Mateo 13,1-23 – éste sí que da fruto

Julio 16, 2017

Éste sí que da fruto

Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

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Mateo 13,1-23 éste sí que da fruto

Mateo – Capítulo 13

Reflexión: Mateo 13,1-23

Estamos llamados a dar fruto. Solo a través de los frutos se puede verificar que la Palabra ha sido oída. Solo entonces adquiere sentido el oír. Dicho de otra forma, una fe sin obras es una fe muerta. Porque, ¿qué más da que hayamos oído si no ponemos en práctica lo oído?

La Palabra del Señor es como una braza que quema entre las manos. No la podemos sostener. Tenemos que dejarla caer en buena tierra para que dé fruto. El tipo de tierra no depende de nosotros, como tampoco la Semilla, pero si el sembrar y difundir.

La Semilla es la Palabra que hemos de oír atentamente, conocer y difundir. Tenemos que desarrollar esta Misión, haciéndonos partícipes de este modo, de la Misión de Cristo. El fruto que den nuestros hermanos será nuestro propio fruto.

Todos tenemos esta misma obligación, por ello habremos de acudir al Espíritu Santo invocando su apoyo en el desarrollo de esta Misión. Primero conocernos a nosotros mismos ¿Qué clase de tierra somos? Luego a nuestros hermanos ¿Qué clase de tierra son?

Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

Sobre estas cualidades sin duda influye la Gracia, por ello es preciso llevar una vida de oración, porque solo ella hará posible que vayamos creciendo espiritualmente hasta convertirnos en aquella tierra fructífera capaz de dar todo lo necesario.

Lo que no podemos descuidar de ningún modo es esta exigencia de ponernos a trabajar por el Reino. Esta exigencia está implícita en la Palabra, porque se trata de una Buena Noticia, que por lo tanto debe ser compartida generosamente.

Es precisamente el amor el que debe impulsarnos a llevar la Palabra al mundo entero. Cumplir con este propósito exige ordenar la vida de tal modo que Dios y el prójimo constituyan la primera y segunda opción, respectivamente.

Nuestra vida solo tendrá sentido en la medida en que demos frutos y estos solo serán posibles si llevamos y arrojamos en buena tierra la Palabra del Señor, que es la Semilla del Reino. Hemos de hacer nuestro trabajo en forma diligente.

No todo el mundo tiene la misma capacidad y disposición, por lo que habrá casos en que seamos recibidos con inicial entusiasmo, que muy pronto cesará. No debemos desanimarnos, porque la bondad de la tierra no depende de nosotros, como sí su elección.

Por lo tanto debemos aprender a distinguir, para no perder tiempo y así lograr mayor cantidad de frutos. Debemos planificar nuestro trabajo y emplear la astucia, poniendo en juego todas nuestras facultades.

No nos contentemos solamente con ser buena tierra nosotros mismos, sino que busquemos depositar la semilla de la Palabra en buena tierra, para multiplicar los frutos del Evangelio para mayor Gloria de Dios.

Padre Santo, no permitas que nos contentemos con la ley del menor esfuerzo en nuestra misión de evangelizar, sino que por el contrario danos conciencia que esta es nuestra primera tarea, la única cuyos frutos en realidad importan, dedicando nuestras vidas al servicio del Reino. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

 

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