Marcos 14,12-16.22-26 – este es mi cuerpo

Junio 7, 2015

Texto del evangelio Mc 14,12-16.22-26 – este es mi cuerpo

12. El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?»
13. Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Vayan a la ciudad; les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; síganlo
14. y allí donde entre, digan al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?”
15. El les enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; hagan allí los preparativos para nosotros.»
16. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.
22. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: « Tomen, este es mi cuerpo.»
23. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella.
24. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos.
25. Yo les aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.»
26. Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Reflexión: Mc 14,12-16.22-26

Todo adquiere nuevo significado con Jesucristo. Si es cierto Él se ciñe y se somete a las costumbres, pero en cuanto el participa estas adquieren un significado trascendente. Y es que sí, van a celebrar la Pascua, pero esta será única, porque en ella Jesucristo mismo se entregará por nuestros pecados, para salvarnos de la perdición y de la muerte. Nada es producto del azar o de la coincidencia, sino que lo que está por ocurrir, es el resultado del Plan de Dios meticulosamente trazado desde siempre. Eso queda muy claro cuando el Señor da las indicaciones a sus discípulos para que vayan al lugar en el que celebraría la Última Cena. Los detalles allí añadidos no dejan lugar a dudas que todo estaba previsto y debían servirnos para reflexionar a fin de llegar a entender este misterio, valorando la centralidad del sacrificio de Cristo en la Cruz representado por la Eucaristía. La intervención de Dios en nuestra historia es determinante y el encuentro con Cristo es crucial. Por ello empezaremos a contabilizar las edades y los años a partir de Él. Esto que ahora se quiere cambiar o regatear en su significado, lo entendieron muy bien nuestros antepasados y terminará por permanecer, muy a pesar de quienes pretenden alejar a Dios de nuestras vidas, como un “concepto” ya superado. Pero tarde o temprano tendrán que aceptar que todo pasa y solo Dios permanece. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: « Tomen, este es mi cuerpo.»

Jesucristo, como Hijo de Dios y parte de la Trinidad, es un Misterio al que hemos podido aproximarnos, porque Dios así lo ha querido, como una muestra de las primicias del Reino de Dios. Por eso todo lo que concierne a su permanencia entre nosotros está rodeado de hechos extraordinarios, fuera de nuestra lógica humana. ¿Por qué tendría que dar esas señales, sino para convencernos que Él es Dios y que por lo tanto podemos confiar plenamente en Él? Es decir, para suscitar la Fe en nosotros. ¿Y para qué necesitamos la fe? Para creer en Él, entonces prestarle atención y hacer lo que nos manda. Porque solo haciendo lo que nos manda lograremos salvarnos. No es un asunto de soberbia o vanidad como a algunos detractores les gustaría hacernos creer, no. Jesús no necesita de nosotros. El podría muy bien prescindir de nosotros. Somos nosotros los que necesitamos de Él. Es a nosotros a quienes quiere salvar, por Voluntad del Padre. El Padre nos ama inmerecidamente y demasiado. Su amor no tiene límites y por eso quiere que vivamos eternamente. Nosotros tenemos en nuestras manos la posibilidad de alcanzar la Vida Eterna, porque así lo ha querido Dios, sin embargo, como somos libres, también tenemos la posibilidad de perderla, pero este es un albur que Dios no quiere correr, por el inmenso amor que nos tiene; por eso dispuso que viniera Jesucristo a asegurarse que ni uno de nosotros se pierda…Y esto es lo que Jesús se esfuerza por alcanzar, dando su propia vida para lograrlo. Debemos tener siempre en cuenta, a Jesús nadie le quita la vida; Él la da por nosotros. Hay una diferencia muy grande. Y la prueba está en estos “pequeños grandes” detalles. Todo está planeado y ocurrirá conforme a los Planes de Dios de los que hablaban los profetas y también a los que se refiere Jesús en este pasaje, cuando les da las señales que encontrarán del lugar en el que tomarán la cena. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: « Tomen, este es mi cuerpo.»

