Mateo 10,7-15 – denlo gratis

Julio 13, 2017

Denlo gratis

Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No procuren oro, ni plata, ni calderilla en sus fajas…

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Mateo 10,7-15 denlo gratis

Mateo – Capítulo 10

Reflexión: Mateo 10,7-15

El Señor nos da un programa de trabajo. Nos da una serie de instrucciones muy precisas para que realicemos la tarea que nos encomienda de modo urgente y perentorio. No hay tiempo. Hay que priorizar.

¿Por qué decimos que no hay tiempo? ¿Cómo sustentamos esa impresión? Porque lo primero que nos dice es que debemos ir proclamando un mensaje muy preciso: que el Reino de los Cielos está cerca.

Alguien podrá decir ¿cómo puede sostenerse que esté cerca después de más de dos mil años? Lo que ocurre es que, si lo pensamos, esa cercanía puede tener por lo menos dos dimensiones: cercanía en el tiempo y cercanía en el espacio.

Tengamos presente que estamos reflexionando en torno al mensaje de Jesucristo, que es al mismo tiempo Dios y Hombre, por lo que su lenguaje y expresiones, siendo comprensibles para cualquiera, tienen un trasfondo que va más allá de los límites comunes.

Todo lo que hace el Señor hay que tomarlo en esa doble lectura, una natural y otra sobrenatural. Son dos vertientes a las que tenemos capacidad de acceder por los ojos y oídos de nuestra mente y de nuestro corazón.

Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No procuren oro, ni plata, ni calderilla en sus fajas…

Lo dice el Principito en el genial libro de Antoine de Saint-Exupéry, lo importante solo se ve bien con el corazón, es invisible a los ojos. Esto es algo que todos los seres humanos experimentamos y que en la Palabra de Dios lo encontramos a cada paso.

No queremos seguir adelante sin dejar lo más claro que nos es posible este punto. Estamos frente a la Palabra de Dios. Repitámoslo: Palabra de Dios. No es solamente un adjetivo, es una propiedad, así como la del fuego es de quemar o del agua de mojar. La Palabra de Dios trasciende y penetra todo, como solo Él lo puede hacer y hasta donde Él dispone.

Así, nosotros emprendemos nuestra reflexión sobre la Palabra de Dios desde diferentes ángulos y hasta donde nos es permitido, sin agotarla. Podemos estar seguros que siempre habrá una forma superior y más cercana a la Verdad, porque Jesucristo es La Verdad.

Queda claro, entonces, que jamás tendremos la pretensión de decir que aquello que afirmamos es la última palabra a este respecto, ni a ningún otro que se refiera al Señor. Nosotros tan solo intentamos aproximarnos todo lo que podemos para iluminar nuestras vidas con Su Luz.

La cercanía del Reino en el tiempo se refiere a que el Señor Jesucristo, nuestro Redentor, anunciado a los profetas cientos de años antes ya ha llegado, con lo que se concluye aquella etapa anterior en que le esperábamos y clamábamos por su presencia en nuestra historia.

Con Jesucristo entre nosotros, el Reino de los Cielos prácticamente ha llegado, lo tenemos a la vista. Su Resurrección es primicia de este Reino. Estamos en los umbrales. Dos mil años son nada frente al Infinito. Dios pestañea y transcurren mil años…

Entendamos que nuestras categorías temporales no son las mismas que las de Dios. Sin embargo, con Jesucristo muerto y resucitado se ha inaugurado un nuevo tiempo en la historia de la salvación, que es parte central de la historia de la humanidad. ¡El Reino de los Cielos está cerca!

Más allá de la cercanía temporal y casi confundida con ella está la cercanía espacial. El Reino está aquí, aunque todavía no, porque el Señor ha Resucitado venciendo al vacío, a la muerte y al demonio, con lo que ha empezado un nuevo tiempo, el de la victoria, el de la salvación.

Nosotros, ciudadanos del siglo XXI, al igual que todos los seres humanos nacidos después de Cristo, tenemos la Gracia de vivir en este tiempo, en el que ya no tenemos que esperar, sino que debemos ordenar nuestras vidas teniendo como centro la predicación de Jesús.

Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Él ha venido a Salvarnos. Por eso nos instruye con autoridad lo que debemos hacer. Él nos manda. Por Él sabemos lo que tenemos que hacer; lo que Él espera de nosotros. Oigamos y cumplamos sus mandatos y alcanzaremos la Vida Eterna.

Sus instrucciones son muy concretas respecto a lo que debemos hacer. Nosotros, haciendo uso de nuestras capacidades, nos tomamos la atribución de interpretar como se nos antoja lo que Él nos manda. Por eso, en realidad no hacemos lo que nos dice, sino una pantomima.

Para el Señor, estando el Reino tan cerca, nosotros debíamos poner al centro la tarea que nos manda y disponernos a ejecutarla con la prioridad que Él la manda, como corresponde a las cosas de Dios, que además están relacionadas con nuestro porvenir y salvación.

Es decir que a Dios le interesa nuestro futuro y nuestra suerte, a veces parece que más que a nosotros mismos. ¿No debíamos ser nosotros los más interesados? Si de lo que nos manda pende nuestro futuro y salvación, ¿no debíamos hacer esto en primer lugar?

¡A esto precisamente nos invita el Señor! Cuando nos manda a curar, enseñar, expulsar demonios, en fin, a proclamar el Reino, omite adrede toda preparación o la reduce a su mínima expresión. Prácticamente nos dice que no llevemos nada. Es que todo lo que necesitamos es Su Palabra. Con ella basta y sobra.

El Señor nos está persuadiendo de hacer un acto de fe. De confiar en Él plenamente, en su Divina Providencia. ¡Vayamos a proclamar el Reino y dejemos lo demás en Sus manos! ¡Él sabe lo que necesitamos y se encargará de proveerlo cuando sea necesario!

Esto es lo que tenemos que creer. De otro modo, estaremos constantemente postergando nuestra misión, porque nunca tendremos todo lo que queremos, nunca nos sentiremos capaces o suficientemente preparados y no haremos lo que TENEMOS QUE HACER.

Hemos avanzado mucho en la Evangelización del Mundo. Sin embargo también hemos de reconocer que hemos tenido altibajos. Tal vez sea esta falta de fe, esta falta de entrega incondicional a Sus mandatos la que retrasa la llegada del Reino.

Dios Padre no quiere que ni uno solo se pierda, pero con nuestra actitud, con nuestra falta de entrega a la fe y el amor, no llegamos a cumplir la Misión encomendada y sin ella concluida, no podemos acceder al Reino, lo que retrasa su llegada.

Recordemos la parábola del viñador (Lucas 13,1-9). El Dueño del campo quiere ya cortarla, dado que no da los frutos que esperaba, pero su Cuidador (Jesucristo) saca la maleza y le pide que la deje un año más; entonces veremos.

Estamos en eso. Juguémonos todo por el Reino y aceleraremos su llegada, tanto a nivel personal como comunitario. Y, una recomendación final, que está en el texto. No busquemos recompensa económica por este trabajo. Eso no solo enturbia los motivos que debían impulsarnos, sino que nos distrae y obstaculiza.

Nadie en el mundo podrá pagarnos por estos servicios, del mismo modo que nosotros no hubiéramos podido pagar por recibirlos. No hagamos de esta misión una empresa que busque retribución económica alguna. Demos sin medida ni condiciones que Dios sabrá proveernos oportunamente lo que necesitemos. Entreguémonos con Fe.

Padre Santo, danos el coraje que necesitamos para optar sin condiciones por cumplir lo que nos mandas, desde este momento, sin mediar consideración alguna. Que Tu sola Voluntad sea la Orden que necesitamos para ofrendar gratis toda nuestra vida a Tu Servicio y a la instauración definitiva del Reino de los Cielos. Por Jesucristo nuestro Señor…Amén.

Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No procuren oro, ni plata, ni calderilla en sus fajas…

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