Marcos 3,7-12 – se le echaban encima para tocarle

Enero 21, 2016

Texto del evangelio Mc 3,7-12 – se le echaban encima para tocarle

7. Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea,
8. de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a él.
9. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran.
10. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.
11. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»
12. Pero él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

Reflexión: Mc 3,7-12

Jesús no pasa desapercibido para toda aquella gente. Si reparamos en el texto y nos trasladamos imaginariamente a aquella escena, en aquel entonces, podemos ver cientos y aun miles de personas que se agolpaban en torno a Jesús, al extremo que corría el peligro de ser aplastado. Así de desesperados estaban por -aun cuando solo sea-, tocarlo. Se trata de un fenómeno de masas que actualmente lo podemos apreciar en aquellos festivales musicales emblemáticos, en los que la juventud se enfervoriza de tal modo, que algunos pierden la razón y hacen locuras. Semejante y aun mayor era la atracción que ejercía Jesús, comprensible por lo que decía y hacía. Era como un bálsamo para el espíritu para cuantos podían escucharle y curación verdadera para muchos, que la alcanzaban con solo tocarle. Solo así se explica que vinieran de cada rincón de aquel mundo, por donde se iba extendiendo su fama. Nadie quería perderse la oportunidad de oírlo y si fuera posible tocarlo. Podemos imaginar cual sería la situación que el propio Jesucristo tuvo que pedir que sus discípulos le prepararan un balsa para ponerlo a salvo, poniendo agua de por medio entre Él y la multitud. No habían estrados, ni micrófonos, ni alto parlantes, ni luces, ni música, ni volantes, ni whatsapp, ni Facebook, ni radio, ni email…Había que estar muy cerca para oírlo y, desde luego, mucho más, para tener la oportunidad de tocarlo. ¿Y cómo no tentar la ocasión de alcanzarlo si podían atestiguar la curación que con solo este hecho lograban muchos? Jesucristo en aquel momento era un verdadero fenómeno de masas. Era viral, como el twitt, la imagen o el video que alcanza millones de vistas en el período más corto. Pensemos un momento en eso. ¿Es que aquella gente eran todos tontos e ingenuos? En atención a la admiración que causaba entre nuestros hermanos, personas semejantes a nosotros, prestémosle un poco de atención, que bien ganada la tiene. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.

Ahora pasemos a ver nuestro interior y respondámonos ¿quién es Jesús para nosotros? ¿Cuál es la diferencia entre nosotros y aquellos hombres y mujeres que se apretujaban por ver, oír y tocar a Jesús? ¿Por qué Jesús ejercía tal poder de atracción entre aquellos y no logra hacerlo con nosotros? ¿Será por el simple hecho que Él no está aquí y ahora, como estaba entre aquellos? ¿Es decir, que si así fuera tal vez considerarías el hecho de hacerte también presente? ¿Lo crees honestamente? Detengámonos aquí un momento y examinémonos, porque, la verdad, nosotros no lo creemos, por una simple razón: estamos demasiado acomodados y aletargados. No tenemos la desesperación, ni las aflicciones de aquella gente. Somos de los todavía privilegiados que tenemos acceso a Internet, así que es muy probable que no tengamos que ir a recoger agua cada mañana a un grifo común, sino que tenemos techo, agua, luz, trabajo, calefacción, comida, educación y seguridad social. Algunos tenemos un interés intelectual en Dios, pero no estamos desesperados como aquella gente. En general, no somos su público, como el que sí podemos encontrar en los arenales, en las periferias de las grandes metrópolis, en las favelas, en las barriadas, en los pueblos jóvenes, en los coliseos y estadios convertidos en grandes templos donde se amontona la gente humilde para oír a unos predicadores, no siempre cristianos y mucho menos católicos. Estos fenómenos de masas se siguen dando, pero no nos tienen a nosotros de protagonistas, porque somos de los que estamos detrás de nuestras computadoras, observando desde ellas el mundo, como quien se asoma por una ventana y desde esta posición resulta un poco más difícil experimentar lo que siente la multitud, si no nos damos ocasión de estar con ellos. Esta es una primera tarea que debemos proponernos: acercarnos más a la gente de “carne y hueso”; cuidarnos de no dejarla. Y la segunda, conocer mejor a Jesús, porque solo así comprenderemos la enorme atracción que ejerce sobre la gente, cuando seamos nosotros mismos los que nos sentimos atraídos por Él. Así, tenemos que esforzarnos por leer más los evangelios y mezclarnos con el rebaño; hacer que se nos pegue el olor a oveja del que nos habla el Papa Francisco, solo entonces comprenderemos lo que siente la gente y lo haremos nuestro. Esto es posible asistiendo asiduamente al templo y a las actividades multitudinarias que propone nuestra Iglesia en cada localidad. Si ponemos una computadora, un celular o un televisor de por medio, nunca será lo mismo. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.

Finalmente, recapacitemos por un momento en aquella facilidad con que los malos espíritus reconocen a Jesús. ¿No será que nos estamos dejando invadir por ellos? Porque, ¿no somos de los que inmediatamente parecemos reconocer a Dios en muchas cosas de nuestra vida cotidiana, pero lo hacemos con tal “naturalidad” que pasamos la página, sin prestarle ninguna atención? Sí, nos confesamos cristianos y aun católicos, reconocemos a Dios presente en los templos y en el mundo e incluso en cada uno de nuestros actos, pero sin meditar en el significado de esta presencia; es decir que lo hacemos casi automáticamente, sin que ello represente ningun cambio en nuestro proceder y accionar cotidiano. Le reconocemos inmediatamente, no más verle, como aquellos malos espíritus, pero nuestra declaración es meramente lírica, es decir, que no tiene ninguna trascendencia, porque es como una lección repetida de paporreta, sin saber o reparar realmente en lo que se está diciendo. Como cuando a lo mejor recitamos los diez mandamientos de memoria, pero sin detenernos a reflexionar por un momento si los estamos cumpliendo y si tal vez debíamos considerar cambiar nuestras vidas para ajustarnos a ellos. Es decir, es muy fácil decir: Dios mío, Dios mío, pero no vivir en coherencia con aquella afirmación. No se trata entonces de palabras y declaraciones pomposas, sino de vivir conforme al evangelio, lo que solo lograremos si conocemos e interiorizamos a Jesús, no repitiendo como loros lo que hasta los malos espíritus son capaces de decir. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos aislemos de nuestra comunidad, de modo tal que pretendamos vivir una fe cómoda, desarraigada, sin las molestias del común de la gente y sobre todo de los más humildes…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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