Lucas 9,57-62 – apto para el Reino de Dios

Septiembre 30, 2015

Texto del evangelio Lc 9,57-62 – apto para el Reino de Dios

57. Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.»
58. Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»
59. A otro dijo: «Sígueme.» El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.»
60. Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.»
61. También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.»
62. Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Reflexión: Lc 9,57-62

El Señor nos invita a reflexionar hoy entorno a nuestra aptitud para entrar en el Reino de Dios, porque no todo el mundo está apto para ello. No, no son aquellos que no matan una mosca o que se la pasan todo el día en el templo orando necesariamente los que están aptos para entrar en el Reino. La prueba de aptitud es exigente; posiblemente más exigente que ninguna otra que hayamos tenido que pasar en este mundo, porque pende de una decisión que debemos tomar y con la que tenemos que ser consecuentes. No basta decir que somos cristianos, ni basta que participemos en algunos actos religiosos o que portemos crucifijos y estampas. Es preciso poner a Dios y al Evangelio en primer lugar en nuestra vida cotidiana, lo que se debe evidenciar en lo que hacemos y en el orden de prioridades de nuestras vidas. Puestos en situaciones extremas, tendríamos que decidir salir a evangelizar antes de ocupar nuestro día enterrando a nuestro padre o irnos a despedir de nuestra familia. Es tan exigente esta propuesta que tendemos a interpretarla como propia de un lenguaje figurativo usado por Jesús para hacernos tomar conciencia de la urgencia de la tarea. Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

¿Es tan urgente el llamado de Jesús? Es algo sobre lo que debemos meditar muy profundamente hoy. El letargo con el que nos desenvolvemos, la pasividad con la que vamos desplegando nuestros sentidos y luego nuestras acciones, ¿guarda correspondencia con la exigencia de Jesús? ¿No parece, más bien, que estamos en mundos distintos, que Él ve otra realidad? ¿No será que estamos tan acomodados y pagados de nuestra suerte que no sentimos el apremio que Jesús? Hoy día doy una pequeña limosna, mañana voy a Misa, pasado mañana visito algún enfermo…en fin, cada día procuro realizar una “obra de caridad” según el tiempo del que puedo disponer después de “cumplir con mis obligaciones”. ¿Es esto lo que quiere el Señor de nosotros? ¿Es esto lo que nos pide? ¿No será que hemos adaptado de tal modo el Evangelio a nuestro modo de vida mundano que lo hemos tornado totalmente inocuo? ¿Es que no hay cosas urgentes en este mundo? ¿Es que todo está muy bien y puede esperar a que desarrolle mi rutina diaria, en la que no puedo descuidar mis ejercicios, ni mi tiempo para mis alimentos, para mi ducha, para mi paseo, para mis visitas, para mis actividades y para ver mi programa favorito? ¿Es que Jesús quiere que hagamos un espacio en nuestras vidas para agregar un ingrediente adicional que podríamos llamar el “proceder cristiano”? ¿Son estas pequeñas cositas las que nos diferencias de los demás a los cristianos o se trata de una forma de vida totalmente distinta? Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Para el Señor definitivamente hay una urgencia mayor que la que se puede apreciar en la forma en que nos desenvolvemos en nuestra vida cotidiana, y es que el Señor es infinitamente misericordioso y amoroso y para Él cada uno de nosotros vale más que el yacimiento de oro más grande del planeta; cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles y nuestro Padre le ha pedido que no se pierda uno solo. Esta es la perspectiva de Cristo, cuya exigencia podemos apreciar en estos versículos. Exigencia que tendríamos que esforzarnos en entender y compartir. ¿Por qué? Porque aquellos que padecen y mueren hoy -hombres, mujeres y niños-, víctimas de la violencia, de la persecución, de la corrupción, de la injusticia, de la indiferencia, podríamos ser cualquiera de nosotros y por lo tanto tendríamos que obrar como si así fuera, puesto que el mandamiento de Dios es: Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El sufrimiento de nuestros hermanos, sus dolores y angustias tendrían que exigirnos un modo de actuar distinto, otra forma de abordar lo cotidiano, cuestionándolo y cambiando nuestras prioridades. No podemos conformarnos con ser un engranaje más de este sistema inhumano, injusto, aberrante, homicida, destructor, depredador, que ha puesto a la riqueza por encima de la dignidad del ser humano; que ha puesto a las utilidades y la rentabilidad antes que la vida. Mientras hayan pobres y millones mueran cada día víctimas de este “orden” al servicio del Dinero, no podemos sentirnos satisfechos ni acomodarnos, como si todo pudiera esperar, como si no hubiera urgencia, porque entonces estamos haciéndole el juego al sistema, convirtiéndonos en sus cómplices. La tarea es tan urgente como la enfoca el Señor y si no la percibimos así, hemos de cuestionarnos profundamente lo que está pasando con nosotros, que nos hemos adaptado y vuelto indiferentes, seguramente porque estamos egoístamente satisfechos y en el fondo no estamos dispuestos a exponer nuestra comodidad por nadie. Cualquiera da de lo que le sobra. Ser cristianos demanda un cambio más profundo, una exigencia mayor. Reflexionemos en las situaciones que nos pone Jesús, porque son los extremos que la Misión demanda. Baste tener presente que Él –siendo Dios- dio su vida por nosotros. Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Oremos:

Padre Santo, haznos consecuentes con la fe y el amor que profesamos. No permitas que nos acomodemos egoístamente, conformándonos con dar de lo que nos sobra y encima envaneciéndonos, como si hiciéramos gran cosa…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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