Marcos 12,18-27 – Serán como ángeles en los cielos

junio 6, 2018

Serán como ángeles en los cielos

“Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos.”

Miércoles de la 9na Semana del T. Ordinario | 06 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Serán como ángeles en los cielos

Un gran error que cometemos con bastante frecuencia es imaginar cómo ha de ser el cielo y cómo es Dios. Nos encanta ponerles aquellos atributos que nosotros consideramos excepcionales, y solo porque nosotros mismos los tenemos y apreciamos o al menos creemos tenerlos.

Por esta vía, en realidad, lo que conseguimos es crear un Dios, un Cielo y una Vida Eterna a nuestra medida. Todos con las características y atributos que nosotros quisiéramos encontrar o que nos parecen idóneos. Y sin embargo el Señor nos dice: serán como ángeles en los cielos.

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No lo oímos y terminamos fabricando un Dios a nuestra medida y no nos damos ni cuenta. Es que el relativismo está tan arraigado entre nosotros, que ha secuestrado nuestra consciencia. Con suma facilidad lanzamos por todo argumento que “esta es nuestra verdad”.

En otras palabras, nosotros creemos que esto es así y nadie ni nada nos hará cambiar, ni el mismo Señor Jesucristo. Así de soberbios y tercos nos hemos puesto. Por si fuera poco, nos atrevemos a decir que es Él quien debía cambiar. O, con un resto de modestia, que tal vez la traducción de los evangelios está equivocada.

Es decir, que en unos pocos minutos, argumentando, nos echamos abajo los Evangelios, los evangelistas, Jesucristo, la tradición, la Iglesia, la Biblia y toda ley que contravenga lo que nosotros creemos. Lo que creemos es “nuestra verdad” y no es negociable.

Tenemos tantos años cavilando y pensando estas ideas, que no hay forma que nadie nos las cambie, como dijimos, ni el mismo Jesucristo. Porque siempre encontramos resquicios de duda en las traducciones e interpretaciones, otras que no sean las nuestras.

Solo estamos dispuestos a oír aquello que constituye la ratificación de lo que creemos. ¿Cómo es que habiendo empezado con una autentica inquietud, una sencillez y modestia apropiadas para quien busca la Verdad, intuyendo que se encuentra en Dios, terminamos adjudicándola a nosotros mismos y negándola en todos los demás, incluyendo a Jesucristo?

¿En qué engaño habremos caído para terminar dando este giro de 180 grados? ¿Qué pasó? ¿Quién es el que fomenta y fortalece esta posición? ¿Quién está en los orígenes? Parecíamos tan honestos y sinceros en nuestra búsqueda, ¿cómo fue que terminaos así?

¿Cerrazón, egoísmo, soberbia? ¿Cómo se dio la vuelta la tortilla? Pues parece evidente que por falta de oración y de fe. Cuando nos alejamos de Dios y pretendemos alcanzar la Verdad por nuestros propios medios, terminamos por desviarnos del Camino. Si Él es la Verdad.

¿Por qué? ¿Se trata de una regla inexorable? Efectivamente, así es. ¡No puede ser! Es que solos no podemos contra el Demonio y su mejor treta, su mayor victoria es que creamos que podemos prescindir de Dios, que todo se puede con esfuerzo y voluntad.

Lo cierto es que hacer este Camino es imposible para cualquiera de nosotros. Nosotros no nos salvamos por nuestros méritos, del mismo modo que jamás podremos llegar a la Verdad por nuestro propio esfuerzo. ¡Es imposible!

Eso lo supimos desde el comienzo. Cuando empezamos nuestra búsqueda, sabíamos que no podríamos confiar en nuestras fuerzas, que necesitábamos de Dios. Pero de pronto, una vez avanzado el Camino, empezamos a sentirnos confiados y a alejarnos de Él.

Esta es obra de Demonio, que paulatinamente se va apoderando de quienes nos abandonamos a nuestras fuerzas y empezamos a prescindir de Dios, porque vamos creándonos un “dios interior” a nuestra imagen y semejanza, que todo nos acepta, tolera y aplaude.

