Mateo 10,34-11,1 – el que pierda su vida por mí

Julio 17, 2017

El que pierda su vida por mí

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.

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Mateo 10,34-11,1 el que pierda su vida por mí

Mateo – Capítulo 10

Reflexión: Mateo 10,34-11,1

Este es uno de esos pasajes del Evangelio que uno preferiría ignorar. Es sumamente difícil de aceptar, por su exigencia. El llamado del Señor es radical y nos exige adoptar una posición. No podemos permanecer indiferentes, ni en el medio. ¿Somos o no somos?

Las palabras de hoy han dado pie a muchos a condenar el Evangelio y a Cristo por subversivo. ¡Eso le costó ser crucificado! Judíos y romanos podían ver un poderoso llamado a una revolución violenta en estas palabras.

Dejarlo progresar podría convertirse en una amenaza para su situación política, social y económica. Este es el meollo del asunto. Es imposible oír a Jesucristo y no sentir que nos interpela por la forma de vida que hemos adoptado. Lo mismo entonces que ahora.

Hemos construido una sociedad que privilegia a unos cuantos en desmedro de amplias mayorías oprimidas y condenadas a sobrevivir en la miseria. La justicia divina, que Jesucristo propone, exige un cambio radical ordenando el mundo al servicio de Dios y del prójimo.

La concepción de la justicia y la organización social y económica del mundo que Jesús propone es diametralmente opuesta a la que hemos creado. Nosotros hemos puesto en el centro al Dinero, cuando es preciso poner a Dios. Ambas visiones son antagónicas.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.

Es un asunto de principios, que tienen que ver con la razón de la existencia. Si razonamos con lógica tenemos que concluir que la posición que sostiene y promueve Jesucristo es la correcta. ¿Por qué? Porque es la de nuestro Creador ¿No es suficiente?

Las Sagradas Escrituras están destinadas a aclararnos precisamente la razón de nuestra existencia. Jesucristo, el Hijo de Dios viene a este mundo para revelarnos que Dios es nuestro Padre y que nos ha creado para ser felices y vivir eternamente. Esa es Su Voluntad, la Voluntad de Dios.

Si eso es lo que Dios quiere ¿no valdría la pena escucharlo para entender cómo es que no vemos que Su Voluntad se cristalice? Porque es muy claro para cualquiera que no estamos viviendo en el Paraíso y que por lo tanto no todos somos felices, si alguno.

¿Cómo es que siendo Su Voluntad que seamos felices y vivamos eternamente, no parece que se estuviera cumpliendo? ¿Se equivocó Dios? Definitivamente hay algo que no concuerda y que nos gustaría entender, antes de descartar esta opción.

Lo que pasa es que muchos la descartamos sin si quiera haber reflexionado al respecto. Ese es el gran riesgo que corren muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Como todo nos lo dan resuelto y en pequeñas dosis digeribles quisiéramos que fuera igual en este caso.

Pero, no es así. ¿Por qué? ¿Será que Dios quiere hacernos difíciles las cosas? No. Pero al crearnos nos hizo semejantes a Él, dotándonos de inteligencia, voluntad y libertad. Este es el fundamento de nuestra dignidad.

Por lo tanto, hemos de usar adecuada y balanceadamente estos tres atributos para reflexionar, discernir, tomar nuestra propia decisión y seguirla. Es preciso, entonces, hacer uso de nuestro libre albedrío. ¡Hemos sido creados libres y Dios respeta nuestra libertad!

Dios no ha creado zombis, ni robots, ni esclavos. Por amor, nos ha hecho semejantes a Él y nos ha destinado a ser felices y vivir eternamente. ¡Esa es Su propuesta! Lo más lógico sería que la aceptáramos, ¿no es cierto?

Sin embargo, somos libres para decidir. Podemos hacer Su Voluntad, que sería lo mejor, o rechazarla. Es aprovechando esta circunstancia que entra en escena el Demonio que viene a tentarnos para que no hagamos lo que debemos.

Para eso se vale de una serie de tretas, todas las cuales están destinadas a negar a Dios, a menospreciarlo y a promover nuestro orgullo, soberbia y vanidad. Está escrito en el primer libro de la Biblia: el Génesis.

El Demonio es el que nos mete en la cabeza que no necesitamos a Dios, que podemos hacer lo que nos place y que las promesas de Dios son falsas. Él nos insta a cambiar el orden de las cosas, poniéndonos a nosotros en primer lugar, antes que Dios y que cualquiera.

Él justifica que acumulemos riqueza, que aprovechemos cualquier ocasión en nuestro beneficio, sin importar el daño que ello pudiera ocasionar a otros, aun cuando sean nuestros padres, hermanos o hijos. Nos grita que nosotros somos primeros, antes que nada ni nadie.

