Mateo 11,25-30 – Vengan a mí los que van cansados

mayo 26, 2016

Texto del evangelio Mt 11,25-30 – Vengan a mí los que van cansados

25. En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado.
26. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.
27. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
28. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.
29. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
30. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Reflexión: Mt 11,25-30

Hermoso fragmento de los Evangelios, que solo pueden llenarnos de paz y esperanza. ¿A quiénes? A los atribulados, a los apesadumbrados, a los explotados, a los que llevan pesadas cargas y se sienten como aplastados por ellas, porque no ven ninguna salida a una rutina lúgubre, densa, oscura, a la que se sienten engrilletados, sin poder ver el horizonte. Desde luego, esa no es la situación de todos, pero hay algunos, muchos entre nosotros que efectivamente sentimos que parece que es imposible levantar cabeza, que cuando no es una cosa, es otra, que pareciera que solo hubiéramos venido a este mundo a sufrir, ante la indiferencia de nuestros hermanos. Si nosotros mismos no lo estamos padeciendo, es algo con lo que podemos tropezar todos los días. Gentes condenadas a arrastrar duras cadenas, de las que pareciera que no tienen como salir, sin que alguien les eche una mano y les dé una nueva oportunidad. Las encontramos en las esquinas, recostadas sobre la pared, con las manos extendidas; o en los parques durmiendo abrigadas entre cartones; a la salida de los templos o en los niños limpiando los parabrisas de los carros por unos centavos. Pero no son solo ellos, sino también los cientos de miles de refugiados que se encuentran tocado las puertas de Europa, familias enteras, mendigando una posibilidad de seguir viviendo libres de la de violencia y el acoso a que se exponen diariamente en sus países, donde además escasean recursos tan esenciales como el agua y los alimentos. Es a toda esta gente que sobrevive angustiada, asustada, frágil, debilitada, deprimida, violentada, agotada, exhausta por interminables noches de insomnio, cansada de arañar piedras para obtener agua o alimentos, que se contentaría con los mendrugos que caen de nuestras mesas, con la comida que dejamos malograr en nuestra nevera y que luego arrojamos a la basura, es a estas personas, que son nuestros hermanos, que se dirige el Señor, ofreciéndoles alivio, amor, paz y esperanza. El Señor es el único que tiene la capacidad para restañar nuestras heridas, aun aquellas que llevamos desde hace años grabadas como un tatuaje. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.

El Señor realizó curaciones prodigiosas, milagrosas entre las personas que le seguían, dando a conocer Su Misericordia Divina. Si lo hizo fue porque se sintió conmovido por nuestro sufrimiento, pero además y no menos importante, porque es el Hijo de Dios y por lo tanto, tal como nos lo recuerda en este pasaje: Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, comparte la misma Divinidad que el Padre y el Espíritu Santo, porque el mismo Dios así lo ha querido; Él ha puesto todas las cosas en sus manos. Para el que cree en Dios, para el que cree que Jesucristo es Dios, no puede haber nada más esperanzador, nada que alivie más cualquier sufrimiento que poner en el toda su esperanza, porque una vez que lo hacemos, Él toma nuestra carga y la hace ligera. No importa cuán grande y pesada sea, ya no doblará nuestras rodillas, ni estrujará nuestros corazones. Una vez que verdaderamente depositamos nuestra confianza en Jesús, Él se hace cargo de todo aquello que nos parecía imposible, inamovible, indestructible, insufrible. El Señor solo nos pide que dejando nuestra carga, tomemos la que Él nos ofrece, como el mejor remedio y alivio. No se trata solamente de llevar con otra actitud nuestra carga, sino de dejarla, cambiándola por la que Él nos ofrece. No será siempre fácil, seguramente, y solo será posible si somos capaces de liberarnos por completo de la que estábamos llevando, si la dejamos de lado y asumimos la que el Señor nos propone. ¿Cómo romper con las cadenas que nos atan y esclavizan a nuestras propias cargas? Solo podremos hacerlo si somos capaces de mirar más allá, al Señor y a través de Él a nuestros hermanos. Dicho de otro modo, solo si somos capaces de amar, a pesar de las cargas que parecieran aplastarnos, seremos capaces de liberarnos de ellas, asumiendo el yugo del Señor, con humildad y paciencia. Entonces nos sentiremos aliviados. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.

El Señor nos invita a cambiar totalmente nuestro centro de atención, focalizándonos en nuestro prójimo. Salir de nosotros, en todos los sentidos, incluso el espiritual y emocional, para centrarnos en los demás, en nuestro cónyuge, en nuestros hijos, en nuestros padres, en nuestros nietos, en nuestros vecinos, en nuestros compañeros de trabajo, en los enfermos en los hospitales, en los presos, en los refugiados, en los huérfanos, en los menesterosos, en los que sufren, haciendo de sus cargas las nuestras, es lo que el Señor nos pide. Esto es amar. No se trata de querer, de desear o de tener intenciones; se trata de hacer, de actuar, de vivir. Quien así vive, comparte con el Señor su yugo y descubre que este es ligero, si se le toma con humildad y paciencia. Esto es en lo que el Señor nos invita a reflexionar el día de hoy. En el amor. Que no hay otra forma de aliviar el dolor y el sufrimiento de la humanidad. Que el Camino que nos enseña el Señor es precisamente el del amor, llegando al extremo de dar su vida por nosotros. Ese es el ejemplo que tenemos, así que no andemos buscando interpretaciones, ni condiciones, ni medidas, ni ocasiones. No se trata de un proceder ocasional –dominguero-, ni con ciertas condiciones. Se trata de un modo de vida permanente, que tenemos que aprender, seguramente, pero en el cual debemos profundizar, porque es un Camino, en el que debemos avanzar, si realmente creemos en Jesucristo, Hijo de Dios. Muchos de los males que aquejan a este mundo se deben a la tibieza con que muchos de nosotros, los cristianos, hemos tomado este compromiso. Así, no nos explicamos cómo habiendo miles de pueblos abandonados en Italia y España, por ejemplo, no seamos capaces de acoger a los cientos de miles de refugiados que podrían revitalizarlos, haciendo producir sus tierras y viviendo dignamente, dinamizando la economía. No decimos que sea fácil, pero se podría hacer, si se quisiera, cambiando de mentalidad y viendo que el Señor ha puesto en manos de Europa la solución al despoblamiento y longevidad de sus países. Si no estuviéramos siempre mirándonos el ombligo, podríamos encontrar oportunidades en medio de esta tragedia. Basta ver al mundo con amor, como el Señor nos propone. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a salir de nosotros, para ir al encuentro de nuestros hermanos, buscando el alivio de sus necesidades y sus penas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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