Lucas 9,22-25 – quien pierda su vida por mí

marzo 2, 2017

Quien pierda su vida por mí

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

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Lucas 9,22-25 quien pierda su vida por mí

Puedes leer el Evangelio aquí. 

Reflexión: Lucas 9,22-25

Hemos de estar dispuestos a hacer todo lo que sea necesario por el Señor, incluso arriesgar y perder nuestras vidas. No son simples palabras. Esta es la actitud que Dios espera de nosotros. Total desprendimiento, aun sabiendo el valor casi infinito que tienen nuestras vidas.

¿Y por qué valen tanto nuestras vidas? Aun cuando a algunos les parezca paradójico, nuestras vidas valen tanto porque así nos ha creado Dios. Somos únicos e irrepetibles. Hemos de coincidir en que no existe Don o Gracia más grande que la Vida. Eso es lo que Dios ha querido poner en nuestras manos.

¿Por qué quiso Dios darnos tanto? Por amor. No existe ninguna otra razón. Él no necesitaba de nosotros. No necesitaba crearnos. Él, como Dios, no necesita nada. Es en uso de su Liberta y Voluntad Divinas que decidió crearnos, tal como somos, es decir: a Su imagen y semejanza.

No hay nada que hayamos hecho para merecer la Vida. No hay ni habrá jamás nada con lo que podríamos pagarla. Se trata de un Don Inmerecido. No la hemos ganado, ni hay nada que pudiéramos dar a cambio. Esto es lo primero que debemos dejar que entre en nuestras pobres cabezas.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Dios nos amó primero, y porque nos amó, nos creó, dándonos la Vida, un Don, una Gracia inconmensurable. ¿Por qué nos la dio? Por amor. ¿Para qué nos la dio? Para que seamos felices y alcancemos la Vida Eterna. Dios quiere que vivamos eternamente. Al darnos la vida, puso en nuestras manos esta posibilidad. Sin embargo depende de nosotros el alcanzarla. ¿Cómo así?

Hemos de quererlo. Eso es todo lo que nos pide Dios. Que conociendo Su Voluntad, la aceptemos y hagamos lo que nos corresponde para que se cumpla. ¿Qué necesitamos hacer? Manifestar en forma evidente nuestra aceptación de este Plan de Dios. ¿Cómo podemos hacerlo? Viviendo como Él quiere que vivamos, es decir amándonos.

Esto es lo que nos revela Jesucristo cuando nos manda amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Dios nos ha hecho para el amor. Si aceptamos este plan, alcanzaremos la Vida Eterna. No existe otra forma de aceptarlo que amándonos.

Y, ¿hasta qué extremo debemos estar dispuestos a amarnos? Hasta dar, hasta ofrecer nuestra vida por los demás. Es decir, que debemos estar dispuestos a amar hasta dar aquello más valioso que Dios a puesto en nuestras manos: nuestras propias vidas. Este es el Secreto para alcanzar la Vida Eterna.

¿Es esta una prueba? ¡No! Es una decisión. En nuestras manos está el alcanzar la Vida Eterna. ¿Por qué? Porque Dios lo ha querido así. ¿Qué debeos hacer? ¡Amar! En el fondo no nos lo ha puesto tan difícil ¿no es verdad? Por experiencia sabemos que Amar puede ser muy doloroso, puede demandar mucho sacrificio, pero también puede traer grandes satisfacciones.

Pero amar exige desprendimiento de nosotros mismos. Solo seremos capaces de amar realmente cuando seamos capaces de renunciar hasta a nuestra propia vida, si es preciso. Esta es la disposición, la actitud que el Señor espera de nosotros. Que estemos dispuestos a dar sin medida, hasta lo último, hasta que no podamos más.

Es así como Jesucristo mismo nos amó. Justamente en estos versículos el Señor recuerda a Sus discípulos lo que está por ocurrirle. Y todo esto lo pasará por amor. Precisamente por eso es que el Señor nos dice que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Para alcanzar la Vida Eterna, hemos de seguirlo.

Jesús ha dado Su Vida para rescatarnos de la muerte. Sigámoslo; hagamos lo que Él nos dice y alcanzaremos la Vida Eterna. Él ha venido a Salvarnos. Esto es, a invitarnos a enmendar nuestro camino y seguirlo. Hagamos lo que nos manda y viviremos para siempre.

Danos Señor la Gracia y el Valor para seguirte.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

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