Marcos 2,13-17 – no he venido a llamar a justos

enero 16, 2016

Texto del evangelio Mc 2,13-17 – no he venido a llamar a justos

13. Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba.
14. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
15. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían.
16. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?»
17. Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Reflexión: Mc 2,13-17

Jesús es desconcertante. Rompe esquemas. Es que no sigue el patrón de comportamiento del común de la gente. ¿Por qué será? ¿Por llamar la atención? ¿Por hacerse notar? Eso también es muy típico entre nosotros. Muchos colectivos juveniles han tenido su momento en el que tuvieron que protagonizar actos que atrajeran la atención de la sociedad. El movimiento Hippie de fines de los 60 y comienzo de los 70 fue emblemático en este sentido. Ropa de colores, desgarbados, pantalones anchos, grandes pelucas en los hombres, mujeres con el cabello suelto, margaritas por doquier y el clásico signo de paz y amor, además de Woodstock. Estamos simplificando, ciertamente, pero en aquel entonces, como pocas veces después, surgió un movimiento juvenil tan fuerte que era muy difícil que no llamaran la atención precisamente por toda esta simbología, entre las que la música desde luego jugó un papel importantísimo. Todos los especialistas, los educadores, los sicólogos y los políticos se ocupaban de ellos. Había mucha expectación, pero desde luego se desarrolló una revolución en la que primaron muchos de estos signos. Todos los jóvenes teníamos que tomar partido y casi podemos decir que había un patrón de comportamiento al cual nos teníamos que ajustar. Era lo que se esperaba. Cada época tiene sus patrones y sus expectativas. Jesús rompió todas. Su comportamiento no guardaba correspondencia con el líder, con el Mesías que todos esperaban. Hacía cosas increíbles, que a todo el mundo llamaban la atención, sin embargo sus móviles e implicancias no quedaban tan claras, fundamentalmente porque aun sorprendiendo, se esperaba otra cosa de Él. Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Tal vez gran parte del problema se encuentre en lo que entendemos por salvación. Y es que parece que la mayoría entendemos salvarnos, como ayudarnos a superar lo que consideramos problemas u obstáculos. Así, es lógico que un ciego encuentre en la ceguera su principal obstáculo y espere por lo tanto que se le ayude a recuperar la vista. Esta sería para él la salvación por la que estaría dispuesto a agradecer y alabar a Dios. Algo parecido podemos pensar de un leproso o un paralítico, porque finalmente estas son enfermedades que deben llevar como pesadas cargas en sus espaldas, limitándoles en muchas maneras llevar una vida normal. Constituye una gran privación, por decir lo menos, padecer una de estas enfermedades. Que de pronto venga Jesús y la cure, constituye un verdadero prodigio, es verdad, pero también puede parecer una cuestión de justicia, ¿no es cierto? Finalmente aparece un Dios que se compadece de nosotros, se dirían, concluyendo que se trataba de un acto de misericordia y de bondad. Si es misericordioso y bueno, ¿cómo es que puede juntarse con prostitutas y pecadores? Eso, a nuestros ojos y los de aquellos hermanos nuestros, y sobre todo de los escribas, constituía una incoherencia. Pero, lo cierto es que Jesús no ha venido para eso, sino hubiera curado a todos los enfermos de una vez y por todas. ¿Por qué tendría que detenerse a curar solamente a aquellos que se lo pedían? ¿Y los demás? ¿Todos aquellos que teniendo alguno de estos males no tuvimos la gracia de atravesarnos en Su camino, qué? ¿Por qué Jesucristo, siendo Dios y Amor, habría de hacer estas diferencias? Solo se nos ocurre una explicación: Jesús no ha venido a resolver nuestros problemas cotidianos, no ha venido a darle manos a los mancos, pelos a los calvos, estatura a los pequeños, curación a los niños autistas o a los leprosos o los enfermos de sida, no. Él cura porque es misericordioso y no puede evitar oír y atender a quien encontrándolo se lo pide. Lo hizo en aquel entonces y ha seguido haciéndolo seguramente a lo largo de la historia, pero no es para eso que ha venido, ni en eso consiste la Salvación. Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Jesús ha venido a Salvarnos por Voluntad de Dios Padre. Es Él, nuestro Creador, quien le ha pedido que nos salve. ¿Qué nos salve de qué? No de nuestra falta de dinero, de nuestra falta de estudios, y ni si quiera de nuestro hambre y pobreza. Él ha venido a Salvarnos de la Mentira, del egoísmo, del orgullo, de la soberbia, de la maldad, de la avaricia, de la destrucción y de la muerte. Porque siendo LIBRES, porque así nos creó Dios, hemos escogido un estilo de vida que privilegia la riqueza, la acumulación y el egoísmo, porque por miedo a morir, hemos escogido erradamente ponernos por encima de todo y de todos. El Demonio, del cual el mundo en que vivimos es fiel reflejo, nos ha hecho consentir que solo seremos felices si velamos por nosotros mismos por encima de todo y de todos. Este es el gran engaño en el que hemos caído y hemos desarrollado una sociedad que refleja este engaño, como si esta fuera la única forma de vivir y ser felices, lo que es una farsa. Por eso no entendemos a Jesucristo cuando nos dice que ha venido a Salvarnos, y que nuestra salvación está en que amemos a Dios por sobre todas las cosas (es decir, que hagamos lo que nos manda) y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, lo que quiere decir que debemos estar dispuestos a sacrificarnos por él. Para eso ha venido, no para curarnos de la lepra o el sida o la ceguera. Lo más importante es Salvarnos. Para eso TENEMOS que cambiar, que CONVERTIRNOS. Por eso quiere perdonarnos nuestros pecados, porque esas son las verdaderas enfermedades que nos aquejan: la falta de amor, la falta de solidaridad, la falta de justicia, el egoísmo, la mentira, la violencia y la muerte. ¿Todo para qué? Para quedarnos con lo que no nos corresponde aun a costa de la vida de nuestros hermanos, calculando que de este modo prolongaremos nuestras vidas y alcanzaremos la felicidad, lo que desde luego no es cierto, tal como nos lo enseña Jesucristo. Por eso Jesús se junta con los recaudadores de impuestos, con los comerciantes y los licenciosos, porque es preciso que cambien y se conviertan, creyendo en el Evangelio y haciendo lo que Dios manda. Estos son los enfermos que como médico quiere sanar Jesús. En buena cuenta es toda nuestra sociedad la que necesita ser cambiada, pero especialmente quienes la lideran y conducen por el camino equivocado del Dinero y el egoísmo. Estas son las principales enfermedades que debemos derrotar, y lo haremos juntos, como comunidad de amor, con Cristo a la cabeza. Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Oremos:

Padre Santo, que día tras día dejemos que sea Tú Voluntad la que prime y que en vez de hacer tanto planes para alcanzar éxito profesional y económico, los hagamos para servirte y servir a nuestros hermanos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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