Mateo 15,21-28 – ¡qué grande es tu fe!

Agosto 3, 2016

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Texto del evangelio Mt 15,21-28 – ¡qué grande es tu fe!

21. Jesús marchó de allí y se fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón
22. Una mujer cananea, que llegaba de ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está atormentada por un demonio.»
23. Pero Jesús no le contestó ni una palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira cómo grita detrás de nosotros.»
24. Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.»
25. Pero la mujer se acercó a Jesús y, puesta de rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!»
26. Jesús le dijo: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.»
27. La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.»
28. Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Reflexión: Mt 15,21-28

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Mateo 15,21-28 – ¡qué grande es tu fe!

A lo largo de las escrituras vamos encontrando como un común denominador la fe de quienes menos esperaríamos que la tuvieran. Será que no sabemos apreciar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Nos resulta natural recibir la fe de nuestros padres, del mismo modo que la descartamos sin hacer una mueca.

Debemos reconocer que en nuestro entorno felizmente no son muchos los que cambian la fe que heredaron de sus padres por otra. Tal vez sea peor, pero lo que vemos es que asumen una postura que excluye a Dios, sin ser ateos. No niegan a Dios, sino que lo excluyen de sus vidas.

Parece que lo que ocurre es que no encuentran la necesidad de creer en Dios. No encuentran el sentido a tener fe y por el contrario esta se convierte en un obstáculo en algunas ocasiones. Un estado laico y un mundo secularizado parecen ser las posiciones más frecuentes y aceptables.

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Es necesario que nos detengamos a reflexionar respecto a la aparente naturalidad con la que vamos asumiendo posturas totalmente secularizadas, en las que la fe y todo lo relacionado con Dios parecieran carecer de espacio.

Cada vez hay menos matrimonios, cada vez menos niños bautizados y menos participación en la Misa dominical. A punta de repetirlo y verlo repetido entre nuestros pares, cada vez nos llama menos la atención que nadie tenga entre sus planes una Misa como impedimento para cualquier actividad dominical.

Poco a poco hemos ido admitiendo y sintiéndonos cómodos con circunscribir a Dios y todo aquello que tiene que ver con la fe al ámbito privado, donde no parece afectar en modo alguno nuestro modo de vida, nuestras costumbres y relaciones.

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Hemos sacado a Dios de nuestra vida cotidiana y nos resulta muy cómodo discernir sobre el aborto, la ideología de género o el divorcio sin contar con Él. Hemos hecho de la fe una elección individual y privada, que atañe a la vida íntima y personal de cada uno, sin que ello demande responsabilidad ni compromiso alguno.

Estemos atentos a los humildes, a los despreciados, a los desechados, porque a través de ellos llegará la fe y la salvación. Necesitamos redescubrirlos con una mirada nueva, porque es a través de ellos que seremos salvados.

Son los tenidos por menos inteligentes, por menos formados, por menos cultos y preparados en todos los sentidos, los despreciados por la sociedad, los que nos enseñarán a amar y creer en Dios nuevamente.

Nosotros lo hemos tenido todo, pero no hemos sabido aquilatarlo. Serán los pobres, los despreciados, los marginados los que, como Jesús, nuevamente nos harán sentir y valorar la Misericordia de Dios.

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.» Y en aquel momento quedó sana su hija.

Oremos:

Padre Santo, concédenos la Gracia de tener una fe tan grande que conmueva a Jesús y se compadezca de nosotros, nuestros hijos y hermanos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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Mateo 15,21-28 – ¡qué grande es tu fe!

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