Marcos 10,1-12 – serán los dos una sola carne

mayo 20, 2016

Texto del evangelio Mc 10,1-12 – serán los dos una sola carne

01. Jesús dejó aquel lugar y se fue a los límites de Judea, al otro lado del Jordán. Otra vez las muchedumbres se congregaron a su alrededor, y de nuevo se puso a enseñarles, como hacía siempre.
02. En eso llegaron unos (fariseos que querían ponerle a prueba,) y le preguntaron: «¿Puede un marido despedir a su esposa?»
03. Les respondió: «¿Qué les ha ordenado Moisés?»
04. Contestaron: «Moisés ha permitido firmar un acta de separación y después divorciarse.»
05. Jesús les dijo: «Moisés, al escribir esta ley, tomó en cuenta lo tercos que eran ustedes
06. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer;
07. por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa,
08. y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.
09. Pues bien, lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.»
10. Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo,
11. y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa;
12. y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.»

Reflexión: Mc 10,1-12

El Señor, a través de Su Iglesia, nos invita a reflexionar hoy en un tema muy hermoso, íntimamente ligado a la vida y por lo tanto al amor: el matrimonio. Quiso Dios en su excelsa e infinita sabiduría que perpetuáramos la vida en la tierra como resultado del amor. Nos creó distintos, pero al mismo tiempo complementarios como puede serlo el día para la noche, la tierra para el agua, el Sol para la Tierra y aún más que todo aquello que podamos imaginar. Lo hizo de tal modo que fuera imposible que pudieran prescindir el uno del otro, porque sin la unión de ambos y por lo tanto el acuerdo, sin la armonía, sin el amor y esta complementariedad que seguramente va mucho más allá de cuanto podemos enumerar y describir, no habría vida. Nos atrevemos a creer -por las evidencias que Dios nos ha dado en toda la Creación y por las mismas Palabras de Dios contenidas en el Génesis, que nos relatan que fuimos creados a Su imagen y semejanza-, que la complementariedad que evoca el matrimonio y a la que nos estamos refiriendo es perfecta, como toda obra de Dios. Sin embargo. Al ponerla en nuestras manos y por influencia del pecado, del egoísmo, la soberbia, la lujuria, el orgullo y el hedonismo, entre otros, ha sido distorsionado en sus diferentes aspectos hasta convertir esta bella relación -que ha inspirado las mejores poesías y las más bellas melodías-, en una unión precaria, basada muchas veces en mezquinos intereses, cuando no puramente sensuales o de alguna conveniencia pasajera. Solo así podemos admitir que se pretenda equiparar o sustituir esta relación, por la relación de dos personas del mismo género, como si diera exactamente lo mismo…por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

Olvidamos muy rápidamente que estamos hablando de la obra de Dios, el mismo que creo el Universo, las estrellas, los planetas, las plantas, los animales y que a todos les dio su cadencia, su rol, su papel en el equilibrio necesario para asegurar la vida, de todos, porque de alguna manera todo es complementario y necesario para la existencia, pero sobre todo para que el ser humano, su creatura dilecta, creada a imagen y semejanza, pudiera ser feliz y llegar a la Vida Eterna. Nadie, ni en un millón de años podrá reproducir la Creación de Dios, por lo tanto nadie tiene el derecho de desafiar las leyes de Dios, las leyes que ha dado para regular y normalizar el funcionamiento de todo, de tal manera que todo opere conforme al Plan trazado desde antes de la Creación. El Big Bang, no es producto del azar, sino obra de Dios. Hay que ser necio para no reconocer la Inteligencia Superior, la Sabiduría y el Poder de Dios detrás de este gran suceso, que hasta los más grandes científicos reconocen. La unión de hombre y mujer en el matrimonio constituye la forma más sublime en que Dios ha querido que participemos de Su Creación. Él ha querido compartir con nosotros este milagro, esta Gracia, este Don inconmensurable. Ese es el fin y el valor del matrimonio, que nos permite participar de la misma naturaleza Divina, al darnos la posibilidad de ser partícipes –mediante la fecundación-, en la creación de otro ser Único e Irrepetible, que no es de uno, ni de otro, si de ambos en todos los aspectos, demandando por eso la responsabilidad que a cada quien le compete, que tampoco es igual, porque padre y madre son distintos, pero complementarios. Ni aun cuando viviéramos 50 millones de años más se nos ocurriría crear una sociedad tan perfecta y modélica, que encierre en sí la exigencia de la entrega y al mismo tiempo el gozo de la donación. Una unión que cuando es propiciada y sostenida por el amor, constituye un camino de perfección y de santidad que no se agota jamás…por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

