Marcos 10,17-30 – entren en el Reino de Dios

Octubre 11, 2015

Texto del evangelio Mc 10,17-30 – entren en el Reino de Dios

17. Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?»
18. Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios.
19. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»
20. El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.»
21. Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»
22. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
23. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios !»
24. Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!
25. Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.»
26. Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?»
27. Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.»
28. Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
29. Jesús dijo: «Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio,
30. quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.

Reflexión: Mc 10,17-30

Esta es la porción de los evangelios que muchos no quisieran ni oír. Y es que se critica mucho los fundamentalismos religiosos, sin reparar en que existe probablemente un fundamentalismo más fuerte y radical que se erige en defensa del “sistema”, tal y como está, que lo consagra como algo inamovible e indiscutible, como la única forma de vivir y que ha hecho de sus principios y leyes dogmas no negociables. En esta visión del mundo el liberalismo económico y sus leyes sustituyen a los mandamientos y la riqueza o el Dinero es dios. Nunca lo aceptarán así, a rajatabla seguramente, pero el hecho es que no admiten dudas al respecto y lo defienden con la misma intransigencia que reprochan en los fundamentalistas. Están dispuestos a hacer análisis de los males que aquejan al mundo, se reúnen a discutirlos y a disertar al respecto, formulan tesis y posibles soluciones, y pretenden resolverlo todo, sin atacar el núcleo del problema, sin el cual no hay ni habrá solución. Jesús va directo al grano y como el más fino bisturí en manos del mejor cirujano, pone al desnudo la raíz y nos da la solución, solo que como aquel rico de la historia, nos marchamos entristecidos, porque o tenemos muchos bienes o los aquilatamos demasiado. No estamos dispuestos a creer que se puede vivir de otra manera y a jugárnosla por el Evangelio. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios !

No faltará quien piense que eso estaría bien para aquellos tiempos, pero que el sistema democrático y el desarrollo del capitalismo actual presentan un mundo distinto, donde no hay por qué renunciar a la riqueza y donde existen mecanismos para alcanzar una distribución más eficaz de la riqueza, todo lo cual es falaz como lo prueban las estadísticas que demuestran que cada vez los ricos son menos en número –proporcionalmente hablando- y más ricos, incrementándose la brecha entre ricos y pobres, y cada vez son más los de pobreza extrema, los que sufren injusticias, los que padecen hambre, sed, los que carecen de las condiciones de salubridad para vivir dignamente. Este sistema, hoy como ayer, ha probado ser totalmente ineficaz para resolver los problemas de pobreza e injusticia que padece la humanidad, porque es injusto en su raíz, en su núcleo, porque parte del principio EGOISTA de acumular todo lo que sea posible para atender la necesidad, ambición, avaricia o temor del que atesora, en vez de preferir el sacrificio amoroso por el prójimo, que es la solución que Cristo propone, como parte del Plan de Salvación trazado por Dios para que alcancemos la Vida Eterna. Se trata, pues, de dos concepciones distintas y completamente antagónicas. O tenemos a Dios ocupando el centro o tenemos al Dinero. No podemos tener a ambos, porque demandan actitudes completamente contrarias, opuestas. O amamos a Dios y al prójimo y entonces los ponemos por encima de todo, siendo capaces de dar incluso nuestras vidas por ellos, o empezamos por atender nuestras necesidades particulares, cuyos límites relativos pueden alcanzar cantidades tan astronómicas, como las riquezas de ciertas familias, clanes o dinastías que son más grandes que las de muchas naciones. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios !

El dilema está ahí desde siempre y hemos procurado disfrazarlo de mil maneras, tratando de engañarnos y de engañar a los demás, pero la verdad es que no engañamos a nadie y mucho menos a Dios, que ha enviado a Su propio hijo a mostrarnos con su ejemplo el Camino al Reino de Dios, que exige precisamente renuncia y sacrificio, es decir, una forma diametralmente distinta de entender al mundo. Lo que nos enseña Jesús con el ejemplo es el Camino del Amor, que no tiene límites, ni condiciones. Hemos de abrazar este Camino si sinceramente queremos salir del pantano en el que nos encontramos atrapados. Será muy difícil porque encontraremos uno y mil argumentos para desistir, como los consabidos argumentos familiares, que empiezan por justificar nuestro proceder egoísta y utilitarista, adjudicando a nuestra familia la razón de nuestro proceder. Es decir que no podemos dejar de acumular y enriquecernos, porque tenemos una familia que atender y en tanto eso ocurra, nuestro vecino puede morirse, si quiere, que no compartiremos nada más que lo que nos sobre con él. Es precisamente en ese sentido que el Señor nos reclama estar dispuestos a dejar casas, hermanos, hermanas, madres y hacienda. Porque está más generalizada de lo que estamos dispuestos a aceptar aquella excusa que estaríamos dispuestos a hacer esto y aquello, si no fuera porque tenemos familia. Es este desgraciado argumento, que tergiversa todo, el que nos mantiene sumidos en el fango. Hemos de ser capaces de liberarnos de estas cadenas si queremos entrar en el Reino. Parece imposible, es verdad, pero si confiamos en Dios, si tenemos fe, lo alcanzaremos. Para eso ha venido Jesús. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios !

Oremos:

Padre Santo, danos el valor para oírte y hacer Tu Voluntad cada día. Que no nos aferremos a las riquezas, al poder y al dinero. Que puestos a elegir decidamos siempre por el amor…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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