Mateo 13,47-53 – recoge peces de todas clases

julio 30, 2015

Texto del evangelio Mt 13,47-53 – recoge peces de todas clases

47. «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases;
48. y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.
49. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos
50. y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
51. «¿Han entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.»
52. Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo.»
53. Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

Reflexión: Mt 13,47-53

El Reino de los Cielos convoca a todos, sin discriminación de ninguna clase. Todos estamos llamados: negros, blancos, indios, chinos, judíos, palestinos, hombres, mujeres, gais, niños, ancianos, ciegos, sordos, mudos, brillantes, torpes, ricos, pobres…Tal como se puede esperar de echar la red en el mar. Todo lo que hay que hacer es buscar el lugar apropiado, esperar el tiempo adecuado y luego arrastrarla hasta la orilla, donde al final se reúnen los pescadores y escogen de entre todo lo que arrastraron, las especies que no sirven para el consumo humano, las que no tienen mercado, los peces que son muy pequeños o los que están malogrados, los devuelven al mar o en el peor de los casos los echan a la basura, porque ya no sirven. El Reino de los Cielos es entonces todo el proceso de pesca, de comienzo a fin, incluyendo la red sin la cual sería imposible pescar, así como la selección definitiva propia de quien quiere asegurarse de obtener un buen producto, con la calidad y características adecuadas. Esto es lo que de modo general espera el pescador, de otro modo no se tomaría la molestia de echar la red. A nadie se le ocurriría hacerlo en una laguna de aguas servidas o en un mar muerto. Quedémonos entonces con la idea que quien pesca sabe lo que hace y espera un resultado razonable: unos buenos peces, que habrán de servir de alimento para muchos. Cuenta, igualmente, con que saldrá alguna basura y algunos especímenes que habrá de descartar; todos ellos en una proporción menor, de otro modo usaría anzuelo. La expectativa de un experto, que lanza su red en aguas y tiempos apropiados será obtener una buena pesca, del mismo modo que en el Reino de los Cielos, una vez culminado el proceso, al final de los tiempos los ángeles separarán a los malos de entre los justos y los echarán al horno de fuego. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.

Creemos que es preciso recalcar que el pescador es un experto, el mejor en la materia y que por lo tanto ha tomado todas las providencias necesarias para obtener la mejor pesca y que los peces comestibles tienen características comunes, que los hacen apetecibles, si son pescados oportunamente. No se trata de peces carnívoros, ni pirañas, sino probablemente de deliciosas truchas o salmones. Está en la propia naturaleza del pez llegar a ser este alimento codiciado, como la impronta de Dios en el hombre habrá de determinar la abundancia de justos, de los que se separa a los malos. La gran diferencia de los hombres, con los peces de la parábola estriba en que nosotros hemos sido dotados por Dios de inteligencia, voluntad y libertad, lo que hace posible que –siendo razonables- elijamos el Bien, el Amor y la Justicia, que es a lo que tendemos por nuestra propia naturaleza. Así debe ser. Eso es lo que espera Dios Padre, el Pescador Supremo. Sin embargo, para asegurarse que así sea, ha enviado a su Único Hijo, Jesucristo, para enseñarnos el Camino; para Revelarnos que solo el Amor nos conducirá a la Vida Eterna que Dios Padre nos tiene prometida desde nuestra Creación. Para ser contados entre los justos en esta red debemos hacer aquello para lo que fuimos creados, aquello que Dios espera de nosotros, tal como el pescador experto cuando tira su red espera sacar peces y no basura. Dios sabe qué somos y cómo somos, porque Él mismo nos ha Creado, por lo tanto es lógico que Él sepa lo que puede esperar de nosotros. Él lo ha hecho todo Bien, como corresponde a Dios que es Amor. Todo lo que debemos hacer es Su Voluntad. Para asegurarse que así lo hagamos, porque es lo que más nos conviene, nos MANDA hacerlo. Lo sensato es OBEDECERLE. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.