El Maligno nos envuelve de tal modo que nos vamos enredando sin darnos ni cuenta, hasta que terminamos sucumbiendo. ¿Qué paso con nuestras buenas intenciones? ¿Qué pasó con aquel Camino que empezamos con tanto entusiasmo?

Que nos fuimos apartando para construir nuestro propio camino, lleno de falacias y conveniencias. Un camino a nuestra medida, con nuestras virtudes, es verdad, pero también y sobre todo con nuestros defectos, debilidades y engaños.

¿De quién fue esta obra? Del Demonio. ¿En qué momento? ¿Cómo fue que él tomó las riendas? No recordamos conscientemente habérselas dejado nunca. ¿Qué hicimos? ¿En qué estábamos pensando? Fue poco a poco.

Algo imperceptible para los otros, pero no para ti. Tú te diste cuenta. Fue con tu complicidad. Empezó cuando dejaste de orar, cuando dejaste la Eucaristía, cuando dejaste de ir a Misa, de rezar el Rosario, cuando empezaste a escoger en qué creías y en qué no, según tus minúsculos criterios.

A pesar de tu pequeñez, de tu ignorancia, date cuenta que tienes un ego enorme, gigantesco. Te crees con la autoridad para corregir a todos, como ya lo dijimos, incluso al mismísimo Jesucristo. Él no se molesta por eso. Lo que si le entristece es que fundado en tales absurdos asumas la dirección de tú vida, descartándolo a Él.

Lo que le apena al Señor es que sin darte ni cuenta has dado un giro de ciento ochenta grados y ahora te alejas con tanta rapidez, que ni tú mismo te das cuenta. ¿Cómo te saliste del Camino? ¡Perdiste la Fe en Dios! ¡Dejaste de hacer lo que te manda!

La buena noticia es que, aunque por esta vía estamos encaminados a la perdición, todavía hay salida y está en tus manos. Anda al templo, anda a tu parroquia, busca al padre, confiésate, arrepiéntete de todos tus pecados, especialmente los de soberbia.

Luego participa de la celebración Eucarística y comulga. Quédate orando todo lo que puedas. No dejes de rezar el Rosario. Pídeles al Señor, al Espíritu Santo y a la Santísima Virgen María que te devuelvan al Camino. Confía en ellos y verás.

Al día siguiente vuelve a tu vida de oración. Medita diariamente la Palabra de Dios que propone la Iglesia en su Calendario Litúrgico, la que compartimos aquí. Y entonces podrás sentir cómo vuelves. El Señor no te ha abandonado ni te abandonará jamás. Fuiste tú quien lo dejó.

Recuerda: la única garantía que peregrines por el Camino en esta vida, es Jesucristo, la oración, los Sacramentos, a los que debes acudir frecuentemente, los evangelios, la Santa Madre Iglesia y nuestra Santísima Virgen María. En Resumen: una vida de oración.

El amor, es decir, la acción generosa, las obras de caridad deben ser manifestaciones de nuestra íntima unión con Cristo y ella solo es posible si tenemos vida de oración. Sin ella, todo lo que hagamos será simple activismo y nos volverá a llevar al lugar del que estamos tratando de salir.

Dios y la vida sobrenatural no es como queremos, ni como imaginamos. No tiene que ser como a ti te parece, sino como Dios las ha dispuesto. Si no las entiendes, ten paciencia y ora. Bástenos pensar que “serán como ángeles en los cielos”, tal como nos lo revela el Señor.

Oración:

Padre Santo, no permitas que prescindamos y nos alejemos de la oración, mucho menos que dejemos de comer y beber del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo. Que entendamos que es solo unidos al Señor que podremos caminar hacia la Vida Eterna. Es solo dejándonos guiar por el Espíritu Santo que llegaremos a la Verdad completa y con ella a la plenitud. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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