Marcos 16,15-18 – Estas son las señales

Enero 25, 2016

Texto del evangelio Mc 16,15-18 – Estas son las señales

15. Y les dijo: « Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación.
16. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.
17. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,
18. agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.»

Reflexión: Mc 16,15-18

El fragmento del Evangelio de Marcos, seleccionado por la Iglesia el día de hoy, es muy corto, pues solo contiene tres versículos, y sin embargo tal vez sea uno de los que más debía cuestionarnos respecto al estilo de vida que llevamos y la supuesta elección que todos debemos haber realizado para ser cristianos. Es muy probable que levante dudas respecto a nuestra vida cristiana. Es decir, ¿la vida que llevamos es coherente con el Evangelio? ¿Vivimos haciendo lo que Dios manda? ¿No será que en general somos muy pocos los que vivimos cristianamente? ¿Hemos cambiado de forma de vida para adaptarnos al cristianismo o más bien hemos adaptado el cristianismo a los valores y forma de vida que promueve el sistema? El Señor nos manda a una Misión, a cumplir una tarea en la que solo hay dos resultados posibles: creer o no creer. No hay términos medios. Y las consecuencias son igualmente contundentes y claras: la salvación o la condenación. Sin embargo -y esto es lo que me ha quitado el sueño toda la noche y me ha impedido preparar con la debida anticipación esta reflexión- si observamos a nuestro alrededor, empezando por nosotros mismos, no parece que hubieran muchos conversos, a juzgar por la señales que el mismo Jesucristo nos da. Es decir, no se si algunos de nosotros podría pasar la prueba que el Señor propone, en lo que respecta a expulsar demonios, hablar lenguas, tomar serpientes con las manos, etc. Esto es algo que sinceramente me saca de cuadro, porque entiendo que el Señor nos está poniendo una valla muy alta, a juzgar por la cantidad de gente que pudiéramos contar que la pasa, si alguna. Al menos, no me parece conocer a ni una sola entre mis más cercanos conocidos y parientes, y yo mismo me siento muy lejos de calificar a tal exposición, a pesar que me considero un creyente y estoy rodeado de creyentes, bautizados. ¿Qué es lo que está pasando? Esta interrogante nos inquieta mucho y nos gustaría poderla responder en esta reflexión. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes…

Si, como nos dice el Señor, tras cada bautizado viéramos las señales que nos propone, creemos que habrían de ser muy tontos, muy testarudos o muy ciegos los que no quisieran convertirse. Como se dice, las pruebas estarían al canto y el que no quisiera seguir al Señor estaría cometiendo un acto deliberado y flagrante de estupidez, porque cómo no creer en quien te da como respuesta semejante poder. Pero lo cierto es que no podemos ver que esto funcione así a nuestro alrededor, porque ni si quiera nosotros somos capaces de tales prodigios, entonces, hay algo que no encaja. O pasamos por alto esas últimas palabras, lo que parece que siempre hemos hecho o tienen alguna explicación que debemos reflexionar y comprender. Porque nos parece evidente que no es este poder el que vemos en ninguno de nuestros conocidos bautizados y creyentes y mucho menos en nosotros mismos. La pregunta que surge inmediatamente es: ¿No será que en realidad no creemos? ¿No será que vamos bautizando a diestra y siniestra sin cerciorarnos que los que reciben el bautismo realmente creen? ¿No es así como nos han bautizado a muchos de nosotros? Éramos niños e hijos de supuestos creyentes –cuya fe sabemos que tampoco pasaría las exigencias que señala el Señor-, por lo tanto era imposible que pasáramos tal evaluación. El resto de nuestras vidas, algunos nos hemos interesado en indagar un poco respecto a nuestra fe y muy pocos hemos hecho del consolidar nuestra creencia nuestra razón en la vida, al punto de inquietarnos por pasar esta prueba. La mayoría nos hemos contentado con haber sido bautizados y ello es lo que nos hace responder que somos cristianos. ¿Pero somos en realidad creyentes en el grado que nos permita pasar esta valla? En general nos atreveos a señalar que no. No nos consta; no lo hemos podido ver nunca a nuestro alrededor. Por lo tanto, nos parece que es obvio que algo anda mal en el cumplimiento de este mandato de Jesús. ¿Desde cuándo empezó esta omisión? ¿Qué tan profunda es? ¿Es posible enmendarla? ¿Cómo? Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes…