Y, si todo lo que dice es cierto, como de hecho lo es, cómo no creer también en la institución de la Eucaristía, cuando Jesús ofreciéndonos el pan y el vino, nos ofrece su cuerpo y su sangre, en forma de pan y vino. Si hay misterios en la vida de Jesús, este es el misterio por antonomasia. Y es así, porque así lo ha querido. Él ha querido quedarse entre nosotros bajo las formas sagradas de pan y vino, para que lo tomemos como verdadera comida y verdadera bebida; porque solo así tendremos participación en la Vida Eterna. ¿De qué modo habría que abordar la explicación del Sacramento de la Eucaristía para que entendamos que no hay nada más grande? ¿Que en su infinita sabiduría Jesucristo quiso quedarse entre nosotros como nuestro alimento cotidiano, para nuestra salvación? ¿Cómo hacer para que entendamos que para tenerlo no hay nada más que quererlo y que a quien lo tiene no le falta nada? ¿Cómo explicar que si no lo tenemos estamos perdiendo la oportunidad más grande que el Señor quiso poner a nuestro alcance? ¿Qué cuando comulgamos no le hacemos un favor, porque Él no nos necesita, sino que más bien somos nosotros los que lo necesitamos y por eso Él ha querido quedarse entre nosotros de esta forma tan simple, tan sencilla, pero al mismo tiempo tan significativa? Él es nuestra comida y nuestra bebida, porque Él así quiere serlo. ¿Y qué hay más importante para vivir que la comida y la bebida? ¿O es que alguien puede prescindir de estos elementos y sobrevivir? ¿Si no podemos hacerlo, porque pretendemos sobrevivir prescindiendo de Él? Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: « Tomen, este es mi cuerpo.»

Si alguno de nosotros saliera con una cosa por el estilo, tendríamos sobrados motivos para dudarlo, seguramente. Pero en el caso de Cristo ocurre exactamente a la inversa. Si nos tomamos en serio la lectura de las Escrituras y de los Evangelios en particular, tenemos que concluir que estamos frente al Hijo de Dios, cuyo poder es infinito, lo que quiere decir que todo lo puede y por lo tanto, también puede convertir el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre y darse como alimento a nosotros. Lo que esto quiere decir y la razón por la que lo hace, también quedará bastante clara a quien verdaderamente lo sigue. Entonces comprenderemos que la única respuesta lógica y posible a esta donación de Jesús es la aceptación, la gratitud y el amor. ¿Qué otra cosa puede ofrecer un hombre o una mujer de buen corazón a quien solo quiere su bien? ¿A quien solo quiere salvarlo? No es por ninguna otra razón, que no sea por nuestro bien y nuestra salvación que el Señor se queda entre nosotros en forma de pan y vino. ¿Habremos de desairarlo? ¿Habremos de dejarlo plantado? ¿Cuántos amigos tienes que hayan organizado alguna vez un banquete en tu nombre? ¿A cuántos de ellos, si alguna vez te invitaron, los dejaste desairados y no fuiste a la invitación, y si fuiste te excusaste para no comer? ¿A ninguno? ¿Entonces, por que dejamos desairado tan frecuentemente a Jesús? ¿Por qué creemos que a Él si podemos dejarlo con los crespos hechos y no lo hacemos con nadie más? ¿Somos sus amigos? ¿Qué clase de amigos somos que el nos mira la cara y nosotros no le hacemos ni caso? ¿Puede así durar una amistad? Tal vez humana, no; pero la de Cristo resiste todos nuestros rechazos y desaires; hasta los insultos públicos. ¡Ese es Jesús, el Único! Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: « Tomen, este es mi cuerpo.»

Oremos:

Padre Santo, gracias por enviarnos a Tu Hijo amado, Jesús. Danos un corazón agradecido para amarlo y no dejarlo desairado, antes bien, que asistamos temprano, comamos de su Cuerpo y su Sangre y lo compartamos. Y que este Sacramento sirva para nuestra Salvación y la de nuestros hermanos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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