Lucas 9,28b-36 – Este es mi Hijo

Febrero 21, 2016

Texto del evangelio Lc 9,28b-36 – Este es mi Hijo

28. Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.
29. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,
30. y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías;
31. los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.
32. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía.
34. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor.
35. Y vino una voz desde la nube, que decía: « Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenle.»
36. Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Reflexión: Lc 9,28b-36

Estamos frente a un episodio único en el Nuevo Testamento. Que recordemos solo hay otro en el que se oye la voz del Padre y es en el Jordán, cuando Jesús es bautizado. Aquí, a ojos de tres discípulos elegidos, que tiene el privilegio de asistir a este encuentro, por unos momentos Cielo y Tierra se unen, en una convergencia nunca antes vista, dejando deslumbrados a los discípulos invitados a atestiguar semejante encuentro. No hay palabras para describirlo. Tan es así que los testigos no dijeron nada a nadie de lo que habían visto. Pongámonos en sus zapatos. ¿Qué diríamos? No hay forma de describirlo. Las palabras se quedan cortas; no alcanzan. Pecando de audaces nos atrevemos a aventurar, sin ánimo de explicarlo, ni abarcar este evento, que asistimos a una apertura en el tiempo y el espacio, en el que Jesús se encuentra con dos personajes distantes varios siglos entre sí y con Él, que desafían toda lógica y realidad conocida. Es algo indescriptible y si el encuentro tiene estos ribetes, imaginemos las vestimentas y todo a su alrededor. Los discípulos no podían dormir, a pesar del sueño que los invadía y es que estaban viendo a Jesús en Su Gloria. Al menos es lo que ellos alcanzaron a comunicar, pero es tal el asombro y el ambiente que los envuelve, tal la sensación de bienestar, que quieren armar unas carpas para quedarse allí. Era un lugar que invitaba a la contemplación: sin tiempo, sin espacio, sin apuro, sin preocupación ni ansiedad alguna. Pocas veces habremos sentido algo semejante, sin embargo hemos tenido encuentros con Dios en nuestras vidas que permiten aproximarnos a aquella sensación, por eso podemos atrevernos a imaginar. Pero nunca hemos escuchado el estruendo de esa voz de Dios, que habla con cariño y al mismo tiempo con autoridad y un inconfundible acento en la Verdad, como solamente Él puede hacerlo, brotando de todo lado, incluso de nuestro interior. La voz de Dios lo penetra todo y hace prácticamente imposible desprendernos de Su vibración que pone en actividad cada una de nuestras células, ordenándolas y poniéndolas en acción al unísono en una misma dirección y con el mismo propósito. Es el mismo Dios que nos habla y nos dice lo que debemos hacer. Y vino una voz desde la nube, que decía: « Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenle.»


No podemos dejar de pensar en este momento, del que estamos siendo testigos, como algo sumamente especial y central en la Revelación que nos trae Jesucristo. Es cierto que toda Su Vida está plagada de momentos especiales, porque todo Él es especial y extraordinario. ¿De qué otro modo puede manifestarse el encuentro de Dios con Sus creaturas? Si somos honestos y sinceros, dejando la soberbia y el orgullo de lado, hemos de aceptar que la Luz y el Brillo que hay en torno a la presencia de Jesucristo es de tal naturaleza en la historia de la humanidad, que solo un necio podría negar reconocerla. Todo apunta inconfundiblemente a este centro y es por eso que de modo consciente estamos obligados a reconocer que hay un antes y un después de Cristo. La humanidad entera está marcada por su presencia, a pesar de los esfuerzos que hace el demonio para obligarnos a prescindir de Él. Mil movimientos y cuestionamientos han sido desatados con el único propósito de desconocerlo, opacarlo u ocultarlo, lo que es imposible, porque nada podemos contra la Voluntad de Dios, nuestro Creador, quien nos ha hecho para ser felices y vivir eternamente. Es la sola posibilidad que ello no ocurra, fundada en nuestra libertad, porque Dios nos ha hecho libres, que le llevó a enviar a Su único Hijo, Jesucristo, para mostrarnos el Camino, persuadiéndonos –mediante la Fe-, de seguirlo. Entonces, no es solo que hacer el Bien y seguir a Dios es lo correcto, tal como nos lo dice interiormente nuestra propia conciencia, sino que Jesucristo viene a convalidar este Camino, enseñándonos que es solo el Amor el que nos conducirá a la felicidad y la Vida Eterna. ¿Cómo nos lo enseña? Con su propia Vida. ¿Qué hemos de hacer? Creer en Él y seguirlo. Y vino una voz desde la nube, que decía: « Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenle.»

Si somos sensatos, oiremos a Jesús y haremos lo que nos manda. Esa es la razón de nuestra existencia, hacer lo que nos manda, porque solo así alcanzaremos el sentido de la vida. Si tenemos que hacer lo que Dios nos manda, ¿quiere decir que no somos libres? No, señor. ¡Somos libres! Lo que ocurre es que Dios nos ama tanto que no quiere correr el riesgo que nos perdamos. Él no quiere que nos equivoquemos. Entonces, no es que recorte o conculque nuestra libertad, es más bien un asunto de amor. La impaciencia de Dios por vernos felices, gozando de la vida eterna para la cual fuimos creados, le ha movido a enviar a Su propio Hijo a persuadirnos a hacer lo correcto. Dios no quiere que nos perdamos, lo que definitivamente es una posibilidad, dado que somos libres. Pero Él, como el mejor Padre, no quiere semejante riesgo, ni semejante castigo. Sin embargo este depende de nosotros, porque aunque Él no lo quiere, es una de las opciones que absurdamente podríamos escoger. No es lo razonable, pero bien sabemos que todos los días hacemos cosas absurdas, que no debíamos y que si todo estuviera en nuestras manos, iríamos solitos engañados por el demonio hacia la perdición. Esta es –lamentablemente-, la misma historia que se repite una y otra vez desde Adán y Eva, nuestros primeros padres. Jesucristo nos muestra hoy el resplandor de Su Divinidad con la esperanza que entendamos de una vez por todas que este no es un montaje de un hombre con poderes excepcionales, sino que es el mismísimo Hijo de Dios que ha venido enviado por el Padre para Salvarnos. Nada de lo que estamos atestiguando volveremos a verlo otra vez. Solo se está produciendo como parte de la Misión encomendada a Jesús, de Salvarnos de la perdición, la destrucción y la muerte. Si Dios nos asombra es tan solo para que tengamos la certeza que se trata de Él y le escuchemos, porque solo así nos salvaremos. Y vino una voz desde la nube, que decía: « Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenle.»

Oremos:

Padre Santo, no permitas que flaqueemos en el seguimiento de Jesús a lo largo de todas nuestras vidas, especialmente en los momentos de dificultad…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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