Mateo 17,1-9 – brillante como el sol

marzo 12, 2017

Brillante como el sol

Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

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Mateo 17,1-9 brillante como el sol

Puedes leer el Evangelio aquí. 

Reflexión: Mateo 17,1-9

Estaba tentado en empezar esta reflexión destacándola como algo excepcional. Pero lo cierto es que todo lo que rodea a Jesús es excepcional. Tenemos un episodio tras otro en el que Jesucristo se manifiesta en forma evidente y expresa como el Hijo de Dios que Él quiere que reconozcamos.

En esta oportunidad escogió solo a tres de sus discípulos, tal vez los más cercanos, aquellos que podían entender mejor, grabar en sus corazones lo que iban a presenciar y luego transmitirlo. Jesús tendría sus razones para no mostrar a todos lo que estos iban a ver. Pero lo que realmente importa es que este testimonio ha llegado hasta nosotros, tal como el mismo Señor pidió a estos discípulos.

Se trata de un Misterio que se nos va revelando poco a poco, tal vez porque no hubiéramos podido entenderlo todo de golpe. Es preciso ir avanzando paulatinamente. ¿Quién podría decir que gesto o qué manifestación fue la más importante?¿Quién podría prescindir de determinadas señales y agregar otras? Solo Dios.

No son pocas las manifestaciones extraordinarias de la Divinidad de Cristo. Se tomó todo el tiempo que juzgó necesario, en diversidad de circunstancias a lo largo de su vida entre nosotros. Sin embargo ya varios siglos antes se anunció su venida con signos y señales igualmente admirables. Y desde entonces no ha cesado de manifestarse de uno u otro modo entre nosotros.

Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

Cualquiera que sea el análisis que realicemos, no cabe duda que nos llevará a admitir que Jesucristo es el Centro de la Historia. Aquello que ahora el enemigo disfrazado se empeña en negar. Cristo está en el centro mismo de la historia de la humanidad. A Él esperábamos hasta hace alrededor de 2 mil años para que viniera a salvarnos y a Él esperamos para que venga definitivamente a terminar de instaurar el Reino de los Cielos.

Lo que vieron y oyeron estos discípulos fue una pequeña muestra, lo suficientemente contundente, del poder Divino de Cristo. Más grade que Moisés y más grande que Elías, Jesucristo es el Hijo de Dios enviado para Salvarnos. Jesucristo es nuestro Redentor, aquel que ha borrado todas nuestras culpas, que nos ha salvado del pecado y de la muerte, con su muerte y resurrección.

Jesucristo se levanta como una luz en el horizonte de la historia, para iluminar a toda la humanidad. Jesucristo nos revela a Dios como nuestro Padre y Creador. Nos da a conocer que hemos sido creados por Amor por Dios, que es Amor y que todo lo que quiere es que seamos felices y vivamos eternamente. Para eso hemos sido creados por Dios, que es Infinitamente Misericordioso.

Si tuviéramos que elegir un punto justo y preciso en el medio, una señal o un signo que brille sobre todo el Universo y la Historia, no cabe duda que este tendría que ser la Santísima Cruz, símbolo del cumplimiento de la Promesa, de la venida, vida, muerte y resurrección de Cristo. Símbolo de nuestra Salvación. Es la Cruz la que une Cielo y Tierra; presente, pasado y futuro; nuestra naturaleza mortal, con la naturaleza inmortal de Dios, el Eterno. Es la Cruz la señal de nuestra Redención, por el Amor Infinito de nuestro Señor Jesucristo.

Estos discípulos y a través de ellos todo nosotros, somos testigos hoy de una manifestación única de la Divinidad de Cristo. Lo hemos podido ver y sentir en Su Esplendorosa Gloria y hemos oído al Padre declarar que es Su Hijo amado y que debemos escucharle. Esa es la única razón de tanto gesto Divino. Fijar la atención en lo único que realmente importa.

Jesucristo, el Hijo de Dios es el Camino, la Verdad y la Vida, tal como Él mismo nos lo ha revelado. Es escuchando y haciendo lo que Él nos manda que alcanzaremos el fin para el cual fuimos creados: la Vida Eterna. Tenemos que estar muy atentos a lo que el Señor nos manda y poner nuestra inteligencia, libertad y voluntad a Su servicio, porque solo así nuestro efímero tránsito por este mundo tendrá sentido.

El sacrificio en realidad no es tan grande si tenemos en cuenta lo que tenemos por ganar. Como dirá San Pablo, todo lo estimo en nada frente a lo que Cristo me ofrece. ¡Empeñémonos en esta carrera, que no estamos solos! Para ello contamos con la invaluable ayuda del Espíritu Santo. ¡Nada hay imposible para Dios! Solo es preciso que adoptemos una decisión y nos pongamos en marcha. ¡Jesucristo debe ser el Centro de nuestras vidas!

Pidamos al Señor que nos conceda el discernimiento y la sabiduría necesarios para optar por el cada día, desde que amanece, sin importar nada más. Que nos dé a fortaleza y perseverancia necesarias para mantenernos firmes en el Camino, en medio de la tribulación. Que cuando nos llegue la hora definitiva de marchar a Él, nos encuentre comprometidos con el Evangelio, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.Todo esto te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y es Dios, por los siglos de los siglos, amén.

Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

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