Marcos 16,9-15 – se les apareció y les echó en cara su incredulidad

abril 2, 2016

Texto del evangelio Mc 16,9-15 – se les apareció y les echó en cara su incredulidad

9. Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios.
10. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos.
11. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron.
12. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea.
13. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos.
14. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.
15. Y les dijo: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación.

Reflexión: Mc 16,9-15

A veces, influenciados por tantas ideas y concepciones escépticas, que paulatinamente van condicionándonos a creer tan solo en lo tangible, como es el dinero contante y sonante, nos invaden las dudas, sobre todo cuando lo que hacemos no pareciera retribuirnos ni un céntimo y por el contrario, si hiciéramos algunas cosas distintas y prestáramos más atención a ciertos eventos o personajes, podríamos estar recibiendo algo de dinero contante y sonante. ¿Por qué aferrarnos a estas cosas que como decía un cierto curita, pasaron hace tanto tiempo “ y sabe Dios si serán ciertas”. Y es que así, entre broma y broma se va sembrando en nosotros la incertidumbre y poco a poco llega un momento que sin darnos ni cuenta, hemos perdido la fe, hemos dejado de creer. Y, ya no nos asusta ni nos llama la atención, porque miramos a nuestro alrededor y parece que este fuera el común denominador de cuantos nos rodean. Vivimos en un mundo en el que Dios está lejísimos; pocos se acuerdan de la fe y para qué sirve, a no ser cuando atravesamos por alguna dificultad o queremos lograr salud, dinero, fama, títulos o sabiduría. Dios es como nuestra Partida de Nacimiento, que sabemos que está por algún lado y jamás la tenemos presente, a no ser cuando la necesitamos. Así, por la fuerza de la costumbre nos va resultado cada vez más sencillo arrinconarlo y prescindir de Él. Eso sí, para todos los efectos somos cristianos, solo que “no practicantes”. Muy pronto seremos los primeros en oponernos a lo que dicen los curas y a sus ideas “anacrónicas”, abrigando la esperanza que algún día muy cercano la Iglesia se adaptará al mundo moderno, tal como nos parece lo viene pretendiendo el Papa Francisco, del cual sabemos tanto como unos cuantos titulares leídos muy rápidamente y algunas frases sueltas tomadas de Facebook con miles de likes. La verdad es que no conocemos al Señor, ni creemos en Él. En realidad creemos en un Dios forjado en nuestro interior a nuestra imagen y semejanza, es decir justo al revés de lo que nos enseña la Biblia. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.

Todo este escepticismo es fácil de explicar después de 2mil años, si tenemos en cuenta que sus mismos discípulos que habían vivido con Él y que le habían escuchado tantas veces, se resistieron a creer que había resucitado a los pocos días de este evento. ¿Cómo sucederá con nosotros después de 2mil años? Fue preciso que el mismo Señor se presentara ante ellos, desplegando uno de estos prodigios en los que deja evidenciado quién es, para que entonces le creyeran. Es fácil concluir que eso mismo nos hemos pasado esperando -muchos-, todos estos años. Todos queremos que nos dé una muestra de su poder, una evidencia más para creer en Él. Lo cierto es que todos las recibimos, pero pocos las reconocemos, porque no son lo que quisiéramos, ni ocurren cuando quisiéramos. Y es que, como acabamos de decirlo, hemos creado un Dios a nuestra imagen y semejanza, un Dios que nada tiene que ver con Jesucristo, aun cuando su origen en nuestras memorias radique en las prácticas de fe usuales dentro del común de las familias católicas. Es decir, somos bautizados, hemos recibido la Primera Comunión, nos hemos confirmado e incluso algunos nos hemos casado por la Iglesia y participamos en Misas Dominicales y en las fiestas más importantes de la Iglesia. Somos católicos si juzgamos por las prácticas religiosas en las que participamos, pero reflexionamos con cierta frecuencia los evangelios? ¿Conocemos la Biblia? ¿Hemos leído los documentos de la riquísima Doctrina Social de la Iglesia? No. ¿Entonces de qué clase de catolicismo hablamos? De un catolicismo o un cristianismo a “nuestro modo”. Somos “creyentes, pero no practicantes”, que es como tener otra ciudadanía, otro pasaporte y nunca en la vida usarlo. Pero eso sí, somos los primeros en lanzar duras críticas contra los curas y contra los dogmas de la Iglesia, que a nuestro juicio es arcaica y debía modernizarse, para no seguir perdiendo adeptos. ¡Qué injustos! Siendo periodistas, deportistas o sastres, ninguno de nosotros se atrevería a opinar tan enfática y drásticamente sobre políticas económicas como lo hacemos sobre Jesucristo y la fe que nos llama a profesar. Muchas veces somos incoherentes e incluso irresponsables en nuestras declaraciones con la única justificación que así nos parece y que cada quién tiene derecho a tener su opinión y expresarla. Imaginemos por un momento que fuera así en la medicina, o más precisamente en cirugía. ¿Por qué podemos opinar tan alegremente respecto a Jesús, la fe y nuestra Iglesia? ¿Con qué derecho? ¿Estamos preparados para hacerlo? No es que haya que leer mucho, pero si por lo menos llevar una vida de reflexión y oración. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.

