Mateo 17,1-9 – Este es mi Hijo amado

agosto 6, 2015

Texto del evangelio Mt 17,1-9 – Este es mi Hijo amado

1. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto.
2. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
3. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.
4. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
5. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle.»
6. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo.
7. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levántense, no tengan miedo.»
8. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.
9. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.»

Reflexión: Mt 17,1-9

Este debe ser el temor a Dios al que se refieren las Escrituras. Un Dios que tiene la capacidad de sorprendernos como nadie podría hacerlo y de un modo inimaginable, cuando menos lo esperamos. Pedro, Santiago y Juan sabían muy bien que estaban con Jesús y este les había dicho mil veces que era el Hijo de Dios, el Mesías, el Salvador largamente esperando, a lo cual seguramente asentían, puesto que les había dado muchísimas pruebas de ello, pero es seguro que hasta ese momento en que quedaron impávidos, no habían reparado en el significado de estas palabras. Incluso después, pasados unos días, empezaron seguramente a dudar que fuera cierto lo que vieron y oyeron. Tan es así que todos lo dejan al momento de la pasión e incluso Pedro llega a negarlo. Grades debilidades propias de la naturaleza humana. Y sin embargo estos tres discípulos tuvieron el privilegio único de ver a Jesús en un “estado Divino”, extraño, sobre natural, irrepetible, departiendo con dos personajes que les eran familiares, pero que pertenecían a otro tiempo. Fue como abrir una ventana a otra dimensión en la que los seres que la habitan tienen otro aspecto, diáfano, puro, brillante, luminoso. ¿Vieron un pedazo de cielo? Y cuando estaban embobados viendo aquel inusual espectáculo, de pronto de una nube sale una voz que debió retumbar a sus oídos. ¿Quién puede ser? ¿Qué quiere decir? ¿Qué va pasar ahora? ¿Cómo sería todo esto que no pudieron soportarlo y cayeron con la cara a tierra llenos de miedo? Tratemos de imaginarlo. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle.»

Dios está aquí, con nosotros, al igual que los profetas y seguramente también los santos y todos nuestros difuntos. ¡Qué decir de la Virgen María y los ángeles! Todo lo que vemos y sentimos no es toda la realidad, no es toda la verdad. Hay una parte que permanece oculta, de la cual, alguna veces descubrimos algunos atisbos. Son muy pocas las personas que tienen este privilegio, sin embargo ninguna como estos discípulos que presenciaron la Transfiguración de Jesús. No está en nuestro estado actual vislumbrar esta realidad completa. Es Gracia que Dios concede tan solo a algunos elegidos. Sin embargo ha de ser allí que vamos una vez que nuestras almas dejan nuestros cuerpos perecederos. Algunas visiones milagrosas tienen seguramente su origen en el encuentro con ese mundo sobrenatural que se manifiesta de modos sorprendentes. El 5 de agosto, día en que falleció mi madre, recordábamos a María la Mayor primer templo Romano dedicado a la Virgen María edificado en el siglo IV. Se cuenta que durante el pontificado de San. Gregorio el Grande, una peste terrible arrasó con la ciudad de Roma. El Pontífice ordenó que se hiciera una procesión penitencial desde Santa María la Magiore, en la cual el mismo llevaba una estatua de la Virgen. Durante la procesión 80 personas murieron, pero el pontífice continuaba sus oraciones. Cuando llegaron al puente que cruza el río Tiber, oyeron cantos de ángeles en el cielo. De pronto sobre el castillo (que hoy se llama “de San Angelo”), se apareció el arcángel San Miguel. En su mano derecha llevaba una espada que metió en su vaina. En ese mismo momento ceso la peste. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle.»

