Marcos 12,1-12 – le quedaba un hijo querido

junio 1, 2015

Texto del evangelio Mc 12,1-12 – le quedaba un hijo querido

1. Y se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores, y se ausentó.
2. Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña.
3. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías.
4. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron.
5. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros.
6. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”.
7. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.”
8. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña.
9. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y entregará la viña a otros.
10. ¿No habéis leído esta Escritura: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido;
11. fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?»
12. Trataban de detenerle – pero tuvieron miedo a la gente – porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron.

Reflexión: Mc 12,1-12

No hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. El Señor está tratando de hacer que los sacerdotes, escribas y fariseos le entiendan, pero cuando uno quiere acomodar las palabras que oye a su conveniencia o desecharlas si no cuadran, difícilmente llegaran a comprender y sobre todo a aceptar estas palabras. Nuestro Padre Dios no quiere que ninguno de nosotros nos perdamos y al igual que el dueño de aquella viña, no se da por vencido e insiste en cobrar aquello que le corresponde, una y otra vez, aun cuando los inquilinos traten tan mal a cada uno de los emisarios que envía. Es momento de reflexionar si nosotros mismos no estamos actuando así con Dios. ¿Somos buenos cristianos? ¿Amamos a Dios y a nuestro prójimo, o hay algunos vecinos, parientes y amigos que no nos pueden ni ver, porque cada vez que lo hacen se acuerdan de la estafa o del engaño que les hemos hecho? ¿Somos rectos en nuestro proceder o efectivamente nos hemos portado mal con nuestro prójimo, al punto que evitamos encontrarnos con algunas personas? Y si es así, ¿qué estamos esperando para arreglar estas cosas? ¿Qué esperamos para pedir perdón y devolver lo que hemos tomado demás, lo que no nos pertenece? No nos hagamos los tontos, que nosotros sabemos muy bien por qué estamos con rabo de paja. ¡Pongámonos a derecho! Reparemos el mal que hemos hecho; pidamos perdón de todo corazón, no solamente a Dios, sino a los agraviados y tratemos de buscar la paz. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.”

¡Eso es lo que quiere Dios de todos nosotros! No que nos hagamos los desentendidos y sigamos mal tratando a quienes nos reclaman por las injusticias cometidas. No seamos mentirosos; no seamos cínicos, que todo el mundo sabe -como nosotros-, de qué pie cojeamos. Entonces, en lugar de seguir tercamente en nuestra posición, provocando la violencia de la que al final todos nos arrepentiremos, reconozcamos nuestras faltas, busquemos la reconciliación y pidamos perdón. No insistamos, ni pretendamos que los demás tengan que aguantar nuestra prepotencia y el daño que les ocasionamos. ¡Ya basta! ¡Cambia hoy, desde este momento! Es posible si te propones y pides ayuda al Señor. ¡No seas cobarde! Recuerda que el Señor es paciente y te otorga nuevas oportunidades, pero no juegues irresponsablemente con estas posibilidades, que el fin de tu vida llegará en el momento menos pensado y ya no tendrás oportunidad de rectificarte. No permitamos que la desidia, el descuido o la ambición perpetren un error, un delito o un crimen para siempre, cuando está en nuestras manos rectificarlo, aunque nos cueste y nos de vergüenza. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.”

No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Recordemos siempre este dicho popular. Nada podremos mantener oculto para siempre. La verdad siempre sale a la luz. Nuestras vidas están plagadas de ejemplos. Padres que pretendieron ocultarles a sus hijos que eran adoptados; o hermanos que cambiaron las escrituras de la herencia para favorecerse en desmedro de los demás. Esposos o esposas que tienen un desliz con otra pareja y luego pretenden ocultar a toda costa las evidencias que los señalan, incluso silenciando de mal modo a sus delatores. En general, obras realizadas con fines egoístas y mezquinos, que sin embargo se quieren hacer aceptar a los perjudicados como beneficiosas. Situaciones de las que pretendemos sacar provecho a costa de los más débiles, ingenuos o indefensos, como engañar a niños o niñas para ultrajarlas, valiéndose de la confianza o de la autoridad o por último de la fuerza o el temor. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.”

Todo lo que somos y tenemos nos ha sido “prestado” por el Señor y llegará el momento, más temprano que tarde, que tendremos que rendir cuentas de lo que hayamos hecho, dando a Dios las “utilidades” de cuanto nos fue confiado. Nada es nuestro, nosotros lo supimos desde el comienzo, entonces, por qué aferrarnos a retener lo que hemos recibido, en vez de desprendernos y compartirlo, devolviendo con creces a quienes nos dieron algo y procurando aliviar en algo las necesidades de todos. Evitemos el accionar inescrupuloso de quien está dispuesto a hacer lo que sea con tal de quedarse para sí, lo que les corresponde a los demás. Esta es lamentablemente la actitud de muchos de nuestros políticos. ¡Evitémosla! Seamos generosos con nuestros hermanos, dándoles lo que les corresponde, lo que nos pidan. No escatimemos esfuerzos por obtener mayor provecho personal de nada, ni guardemos lo mejor o lo más abundante para nosotros, sino que por el contrario, conformémonos con lo que nos toque, procurando la felicidad de los demás, antes que la nuestra, que el Señor sabrá premiarnos con creces. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: “A mi hijo le respetarán”. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: “Este es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia.”

Oremos:

Padre Santo, ayúdanos a entender que estamos trabajando en Tú Viña, que Tú eres el dueño de cuanto produce; que por lo tanto debemos compartirlo todo, con nuestro prójimo, porque esa es Tu Voluntad. Que siendo nuestros hermanos tus emisarios, los tratemos como corresponde…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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