Mateo 18, 21-19,1 – compadecerte de tu compañero

agosto 13, 2015

Texto del evangelio Mt 18, 21-19,1 – compadecerte de tu compañero

21. Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?»
22. Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
23. «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.
24. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos.
25. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
26. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.”
27. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.
28. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes.”
29. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.”
30. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.
31. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.
32. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste.
33. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”
34. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.
35. Esto mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano.»
1. Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Reflexión: Mt 18, 21-19,1

Tenemos que aprender a ser misericordiosos como es nuestro Padre del Cielo con nosotros. Esto quiere decir que debemos estar dispuestos a perdonar y a comprender como Él lo hace con nosotros. Esta es una nueva forma de decirnos que debemos estar dispuestos a seguir a Jesús en todo momento y no pedir nada que nosotros mismos no estaríamos dispuestos a dar. Y es que no se trata de dar de lo que nos sobra y de cualquier modo, por salir del paso, sino de dar aquello que pedimos para nosotros. ¡Qué distinto! ¿Cuántas veces nos quejamos porque el Señor no nos hace caso, porque no nos da lo que le pedimos con tanta exigencia? ¿Por qué no nos fijamos en quién estamos dejando de atender, en vez de ver aquello que Dios no nos concede? ¿No seremos nosotros los que estamos ocasionando el embalse con nuestro egoísmo? Así pues, de aquí en adelante cambiemos de pensamiento y oración. Pidamos al Señor que nos permita ser sensibles a las necesidades de nuestro prójimo más cercano y atenderlas con solicitud, sin que nos lo tengan que estar pidiendo y recordando a cada paso. Nosotros sabemos muy bien qué cuentas tenemos pendientes con cada uno. Hagamos un pequeño balance y empecemos a atender todo aquello que venimos acumulando postergando para otra ocasión, para otro momento. Démosles la sorpresa a nuestros esposos o esposas, a nuestros padres, hermanos o amigos. Hagamos por nuestra propia iniciativa lo que nos han venido pidiendo una y otra vez, pero sin que nos lo vuelvan a recordar. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?

Debemos perdonar ¿lo hacemos? ¿O es que seguimos teniendo atravesado y marcado a aquel que le prestamos algún dinero y jamás nos lo devolvió? Ejercitémonos en el perdón de verdad, es decir, practiquemos el olvido, no solo de palabra, sino de corazón. No seamos rencorosos. Nuestro perdón ha de ser ilimitado, como lo es el del Señor y como buscamos que sea para nosotros. ¡Cómo nos incomoda y entristece cuando debemos presentarnos ante alguien con el que hemos tenido alguna desavenencia! Nos preparamos para el desaire y el maltrato, porque, nos decimos, esta es la oportunidad de desquitarse. Pero qué distinto será, como nos sorprenderá que por el contrario tenga un trato amable y cariñoso, incluso preferencial con nosotros. Hasta lo encontraremos sospechosos. Sin embargo ese es el trato que nos da Dios y el trato que espera que nosotros demos a quienes de una u otra manera nos ofendieron o faltaron. El perdón es seguramente lo más difícil de dar, pero tenemos que aprender a hacerlo todas las veces que sea necesario, sin condiciones. Este es el ejemplo de Jesús. Solo así llegaremos a construir los lazos profundos que requiere una verdadera comunidad de amor. No seamos soberbios; reconozcamos que nosotros también nos equivocamos y nos hemos tropezado una y mil veces con la misma piedra. Cada quién tiene sus debilidades y limitaciones con las que lucha por superarlas y alcanzar la perfección. El mejor modo de superarlas es con la exigencia, pero también con la comprensión y el aliento. Practiquemos todas estas virtudes con nuestros hermanos, tal como pedimos al Señor que lo haga con nosotros. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?

En estos versículos el Señor está profundizando en aquello que nos enseñó en la oración perfecta que es el Padre Nuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir que nosotros estamos dando la medida. Del mismo modo que nosotros perdonamos, seremos perdonados. Ojo. Entonces debemos cuidarnos en perdonar de verdad. Por eso decíamos al comienzo que debíamos dedicar un tiempo en nuestra oración, en nuestras meditaciones para revisar de qué modo nos vamos alejando de nuestros hermanos simplemente por una incomprensión, por un gesto o un acto que consideramos ofensivo y entonces preferimos poner distancia entre nosotros, en vez de conversar, comunicarnos y perdonar. Con el distanciamiento lo único que provocamos es que finalmente se rompa toda relación, es decir que, tal vez por una simpleza, terminamos condenando un alma, un corazón que podría estar latiendo al unísono con nosotros, en la misma frecuencia. Y, de no llegar a tanto, por lo menos él o ella y nosotros, podríamos mantener una puerta o ventana abiertas para una relación fructífera. En cambio, con un supuesto perdón silencioso, en el que decimos no guardar rencor de ningún tipo, pero sin buscar la ocasión para mostrarlo, la relación en realidad queda condenada. En otras palabras, el perdón debe evidenciarse y demostrarse en la búsqueda de aquel que de algún modo consideramos que nos faltó, para limar asperezas y dejar muy en claro que no guardamos resentimiento de ninguna clase, que todo lo hemos perdonado y olvidado, siendo esta la razón por la cual hemos buscado este encuentro. No condenemos a la esterilidad a una relación o a uno de sus miembros, simplemente por no ser capaces de perdonar o de pedir perdón. Aun siendo cierto que el tiempo restaña las heridas más profundas, esforcémonos por hacer cuanto esté a nuestro alcance para no dejarlo en manos del tiempo y del olvido. No condenemos a nadie, tal como no queremos que Dios nos condene. En la misma medida que nosotros perdonemos, seremos perdonados. ¡Qué fuerte! ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?

Oremos:

Padre Santo, que aprendamos a reconocer nuestras faltas y a pedir perdón por ellas, del mismo modo que perdonamos a nuestros hermanos y buscamos la reconciliación porque el bien solo puede germinar y crecer en una relación armoniosa, nunca en una relación distante condenada al olvido. Permítenos analizar nuestras vidas y descubrir todas aquellas relaciones truncas, como resultado de condenas dictadas por nuestro corazón. Que sepamos redimirlas, como el Señor hace con nosotros…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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