Marcos 5,21-43 – vete en paz y queda curada

julio 1, 2018

vete en paz y queda curada

“Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”

Domingo 13ro del Tiempo Ordinario | 01 de Julio del 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • Sabiduría 1,13-15;2,23-24
  • Salmo 29
  • 2 Corintios 8,7.9.13-15
  • Marcos 5,21-43

Reflexión sobre las lecturas

vete en paz y queda curada

El evangelio de hoy nos narra dos curaciones milagrosas realizadas por el Señor en distintas circunstancias y a personas muy distintas. Detengámonos a reflexionar en ellas, para recoger algunos rasgos de Su Divinidad que podrían iluminar nuestra fe.

Es interesante observar cómo mientras Jesús se dirige a curar a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, es decir, un personaje sumamente importante en aquella región, una mujer modesta e insignificante, por lo que se ve, queda también curada.

vete en paz y queda curada

Mientras que el Señor se dirige expresamente a atender a esta niña que, según varios testigos, vecinos, amigos o familiares, ya había muerto, sintió que alguien le había tocado el borde de su manto con el propósito de curarse y era esta mujer que hacía años que padecía flujos de sangre.

Solo se nos ocurre decir que el Señor es fuente de energía y vida. Que definitivamente manifiesta una sensación y una percepción de lo que nos pasa a nosotros, muy distinta a la nuestra. Es obvio que estamos frente a Dios y que es inútil tratar de encasillar su proceder según nuestros criterios.

Rodeado de una multitud que seguramente lo tocaba y empujaba, Él distinguió el toque de aquella mujer que necesitaba de su intervención y que lo había tocado con fe, esperando que este solo hecho produjera su curación, como efectivamente sucedió.

Nos parece importante notar que no fue ni casual, ni involuntario. Lo que a nosotros nos parece imposible, descabellado e ilógico, es posible para Dios. Hemos de observar no solamente la curación, de por sí milagrosa, sino la forma en que esta se realiza.

“Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”

Repetimos, que no es casual, ni mucho menos accidental. Con esto se nos ocurre que el Señor nos quiere comunicar una serie de ideas que podemos conjeturar, siendo posiblemente la más importante que Él no es ajeno a nuestras preocupaciones y necesidades, aunque a veces nos lo pueda parecer. Él está siempre pendiente.

Si alguien flaquea en esta relación, somos nosotros. Debemos confiar en que nuestra fe no será jamás defraudada. Que la capacidad de atención milagrosa del Señor a nuestras necesidades no está sujeta a nuestras limitaciones, en ningún sentido.

Lo que ocurre con la pequeña hija de Jairo refuerza las ideas que estamos compartiendo en esta reflexión. Para todos los testigos, el Maestro llegaba demasiado tarde, pues la niña ya había muerto. Sin embargo, Jesucristo puede incluso resucitar a los muertos, como hizo con esta niña.

No hay nada que con fe no podamos alcanzar. Pero fe es mucho más que una palabra monosílaba. Es preciso que esta se manifieste como en los casos que estamos presenciando en estos evangelios. En ambos casos los que requieren a Jesús se abandonan a Sus manos.

“Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”

No tienen ningún reparo en ponerse de rodillas, humillándose y abandonándose por completo a la Voluntad del Señor, sabiendo con toda certeza que basta que Él quiera para que se produzca el milagro. Y, lo más obvio, que lo que necesitan es un Milagro que solo Dios puede obrar.

La fe en Dios es el ingrediente indispensable. Fe y Dios son los dos vocablos que debemos desmenuzar, analizar e interiorizar. Volvamos a preguntarnos ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Quién decimos que es Jesucristo?

Seamos honestos en nuestra respuesta. Recordemos que no le podemos engañar, que Él conoce perfectamente lo más profundo de nuestros corazones. Si nos cuesta reconocer Su Divinidad o no logramos rendirnos ante tan inconmensurable concepto, pidamos de todo corazón a Dios que nos lo haga entender.

La sola palabra Dios, debe obligarnos a inclinar la cabeza e invitarnos a ponernos de rodillas. Por Él existimos y existe todo cuanto podemos abarcar con el pensamiento, con los sentidos y con la imaginación. De no mediar Su Voluntad, simplemente no existiríamos.

Busquemos conocer Su Voluntad y alinearnos a ella con fe, puesto que fuimos creados por Él. Hagamos lo que nos manda y seremos como un velero que cruza el ancho mar con el favor del viento, dirigiendo la nave al puerto que Él nos señala.

“Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”

Si algo nos impide o dificulta dirigirnos a este puerto, pidamos en oración, con mucha devoción y fe, que entendamos el Camino que Él Señor nos muestra y que tengamos el coraje de disponernos a transitarlo.

Oración:

Padre Santo, danos humildad para recurrir a Ti con fe, sabiendo que eres nuestro Padre y que no nos defraudarás jamás. Que tengamos el valor de ponernos en Tus manos, abandonándonos a Tu Santa Voluntad. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

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