Marcos 6,1-6 – La multitud, al oírle, quedaba maravillada

febrero 3, 2016

Texto del evangelio Mc 6,1-6 – La multitud, al oírle, quedaba maravillada

1. Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen.
2. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?
3. ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él.
4. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio.»
5. Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos.
6. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

Reflexión: Mc 6,1-6

Es realmente lamentable que ocurra esta paradoja entre nosotros. No estamos dispuestos a darles crédito a nuestros amigos y parientes. Basta que les conozcamos un poco, para tenerlos, como se dice, tarifados. Son las famosas etiquetas que tanto daño nos hacen. Una vez que asumimos que fulano es un vividor, que mengano es un irresponsable y que perencejo es un cucufato, pueden hacer lo que quieran que siempre los estaremos observando con los mismos lentes. A pesar de la admiración que pueden despertar, tal como ocurre aquí con Jesús, vendrán a nuestra mente los parámetros bajo los cuales los hemos encasillado y trataremos de ver todo bajo esa perspectiva, lo que nos obliga a tener que abandonar nuestro hogar y nuestra tierra si queremos tener la oportunidad de despegar. Es realmente injusto, pero es así, por lo que mal hacemos en tener esperanzas de lograr el estímulo y apoyo necesario de los nuestros; difícilmente lo lograremos; es una experiencia que se repite una y otra vez. ¿Qué quiere decir esto? Tomémonos unos minutos para reflexionarlo, así estaremos preparados la próxima vez que se nos presente una situación similar. Entre los vendedores, es un lugar común encontrar resistencia a nuestros proyectos entre nuestros familiares. Cualquier “idea brillante” será automáticamente extinguida por nuestros familiares más cercanos, precisamente aquellos de quienes esperaríamos comprensión y apoyo. Con inusitada rapidez encontrarán los mil defectos que pasaste por alto y todas las debilidades por las que eso que te propones no es para ti. Del mismo modo les sonará hueco y falsa cualquiera de tus propuestas, más, cuanto más alejada se encuentre del perfil con el que ya te tienen catalogado. ¿Qué hacer? Salir; ampliar nuestros horizontes. Si buscamos aprobación entre los nuestros, corremos el gran riesgo de terminar frustrados y desanimados. Veamos que el mismo Jesús quedó maravillado por su falta de fe. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?


En un sentido más amplio, viendo a Jesús como un hombre más, ya no como un pariente o amigo o conocido, sino como un mortal común y corriente, porque eso era lo que veían la mayoría y como tratan de verlo muchos en la actualidad, resulta igualmente difícil creerle, porque se trata de un hombre como cualquiera de nosotros y sabemos por experiencia que no hay nadie entre nosotros que sea capaz de hacer las cosas que se dice de Jesús, uno que es como nosotros. Si, podemos oírlo hablar, como ocurrió con aquella multitud en su pueblo, pero difícilmente, por más maravillados que quedemos con su discurso, se nos pasará pensar que hay ahí algo más que un hombre común y corriente. Si nació de una mujer, como cualquiera de nosotros, rodeado de familiares y amigos, todos conocidos y parecidos a nosotros, ¿qué de extraordinario puede haber en este para que creamos que hay en el algo más de lo que sabemos y podemos esperar de cualquiera? Es precisa la fe y esta es la que trata de suscitar Jesús, pero resulta una misión casi imposible cuando se tropieza con esta clase de personas escépticas y prejuiciosas, que no han sido protagonistas directos de ningún milagro. Para valorar a Jesús en su debida dimensión, han de creerle a alguien, pero si quien trata de convencerlos es un amigo o un pariente, será más difícil que lo logren, por estos prejuicios que nos llevan a minimizar lo que proviene de nuestros amigos y parientes, de un modo muchas veces subjetivo e irracional. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?

Jesús hace milagros verdaderamente notables y todo lo que rodea su nacimiento, tal como hemos venido viendo las últimas semana es verdaderamente extraordinario, pero hay que estar dispuesto a verlo, oírle y creerle, y, aunque Jesús hace cosas imposibles, nuestro escepticismo es mayor, por cuanto no nos sentimos participes directos de aquellos milagros, aun cuando nuestra propia vida sea un verdadero milagro, por obra y gracia de Dios. Irreflexivamente aceptamos los milagros que rodean nuestra propia existencia como lo más natural y esperamos otros más llamativos y extraordinarios, dedicados exclusivamente a nosotros, para poder creer. La vida misma y el mundo que nos rodea no nos parecen suficientes, dado que estamos tan familiarizados con ellos, que no les encontramos nada de extraordinario, que no pueda ser explicado por nuestra lógica y razón, lo que la mayoría de veces damos por supuesto, aun cuando en verdad ni lo hayamos intentado, ni sea cierto. En todo esto, estamos dispuestos a dar crédito a otros, a aquellos en quienes sintamos justificado nuestro proceder, antes que a nuestros padres, familiares y amigos y todo aquel que pretenda dictarnos lo que podemos o no podemos hacer, sin más credenciales que su relación con nosotros. La paradoja estriba en que estamos más dispuestos a creer en extraños, cuyos antecedentes desconocemos, antes que en nuestros familiares y amigos, a quienes conocemos. ¿Por qué? Vaya usted a saber; lo cierto es que no les otorgamos crédito, tal vez porque les conocemos en sus virtudes y en sus debilidades y no estamos dispuestos a comprender, tolerar y aun perdonar estas últimas, como si nosotros mismos no fuéramos iguales y también aquellos extraños en quienes preferimos poner nuestra confianza. Somos muy propensos a la crítica dura y destructiva, antes que a la comprensión y la búsqueda de consenso, armonía y apoyo mutuo. Todo ello en gran parte tiene que ver con una visión egoísta de la vida, en la que no estamos dispuestos a compartir lo que tenemos con nadie. Nos falta fe y amor. Los dos ingredientes sustanciales de la prédica del Señor, que no estamos dispuestos a oír porque nos exige sacrificios que ni sus palabras, ni sus milagros llegan a convencernos que sean a tal punto necesarios, que debamos estar dispuestos a cambiar de vida, amando a nuestros hermanos y confiando en Dios, por encima de lo que hemos acumulado y asegurado, en lo que si tenemos confianza, porque es tangible, contante y sonante. No estamos dispuestos a seguir quimeras y eso es para nosotros lo que el Señor propone. ¿A cambio de qué? Pues, no nos convence. Le encontramos muchos peros, muchas interrogantes sin resolver. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de desprendernos de todo cuanto tenemos, llegando a comprender que tal como lo vemos cada día en nuestros difuntos, nada de ello nos trasciende, ni sirve para alcanzar la Vida Eterna, sino lo compartimos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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