A poco de la muerte de Jesús tenemos al primer mártir que recuerda la historia de la Iglesia: San Esteban. Luego en Hechos de los Apóstoles se narran varios milagros realizados por ellos, lo que está más o menos en los primeros 100 años después de la Resurrección y Ascensión al Cielo de Jesucristo. Después toda la historia está salpicada de santos conocidos, para cuyo reconocimiento fue necesaria la verificación de algunos milagros. Por otro lado, no es descabellado suponer que haya habido muchos otros santos que no hayan sido reconocidos oficialmente por la Iglesia. Pero, con todo, no se necesita ser muy exhaustivo para darnos cuenta que son muy escasos los cristianos que en nuestros tiempos alcanzan realizar lo que según nos dice el Señor tendría que ser la manifestación evidente de quienes creen. Por lo tanto, parece obvio que son muy pocos los que han llegado a creer –como Dios manda- a lo largo de la historia y nos atreveríamos a afirmar que mucho menos hoy. ¿Qué es entonces lo que está pasando? ¿Es que la valla es demasiado alta e imposible de alcanzar? ¿O será más bien que son muy pocos los que se proponen hacerlo por desconocimiento? Pues francamente nos inclinamos por esto último, ya que no podemos creer que el Señor nos haya propuesto algo imposible. Además, si fuera imposible para nosotros, confiados en nuestras propias capacidades, para eso instituye el bautismo como condición previa. Es decir que, una vez que creemos, debemos ser bautizados y entonces el Espíritu Santo vendrá en nuestro auxilio y hará posible todo aquello que el Señor menciona, porque el que REALMENTE cree -y subrayamos aquello de realmente-, y es bautizado se empeñará en cumplir la Voluntad de Dios, para el cual no hay nada imposible. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes…

Por lo tanto, no es que no se cumplan las promesas del Señor, sino que por motivos que habría que estudiar y tratar de comprender, nos hemos salido del libreto propuesto por el Señor. El procedimiento que hemos aplicado, a nuestro humilde juicio es errado, pero quien sabe tenga alguna justificación y termine en algún momento dando los mismos resultados. Creemos particularmente que nuestro procedimiento, es decir, el de la Iglesia, ha devenido en antídoto. Lo decimos con todas las reservas del caso, pues tenemos que reconocer que no somos eruditos, ni especialistas en el tema. Sin embargo de la observancia natural que hacemos, guiados e inspirados por el Espíritu Santo, podemos constatar que la Iglesia se ha expandido por toda la Tierra bautizando a “gil y mil”, pero sin que estos hayan creído previamente, con la esperanzas que con la ayuda de su comunidad y el incuantificable poder del Espíritu Santo llegarían a ser creyentes, lo que se ha verificado en algunos casos, pero nos atrevemos a decir que no en la inmensa mayoría, distorsionando –por el contrario- la realidad. Pues, creemos ser cientos de millones de cristianos, porque así somos los bautizados, pero en realidad somos pocos los que creemos, aunque seamos bastante más los que participamos en los actos externos de piedad que parecieran indicar nuestra fe. Así, depositando su confianza en la comunidad, y en el Espíritu Santo, la Iglesia de facto ha adoptado una estrategia que reposa sobre estos dos elementos para cumplir la Misión que nos encomienda Jesucristo. ¿No es este un cambio fundamental que debíamos enmendar? ¿No será este cambio el que impide la llegada del Reino de Dios, al desenfocarnos de aquello que debía ser nuestro primer objetivo, como es la conversión? ¿No es esto a lo que nos referimos cuando hablamos de Nueva Evangelización? ¿No tendríamos que creer para bautizarnos y no a la inversa? ¡Es preciso abordar con este énfasis nuevo, con esta nueva estrategia a la comunidad cristiana, para convertirlos en creyentes de verdad! Solo entonces asistiremos a la transformación del mundo que todos anhelamos y que se desprende de las Palabras del Señor, porque solo entonces, cuando creamos de verdad, seremos capaces de pasar la prueba que propone. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes…

Oremos:

Padre Santo, enciende fuego en nuestros corazones, para que no cesemos ni un instante de buscarte, acercarnos a Ti y amarte, sirviendo a nuestros hermanos y cumpliendo los mandatos de Jesús…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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