Para descubrir la infinita misericordia de Dios tengamos en cuenta, además, que no contento con habernos creado para el Amor, dotados de inteligencia, libertad y voluntad, se revela a nosotros a través de Su Pueblo escogido y por medio de los profetas nos da a conocer Sus Mandamientos, que no son otra cosa que las leyes que debemos obedecer para alcanzar la Vida Eterna. ¿Por qué nos manda Dios? Si lo reflexionamos un momento, constataremos que es totalmente lógico. Como nuestro padre terrenal sabe exactamente lo que nos conviene hacer cuando somos niños y por eso, para no correrse el riesgo que hagamos otra cosa, nos manda hacerlo, porque eso es lo que nos conviene, del mismo modo Dios, que todo lo Sabe y Puede, nos manda hacer lo que Él sabe que nos conviene y nosotros, si nos esforzamos por comprenderlo, concluiremos que lo que Él nos manda es lo correcto. Solo hace falta revisar los Diez Mandamientos aplicando nuestra inteligencia para darnos cuenta que lo que nos manda es lo que nos conviene y constatar que cada vez que nos ha ido mal ha sido por no hacer lo que nos manda. No es que no podamos ir contra lo que nos manda, por el simple hecho que Él lo ha mandado, sino porque es ESTUPIDO hacerlo. Nos degradamos cuando lo hacemos; desdecimos de las cualidades y capacidades con las que Él nos ha adornado precisamente para que hagamos lo correcto. Es tonto, es suicida, es destructivo, dañino no hacer lo que nos manda. Y ello trae consecuencias no solo para nosotros, sino para todos los que nos rodean. Como quiera que algunos de nosotros seguimos empecinados en NO hacer lo que nos manda, a lo cual llamamos pecado, por constituir una necedad, Dios Padre envió a Su Propio Hijo a enseñarnos el Camino del Amor, que no es otra cosa que la Voluntad de Dios. Si hacemos lo que nos dice entraremos al Reino de los Cielos y viviremos eternamente. Es decir, tenemos todo para no perdernos, inclusive la Voluntad de Dios a nuestro favor. Sin embargo Él no nos fuerza, por lo que si aun así decidimos actuar como necios, como niños caprichosos, entonces no habrá nada más que hacer que sufrir las consecuencias de nuestra necedad. Seremos separados de los justos, descartados vergonzosamente y arderemos para siempre en el fuego eterno. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.

¿Alguien puede decir que Dios es injusto, que no es misericordioso, que se ensaña con nosotros? ¿Qué más puede hacer para salvarnos? Ya si no nos salvamos es porque sencillamente no nos da la gana. Porque como el niño aquel al que su padre le dice que no meta su cabeza entre las rejas y desobedeciendo lo hace, no le queda más que sufrir las consecuencias. Desde luego el padre hará lo imposible por salvarlo, como lo hace Dios con nosotros. Pero si reincidimos, podría llegar el momento en que ni Dios pueda salvarnos, porque para ello se precisa nuestra voluntad. Porque Dios no hará nada contra nuestra voluntad. Entonces, sufriremos las consecuencias y nada podrá cambiarlo, aunque vayamos a llorar al río. Ahora, tal como el caso del escriba converso, se trata de tener tino, de discernir entre lo bueno y lo malo, no descartando lo viejo o lo nuevo tan solo por ser nuevo o por ser viejo. Ni lo nuevo ni lo viejo garantizan la bondad, la corrección o la justicia. Tenemos que aplicar nuestra inteligencia y nuestro discernimiento, a partir de los Mandamientos de la Ley de Dios, que tal como Jesús nos revela se pueden resumir en dos: Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Obedezcamos este mandato, apliquemos esta ley y brillaremos como el sol en el Reino de los Cielos. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos.

Oremos:

Padre Santo, que seamos contados entre los justos. Que nos esforcemos cada día por hacer Tu Voluntad. No nos dejes caer en la tentación…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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