El hombre y la mujer han sido creados libres, inteligentes y dotados de voluntad, facultades que deben aplicar en todas sus vidas, pero especialmente al momento de elegir la pareja con la que habrán de compartir el resto de sus días. Salirse de este libreto es salirse del Plan de Dios. Todos los males que sufre nuestra sociedad actual, tales como el narcotráfico, la violencia, el sicariato, el terrorismo, el aborto, la eutanasia, el suicidio, la injusticia, la explotación, la discriminación y otros, son el resultado de pretender ignorar y romper las leyes de Dios, por ignorancia, por orgullo, por soberbia, por egoísmo o por cualquier otra razón proterva. Vemos, por el contrario, que la relación matrimonial fundada en el amor, tal como Dios lo dispone, resulta modélica para la sociedad, porque no puede haber esta relación si no hay diálogo, si no hay donación, si no hay servicio, si no hay esperanza, si no hay paciencia, si no hay perseverancia, en resumen, si no hay amor. El amor es el Camino que lleva a la construcción de una sólida e indestructible relación en el matrimonio, lo mismo que debe hacerlo en la sociedad. Las sociedades, al igual que los matrimonios, se despedazan, se pervierten, se desmoronan, se contaminan, corrompen y pierden, cuando se pierde el amor, cuando se pierde la solidaridad, cuando se pierde el respeto, cuando prima el egoísmo y los intereses mezquinos. La traición, el engaño, la mentira son sus principales enemigos. Quien se acostumbra a vivir en ellos, termina destruyendo toda posibilidad de construir una relación para toda la vida, como Dios la propone, como Dios lo ha dispuesto. De allí que quienes promueven las “opciones sexuales” estén por lo general de espaldas a Dios. O ya pretendían vivir sin Dios, desconociéndolo en sus vidas o a partir de allí se alejan, porque saben que están atentando contra sus leyes. Estas son algunas de las razones y fundamentos por las que –a nuestro modesto entender-, la Iglesia nunca podrá aceptar la unión homosexual, porque es contraria al Plan de Dios, contraviene esta ley fundamental del amor matrimonial, que lo hace copartícipe de la Creación, Gracia que ha sido puesta al alcance del hombre y la mujer, por Voluntad de Dios. No creemos que esto guste nada a los homosexuales, ni tenemos nada contra ellos, sin embargo no estamos de acuerdo en su pretensión de hacer reconocer sus uniones como matrimonio, porque no lo son, ni jamás podrán serlo. No condenamos, pero tampoco podemos fomentar la unión homosexual como natural, porque no lo es. Se trata de una inclinación, que cuando no tiene un fundamento biológico tal vez pueda ser corregida o que en el peor de los casos ha de ser tolerada amorosamente, sin que se le pueda equiparar a una relación del nivel o jerarquía del matrimonio, porque son completamente distintas y si bien se podría reconocer en aquella que contribuyen a paliar la soledad de sus componentes, carece de aquel elemento fundamental que nos hace copartícipes de la Creación, conforme al Plan de Dios…por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

Oremos:

Padre Santo, te pedimos por todos los matrimonios de este mundo, pero especialmente por los matrimonios cristianos, para que sean fuente inagotable de amor en la familia a ejemplo de Jesucristo, e inspiración y motivación al diálogo, a la paz, al amor, a la solidaridad, a la justicia y a la tolerancia en la sociedad…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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