Marcos 12,13-17 – Lo del César, devuélvanselo

junio 5, 2018

Lo del César, devuélvanselo

“«¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos le dijeron: «Del César.» Jesús les dijo: «Lo del César, devuélvanselo al César, y lo de Dios, a Dios.» Y se maravillaban de él.”

Martes de la 9na Semana del T. Ordinario | 05 de Junio del 2018 | Por Miguel Damiani

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Reflexión sobre las lecturas

Lo del César, devuélvanselo

¡Qué fácil resulta en esta historia reconocer aquello que es del Cesar para devolvérselo! Su cara está grabada en cada moneda. En cambio, ¿qué es de Dios? Como podemos distinguirlo. Pueden ser tan ambiguos y amplios nuestros criterios, que a lo mejor nos quedamos sin nada.

¿Qué es aquello que es claramente de Dios, para dárselo a Él y no al Cesar. Veamos nuestro día. ¿Qué marca le pondríamos a cada una de las cosas en las que nos ocupamos? ¿Cuál sería el balance final de este ejercicio? ¿Para quién trabajamos?

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El Señor sale muy astutamente de la trampa, al no darle gusta a ninguno de los dos. Pero parece obvio que si empezamos a repartir todo según a quién corresponde, nos resultará muy difícil cumplir con aquello de “Lo del César, devuélvanselo al César”.

Porque de modo general todo le corresponde a Dios, porque Él lo ha hecho todo posible, incluyendo las monedas con el rostro de Cesar. Por lo tanto hablando estrictamente estas monedas también son de Dios, pues no hay nada que no le pertenezca.

Veamos. Las monedas, ¿habremos de descartarlas porque tienen grabado el rostro del Cesar? No. Pero el Señor no habla de descartar, sino de dar a cada quién lo que le corresponde. Pero, ¿los dólares son de Washington porque tienen su rostro grabado?

No. El dinero es de quien lo posee, no del personaje grabado en él. Por lo tanto ¿qué de extraordinario tiene la respuesta de Cristo? Que no ha respondido como estaban esperando sus ocasionales detractores y enemigos, que le habían puesto una trampa para cogerlo.

Pero hay mucha más astucia en la respuesta de Jesús, si nos detenemos a meditarla y espulgar sus alcances e implicancias. El Señor deja perplejos a sus oyentes y no contento con ello, nos da una tarea a todos.

Bien pensado, el mensaje es. ¿Qué importancia tiene de quién es la cara que está en las monedas? ¿Qué importa de quién son las monedas? Lo importante es que demos a Dios lo que es de Dios. Eso tiene una trascendencia fundamental en nuestras vidas.

Una fácil interpretación, en la que caemos con mucha frecuencia la mayoría, incluso religiosos y teólogos, es en pensar que de algún modo Jesucristo está consagrando ciertas obligaciones políticas y económicas mundanas. Pero no es cierto.

Él expresamente no dice denles esas monedas al Cesar porque son de Él, no. Dice: Lo del César, devuélvanselo al César, y lo de Dios, a Dios. Claro, como hemos estado hablando de las monedas, todos nos quedamos en ello y sus acusadores se quedan tranquilos.

Pero Él no ha respondido por los impuestos. No ha dicho si está bien o mal pagarlos. Nos ha transmitido un Principio que nos obliga a reflexionar en conciencia para actuar. Antes de hablar del Cesar tendríamos que preguntarnos si hay algo que tengamos que no proceda de Dios.

Si no lo encontramos, como seguramente ocurrirá, ¿Cómo tendríamos que actuar? Pues como Dios manda, en todo tiempo, circunstancia, momento y lugar. Incluso con respecto al dinero y los impuestos. ¡No hay poder más grande por encima de Dios!

¿A quién tendremos que seguir? ¿Con qué criterios tendremos que discernir cualquier situación? ¿O es que creemos que algunas situaciones son tan mundanas, en las que no puede aplicarse el criterio de Dios? Eso es un engaño.

Dios es Primero y cualquier decisión con respecto a monedas, dinero o impuestos debe pasar por el mismo tamiz del amor que Jesucristo nos enseña: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como Él nos ha amado.

Por lo tanto, no es como muchas veces pensamos que estás palabras están bendiciendo los impuestos, la política, la opresión o el saqueo que algunos hacen sobre otros con impuestos muchas veces injustos. ¡Nos llama a discernir!

Primero es Dios, luego el prójimo. Entonces: veamos quien prescribe estos impuestos y para qué. ¿Son justos? ¿Son necesarios? ¿Son equitativos? ¿Son razonables? Veamos las relaciones laborales y productivas y apliquemos las mismas preguntas.

Esto es en buena cuenta a lo que nos llama el Señor. A reflexionar, a discernir, teniendo en cuenta el fin último para el que todos hemos sido creados: la Vida Eterna. Tanto cuanto nos aproximaremos a una cosa, situación o persona, cuanto nos ayude a alcanzarla; de otro modo nos alejaremos.

Oración:

Padre Santo, danos sabiduría para entender y aplicar la Palabra de Cristo en nuestras vidas. No permitas que caigamos en la tentación de la soberbia, erigiéndonos en la medida de Dios y convirtiéndonos en sus acusadores. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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