La Iglesia está plagada de historias parecidas protagonizadas por pueblos, religiosos, monarcas y humildes ciudadanos, a los que por algún motivo especial Dios se ha manifestado de modo evidente. Sino pensemos por un momento en la Virgen de Covadonga, venerada en toda España, pero especialmente en Asturias porque es a ella que se le atribuye el inicio de la resistencia al Islam, que terminó por su expulsión definitiva en 1492. Muchas de las advocaciones y devociones tienen su origen precisamente en este tipo de sucesos milagrosos. La mentalidad utilitarista, pragmática, relativista y escéptica de los siglos XX y XXI han terminado rechazando este tipo de manifestaciones o considerándolas propias de la imaginación, la ignorancia o alguna forma de alienación colectiva. Sin embargo las evidencias abundan y no cesan de aparecer. La Iglesia es rica en este tipo de manifestaciones, que no hacen nada más que evidenciar la presencia del Espíritu Santo y del mismísimo Jesucristo entre nosotros, acompañándonos tal como nos lo ofreció: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). El Señor seguirá manifestándose a nosotros de diversas maneras, hasta lograr su cometido, como es el de Salvarnos, puesto que “no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños.” (Mateo 18,14). Siempre habrán incrédulos y escépticos que tiendan a minimizar y hasta a ridiculizar estas manifestaciones de Dios, pero igualmente habrá gente humilde y sencilla a la que Dios hablará fuertemente encomendándoles el cambio de nuestras costumbres idólatras, que son las causantes de la mayoría de nuestras desgracias, porque ante la disyuntiva Dios o el Dinero, hemos preferido escoger el Dinero pretendiendo desconocer esta radicalidad, con la idea errónea y blasfema, que ambos se pueden conjugar, si sabemos mantener un equilibrio razonable, lo cual ha quedado demostrado a lo largo de la historia como una estúpida quimera. Así, debemos concluir en que no podemos vivir de espaldas a Dios y que lo que Cristo ha venido a Revelarnos es la pura, santa y única Verdad. No hay otra. Si Él dice que no podemos servir a dos señores, cualquier otra teoría que pretenda conciliar ambos caminos estará errada. Precisamente la coyuntura en la que se encuentra hoy en día la humanidad, el despeñadero al que hemos conducido nuestro planeta se debe a esta postura farisaica que pretende enmendar a Jesucristo, haciendo pasar todo por paños tibios, argumentando que lo otro es fanatismo o fundamentalismo. Craso error. Oigamos y entendamos lo que nos dice Dios Padre. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle.»

La Alegría del Evangelio (Evangelii Gaudium) y Alabado seas mi Señor o Loado seas mi Señor (Laudato si) son los dos últimos documentos de la Iglesia a través de las cuales el Espíritu de Dios se manifiesta con mucha energía y autoridad invitándonos a cambiar de rumbo. Hemos agotado nuestro planeta y no podemos seguir viviendo con posturas mediocres, tibias, de cristianos acomodados, pretendiéndonos ajenos e indiferentes a lo que ocurre con el mundo. Tal postura es antievangélica, así que no podemos dejar de ver en estos documentos fuertes llamadas de atención al mundo entero, pero especialmente a los cristianos, a los bautizados, para que nos sacudamos y abandonemos la modorra y apatía con la que parecemos observar lo que ocurre, sentados cómodamente en nuestras butacas, como simples espectadores. Ese no puede ser el papel de nadie, pero mucho menos de los cristianos. Hemos sido creados para ser felices, viviendo en comunidad, lo que significa, haciéndonos responsables los unos por los otros, complementándonos, comunicándonos, compartiendo y solidarizándonos. Mientras no asumamos esta actitud, seguiremos cuesta abajo en el despeñadero y seremos tan culpables como el que más. Por lo tanto ha llegado la hora y es ahora, de cambiar asumiendo una postura radicalmente cristiana, que se evidencie en nuestros actos, lo que no debe ser interpretado de ningún modo como violenta o contraria a nadie. Tenemos la responsabilidad de trabajar por el Reino de Dios, que se ha acercado y que no llega por nuestra falta de fe. ¡Sigamos a Jesús, que hoy nos habla muy claramente en estas dos encíclicas! Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: « Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenle.»

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a profundizar en nuestra fe, de modo que esta se evidencie en cada uno de nuestros actos. Danos la energía, voluntad y entereza necesaria para enterarnos de lo que nos dices a través de las palabras del Papa, poniéndonos a Tu servicio y al de nuestros hermanos, del mejor modo que podemos hacerlo hoy…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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