Mateo 17,14-20 – poca fe

Agosto 8, 2015

Texto del evangelio Mt 17,14-20 – poca fe

14. Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él,
15. le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua.
16. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.»
17. Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo habré de soportarlos? ¡Tráiganmelo acá!
18. Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento.
19. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?
20. Díceles: «Por su poca fe. Porque yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible.»

Reflexión: Mt 17,14-20

Alcanzar a tener fe es gracia de Dios. Podemos esforzarnos todo lo que queramos, pero será de Dios alcanzar la fe en el nivel que permita desplazar montañas si así lo queremos. No es un asunto de práctica que podemos alcanzar tras una determinada cantidad de horas. No depende de grados o títulos académicos o nobiliarios. Tampoco es algo que podamos comprar y mucho menos fingir o impostar. La fe evidencia una profunda relación con Dios, que no se logra solamente por nuestro deseo o nuestro esfuerzo, sino por nuestra forma de vida. Mientras más apegados a la santidad, más fe tendremos, aunque seguramente la consideraremos más pequeña, porque un verdadero santo es humilde, es modesto y generalmente no se sentirá merecedor de esta ni ninguna gracia. Así que no empecemos a hacer pruebas de concentración pretendiendo que se trata de poderes extrasensoriales que podemos dominar a punta de esfuerzo y disciplina. Si no tenemos amor y si Dios no lo quiere, podremos plantarnos de cabeza que jamás lo conseguiremos. Aun cuando el Señor deja abierta la posibilidad que podamos hacer verdaderos prodigios si tan solo tuviéramos una pizca de fe, equivalente a un grano de mostaza. Hemos de meditar mucho en el tamaño de nuestra fe, que no depende de repetir insistentemente en nuestro interior que si creemos, sino de evidenciarla en nuestros actos. «Por su poca fe. Porque yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible.»

Un hombre o una mujer de fe, acatan sin ningún reparo la Voluntad de Dios. Un hombre o una mujer de fe, creen ciegamente en Dios, en su Providencia, en su Poder. No tienen la menor duda respecto a lo que Dios puede hacer si quiere y cuando le piden algo saben que lo conseguirán y así ocurre. Recordemos cada uno de los casos de curaciones prodigiosas realizadas por Jesús, empezando por la del criado del Centurión, quién sin el menor atisbo de duda le manifestó a Jesús que era innecesario que fuera a su casa para realizar esta curación, pues bastaba con que Él lo mandara para que así ocurriera. La sincera convicción de este Centurión le valió la curación de su criado. Esta sensación, este sentimiento no pasa desapercibido al Señor y es este que causa el prodigio. Cabría preguntarnos ¿cómo es nuestra fe comparada con la de este hombre? ¿Cómo podemos evidenciarlo? Pensemos en alguna situación reciente en la que ha sido necesario mostrar nuestra fe y esta se ha evidenciado con éxito, alcanzando aquello que nos propusimos y quisimos. Si este Centurión siendo un guerrero romano era capaz de tener semejante fe podemos concluir que ella no depende ni de raza, ni de nacionalidad, ni de religión, ni de sexo, ni edad, ni ocupación. Si no depende de nada de ello, ¿a qué podemos atribuir la fe de este oficial? ¿Qué podemos hacer para alcanzarla? Desgraciadamente no tenemos ninguna información específica respecto a la formación de este soldado, pero denota sinceridad, transparencia, humildad, honorabilidad y respeto, además de muy buenos sentimientos, porque bajarse al extremo de pedir ayuda para su criado no es algo que observemos con suma frecuencia. «Por su poca fe. Porque yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible.»

Y qué ocurre con la mujer Cananea sobre la cual leíamos hace tan solo unos días, aquella que tenía a su hija enferma y no dudo en llamar a gritos a Jesús con tal de lograr ser atendida, aun sabiendo en su interior que –conforme a los códigos culturales- no merecía que el Señor se fijara en ella, por ser de otro pueblo, por no profesar las mismas creencias religiosas y por ser mujer. Sin embargo se sobrepone a todo y con tal de lograr su cometido, implora a quien su espíritu le dice que es el único que puede salvarla -al Señor-, para que cure a su hija, señalando que incluso se conforma con recibir las migajas que caen de su mesa con tal de ver curada a su hija, Gracia que el Señor le concede, por esa fe inquebrantable. Y Pedro, qué podemos decir de Pedro que viendo al Señor caminar sobre las aguas le pide que le mande ir a Él, lo que el Señor hace. Sin embargo, estando a algunos pasos de alcanzarlo, le entran las dudas, que lo perseguirán por mucho tiempo y se empieza a hundir. Así, podemos ver que la fe no es exclusiva de nadie, sino que es Gracia que debemos pedir a Dios. Para ello debemos establecer una adecuada comunicación con Él, que no será el resultado de una posición impostada, sino auténtica, profunda, real, vivencial. Podemos engañar a los demás, pero no podemos engañarnos a nosotros mismos y muchísimo menos a Él. Se trata de asumir una forma de vida –por sus obras los conocerán-, que exulte la fe que profesamos, solo entonces, cuando nos hayamos identificado a tal extremo con Cristo que podríamos decir que nos hemos configurado totalmente a Él, coincidiendo plenamente nuestra voluntad con la Suya, lo que digamos, lo que pidamos será concedido. «Por su poca fe. Porque yo les aseguro: si tienen fe como un grano de mostaza, dirán a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada les será imposible.»

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos desviemos del camino; que sepamos perseverar día a día, hora a hora, segundo a segundo, de modo tal que lo único que deseemos, nuestra pasión sea hacer Tu Voluntad, porque solo en ella está nuestra felicidad…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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