Marcos 10,28-31 – el ciento por uno

Febrero 28, 2017

El ciento por uno

Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno

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el ciento por uno

Puedes leer el Evangelio aquí.

Reflexión: Marcos 10,28-31

Ante el reclamo de Pedro por todo lo que según él habían dejado para seguir al Señor, Jesús no tiene ningún reparo en hacernos una promesa que ciertamente es superior a cuanto dejamos por Él.

Posiblemente no hemos prestado la suficiente atención a estos versículos, tal vez por nuestra falta de fe. Si, pues no le creemos. Pensamos que el Señor está hablando en forma figurada.

Lo que ocurre en realidad es que francamente no estamos dispuestos a probar, porque somos incapaces de sacrificar nada por nadie y mucho menos por el Señor que después de todo es una “entidad abstracta” para muchos.

El reto está planteado. No se trata de poner a prueba al Señor, sino de confiar y seguir por el Camino que Él nos propone, aun cuando esto signifique muchas veces dejar todo por Él.

Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno

¿Es que el Señor es cruel, sádico o caprichoso y nos exige dejar lo que más amamos sin más? ¡Nada más absurdo! ¡Qué lejos estamos del conocer al Señor si somos capaces si quiera de insinuar tal disparate!

No se trata de dejar por dejar, de dejar sin más. En lo que está haciendo énfasis el Señor en realdad es en la necesidad de estar dispuestos a dejarlo todo por Él. Esto quiere decir que muchas veces, lamentablemente, el Camino del Señor es opuesto a nuestros gustos y deseos.

No podremos seguirlo si queremos hacer siempre lo que nos place o lo que alaga a los nuestros. De esta forma, por ejemplo, no se justifica la complicidad por ningún motivo. Callar, cuando somos testigos de un robo o de un crimen, porque se trata de uno de los nuestros no es el tipo de lealtad que el Señor quiere.

De cualquier modo, la lealtad ha de ser a Su Palabra, a los Evangelios, a Dios, al Amor. No es suficiente justificación que me hayan inducido al crimen y que haya cedido, porque se trataba de mi hermano, mi esposa o mi madre.

O tal vez, que no haya participado en los actos ilícitos, pero teniendo conocimiento de ellos, me haya callado o los haya mantenido ocultos por no delatar a quienes amo. Es aquí precisamente que debemos tomar una determinación: ¿Con quién estamos? ¿Con Dios o con el pecado? ¿Con Dios o con el Dinero?

La promesa del Señor es para aquellos que no estamos dispuestos a traicionar por ningún motivo al Señor, aun cuando ello nos cueste dejar esposa, hijos, hermanos, padres, amigos, cargos, riqueza o propiedades.

El Camino del Señor es exigente y requiere lealtad y rectitud. Nada que podamos perder aquí en el mundo por seguirlo vale un ápice comparado con lo que habremos de recibir a cambio.

Pero el Señor va más allá, porque incluso nos hace notar que esta promesa se habrá de cumplir aquí, mientras vivamos, solo que con persecución. Recuperaremos todo lo que demos aquí en la tierra al ciento por uno.

¿Y después? La Vida Eterna. Nada se le compara. Es superior a cuanto podamos imaginar, incluido aquél ciento por uno. Frente a esa oferta, si no seguimos al Señor es porque somos necios. Porque nos falta fe.

Pidamos al Señor que nos de fe, entusiasmo, esperanza, ánimo, valor y perseverancia para alcanzar sus promesas. Ellas son las únicas que darán sentido a nuestras vidas. Si hemos de cambiarlas, que sea por un bien mayor. Si resulta difícil para nosotros, recordemos que no hay nada imposible para Dios.

Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno

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