hicimos!

Sacrificamos a tantas personas, a tantos familiares y amigos por tener más y descuidamos lo más importante, el amor. Hoy tenemos tal vez todo, pero todo lo perderemos irremediablemente de un momento a otro, sin haber alcanzado el amor.

¿Qué debimos hacer? Pues hacer caso a la Invitación que nos envió el Señor y disponernos oportunamente a participar en la Boda de Su Hijo, bañándonos, perfumándonos y vistiéndonos adecuadamente para lo ocasión. Quien nos invita es el Creador, el origen y el fin de todo lo existente y todo lo creado

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”

Dios Padre, en Su Infinita Misericordia, ha querido tenernos como Sus Invitados dilectos en la Boda de Su Hijo. ¿Por qué? ¿Será por algún mérito nuestro? ¿Por algo que hicimos o dijimos? ¡No! Simplemente nos ha querido tener por AMOR. Porque Él ha querido darnos la Felicidad y la Vida Eternas.

¿Cuál fue Nuestra respuesta? Despreciarlo, desoírlo, ninguniarlo. ¿Por qué? Porque todos lo hacían, porque no teníamos tiempo, porque teníamos cosas más importantes y urgentes que hacer…porque NO LE CREEMOS. ¡Ese es nuestro gran pecado! ¡La falta de Fe! ¡No le creemos a Dios, ni aunque haya enviado a Su Único Hijo a Salvarnos!

Jesús nos ha venido a revelar que Dios es nuestro Padre y que Él tiene preparado un lugar para nosotros en el Cielo. Nos ha hecho ver la inutilidad de la vida sin Dios. Pero no le hemos creído; hemos preferido caminar en el absurdo, en la oscuridad y en la muerte. ¡Qué paradoja! ¡Queríamos tanto vivir, que moriremos irremediablemente! Porque solo quien esté dispuesto a dar su vida por el Reino, la ganará para siempre.

“El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren”.

Oremos:

Padre Santo, no permitas que desoigamos Tu invitación, antes bien danos Tu luz para aquilatarla y prepararnos con esmero para estar perfectamente ataviados y presentables cuando nos mandes llamar. Que acudamos presurosos y agradecidos a Tu encuentro…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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