¡Es preciso que creamos! Pero no en ese Dios ficticio que nos hemos creado, sino en el Único y Verdadero Dios, del que nos hablan los Evangelios, que es el mismo para todos, pero que tenemos que descubrirlo en las Sagradas Escrituras. Claro que a Dios también se le puede encontrar en la naturaleza, en la Creación, en cada uno de los sucesos de nuestras vidas y especialmente en el prójimo, y si no tenemos ninguna guía cristiana, por descuido o simplemente porque no está a nuestro alcance, tal vez terminemos encontrando cualquiera de sus manifestaciones que han sido sistematizadas por otros pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia, que conocemos como otras Religiones. Sin embargo, los cristianos hemos de estar convencidos que Cristo es el Hijo Único del Dios Verdadero, lo que no debe ser considerado como excluyente, sino como la toma de distintas escaleras para finalmente llegar a la Divinidad Absoluta, que tiene en Cristo el Camino, la Verdad y la Vida. Todos deben conocerlo, aunque no se justifique la conquista violenta de pueblos y civilizaciones desarrollada en el pasado. Esa no es la forma y Jesucristo jamás hubiera estado de acuerdo con ella. Lo decimos con absoluta seguridad, porque es muy fácil corroborarlo. Si Jesucristo hubiera querido adoptar ese camino, no hubiera entregado Su vida, no se hubiera dejado crucificar. Estos han sido errores de occidente, ya sea por desconocimiento o por simple cálculo egoísta y frío, utilizando a Dios para justificar sus pillerías y su rapiña. Se ha manipulado mucho con el conocimiento o desconocimiento de Dios, porque antes la mayoría de la gente no sabía leer y porque eran muy pocos los que podían darse el lujo de leer la Biblia. En los últimos 3 a 4 siglos todo esto ha ido cambiando dramáticamente y hoy, en pleno siglo XXI, la Biblia está al alcance de la mayoría de la población con solo un clic, por lo que hay menos excusas para cumplir con el mandato de Jesús, dando a conocer al Dios Verdadero. Esto requiere que los que somos católicos hagamos el esfuerzo de asumir nuestro papel y responsabilidad, educándonos, estudiando y reflexionando la Palabra de Dios, que no es una historia más, ni una novela comparable con ninguna otra. Es la Revelación de los Planes de Dios para nosotros. Todo esto ha de comenzar por el reconocimiento de Cristo como el Hijo de Dios, nuestro Salvador. Si no llegamos a este descubrimiento y esta convicción, no podremos dar la talla en la Misión encomendada y continuaremos dando a conocer temerariamente  nuestras  opiniones y pareceres. La fe no es eso, sino la certeza que nos lleva a dar testimonio con nuestra propia vida. Eso es lo que Cristo espera de nosotros y lo que nos permitirá expresarnos y actuar coherentemente. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.

Oremos:

Padre Santo, danos fe para estar a la altura de la Misión encomendada. Fortalece la poca que tenemos y danos las ocasiones para aprender y profundizar…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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