Por supuesto que conociendo que inicialmente somos escrupulosos, lo hace de manera velada, llegando a convencernos que hacemos bien cuando es claro que estamos dañando a los demás. Él nos ciega y nubla la razón.

De allí las mentiras, los robos, los crímenes y asesinatos. Esta es la sociedad en la que vivimos, una sociedad inhumana, en la que prima el egoísmo y el placer. ¡Queremos ser ricos a toda cosa porque eso nos da posición política y social!

Encima queremos que el mundo entero nos reconozca y agradezca, para lo cual tenemos unos muy estudiados gestos magnánimos ocasionales. Lo queremos todo, fama, prestigio, respeto, dinero y placer.

Por eso nos vemos precisados a ocultar, a mentir, a engañar a hacer creer que somos bondadosos, cuando en realidad somos egoístas e inescrupulosos. Esa es la norma y la máxima del sistema en el que vivimos. Lo que evidentemente es contrario a la Voluntad de Dios.

Porque, tal como hemos dicho antes, hemos sido creados para el amor. El Camino a la felicidad para la cual fuimos creados, es el amor, tal como Jesucristo nos enseña. Solo este nos lleva a la Vida Eterna en el Reino de los Cielos, donde tenemos un sitio preparado.

Si no seguimos este Camino moriremos irremediablemente. Por eso interviene en nuestra historia, enviando a Su Único Hijo a salvarnos. Él, haciéndose hombre como nosotros, vive, muere y resucita, enseñándonos el Camino de la Salvación con Su propia vida, muerte y resurrección.

Pero, obviamente, este mensaje es contrario a la ideología predominante, al orden creado por los hombres en el que se ha erradicado a Dios o se ha hecho una mera copia blasfema, promiscua y permisiva de Él.

Salta a la vista, entonces, por qué el Camino que el Señor señala es subversivo y peligroso para quienes tienen riqueza y poder. El amor nos obliga a no ser indiferentes, a ser solidarios, a buscar la justicia y el bien común.

Un buen cristiano no puede ser indiferente a la injusticia de este orden en el que unos pocos derrochan y malgastan recursos que para otros son indispensables. El cambio, mediante la prédica del amor, con el ejemplo, es necesario.

Eso es lo que no están dispuestos a aceptar quienes ostenta el poder, de allí que el Señor nos anticipe que encontraremos oposición. Que su sola mención acarreará divisiones y enfrentamientos aun en el seno de las familias.

Porque nosotros, los cristianos, hemos de tener en claro que Jesucristo ha de estar en el centro de nuestras vidas, ocupando el primer puesto, porque es solo siguiendo Su ejemplo que estaremos haciendo aquello para lo cual fuimos creados; solo entonces tendrá sentido nuestra vida.

¿Y qué hace el Señor? Toda su vida es un ejemplo de misericordia y amor incondicional. Su muerte es la más grande lección de amor que nadie nos haya dado jamás. Muere por cada uno de nosotros aun antes que hubiéramos nacido.

Y, resucitando, nos entrega la muestra más evidente del triunfo del amor sobre la muerte, sobre la mentira y el demonio. Nos ha prometido que de esa misma victoria seremos partícipes quienes le oímos y hacemos lo que nos manda.

Si creemos en Dios y Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, hemos de vivir como nos manda, estando dispuestos a perder la vida por Él, porque entonces la encontraremos. De otro modo, la perderemos. Esta es la paradoja que nos presenta hoy.

Es así como podemos entender que quien encuentra su vida, la perderá. Es decir que quien alcanza una vida muelle aquí en la tierra, en medio de tanta injusticia y sufrimiento de nuestros semejantes, evidentemente se ha hecho insensible e indiferente al sufrimiento, sintiéndose posiblemente realizado, en realidad está perdido.

Los cristianos, en cambio, siempre debemos estar inquietos e insatisfechos. Mientras haya pobres en el mundo, mientras haya injusticia, hambre, soledad, abandono, mentira, traición, guerras y violencia no podemos recostarnos a descansar.

Somos portadores de alegría y paz, es verdad, pero se trata de una alegría que tiene su fundamento en la Buena Noticia traída por nuestro Señor Jesucristo y una paz que se sustenta en la fe que tenemos en las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Padre Santo, danos el valor para estar dispuestos a dar la vida por ti en el momento que sea preciso. No permitas que nos hagamos los distraídos, que miremos a otro lado, ni que retrocedamos. Cuando sea el momento, que Tu Espíritu Santo nos guíe hasta el fin, sin reparos. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.

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