Lucas 9,22-25 – quien pierda su vida por mí, ése la salvará

febrero 11, 2016

Texto del evangelio Lc 9,22-25 – quien pierda su vida por mí, ése la salvará

22. Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.»
23. Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.
24. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.
25. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?

Reflexión: Lc 9,22-25

Seguir al Señor desde lo que somos. Ese es el gran reto, que nos cuesta comprender. No se trata de renunciar a nuestras circunstancias y huir de ellas para encontrar otras que hagan posible el seguimiento de Cristo, justificando entre tanto el no poder seguirlo, en tanto no se dan las condiciones adecuadas. No. Tenemos que seguirlo aun y especialmente en medio de la dificultad diaria. Esto quiere decir cristianizar cada segundo de nuestras vidas o para decirlo de otro modo, santificar nuestras vidas, que es otra forma de verlo y es en ese sentido que se ha de entender que todos estamos llamados a la santidad. Es en el cómo afrontas tu día a día que has de dar testimonio del amor de Dios. Así, podrías estar preso en una cárcel o en una enfermedad incurable, ciego, sordo, paralítico o con tantas enfermedades de nuestro tiempo y aun allí, en esa circunstancia constituir un modelo de amor a Dios y al prójimo. Ese es el reto. Y desde el otro extremo, ser rico, tenerlo todo, incluso salud, inteligencia y reconocimiento político y social, y sin embargo dar testimonio del amor a Dios y al prójimo. ¿Será más fácil? ¿Será más difícil? Según nos revela el Señor, para estos será mucho más difícil entrar en el Reino de los Cielos, ¿por qué? Porque les será más difícil renunciar a lo que tienen, a sus comodidades, por Dios y por el prójimo. Alguien se preguntará, pero ¿por qué tiene que renunciar? Pues es lógico, para ser cristiano hay que amar: ese es el distintivo. Y, quien ama, no puede ser indiferente a lo que viven sus hermanos y en tal sentido, ha de estar dispuesto a solidarizarse con los que sufren, con los más pobres y desprotegidos, y una forma realista de hacerlo es ayudando a atender sus necesidades básicas. A este fin han de estar al servicio todas nuestras capacidades y recursos, lo que incluye nuestros bienes materiales. Claro, nadie puede estar de acuerdo en que se malgasten inútilmente; ha de aplicarse la astucia y la inteligencia, pero queda claro que ha de primar esta voluntad de amar y servir, independientemente de cuanto tengamos, en cualquier sentido. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Pero hay aquí toda una dinámica dialéctica, pues tampoco se trata de resignación, sino de luchar por alcanzar la Libertad, que finalmente puede darse en cualquier circunstancia de la vida, sean las extremas que hemos reseñado en el párrafo anterior o las intermedias que suelen ser las más sosas y cómodas, que nos llevan a una indiferencia sistemática, cuando dejamos que nos domine el hedonismo y la comodidad, las grandes tentaciones de una sociedad de consumo, que ha tenido la audacia de posicionar de tal modo a una importante proporción de la población, sedándola y convirtiéndola en el mejor colchón o amortiguador entre ambos extremos, que como bien sabemos siguen existiendo, incluso con diferencias cada vez más acentuadas, dado que según ciertos informes, el 99% de la riqueza del planeta está concentrada en el 1% de la población, lo que es a todas luces insostenible e inmoral, porque mientras tanto tenemos a cientos de millones viviendo en pobreza extrema, es decir sin los recursos necesarios para afrontar su existencia cada día. Es obvio que existirían los recursos suficientes para sacar de esta calamitosa situación a estos hermanos, si estos ricos estuvieran mejor dispuestos a hacer un cambio importante en su favor, pero constituye una ley irracional del sistema en el que vivimos, del que nos hemos hecho esclavos, que la riqueza, para sostenerse, tiene que ser permanentemente acumulada y concentrada. Eso es a lo que asistimos, de modo casi fatal, es decir, como si no pudiéramos hacer nada, como si fuera una ley inamovible, infranqueable, cuando bien sabemos que ello depende de nuestra voluntad, especialmente de quienes ostentan el poder y la riqueza. Se trata de cambiar. Eso es lo que nos manda el Señor: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Esto implica cambiar de centro, dejando al Dinero, por Dios. Dejar de tener al Dinero como el centro de nuestras vidas, como nuestro dios, como nuestro ídolo irrenunciable y determinante, para poner al único y verdadero Dios al centro, lo que empieza por reconocer que la Verdad y la Vida han de estar por sobre todo. No hemos de faltar a ellas: ¡Ese es el Camino! Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, lo que quiere decir que para alcanzar lo único que dará sentido a nuestras vidas hay que estar dispuestos a seguir a Jesús. Él nos manda lo que hemos de hacer. En este pasaje es muy claro, hemos de negarnos a nosotros mismos. Aquí hay toda una pedagogía de la vida y del Evangelio que debemos esforzarnos en comprender, porque en ello se juega la razón de nuestra existencia. Estamos aquí de paso, para alcanzar la Vida Eterna o la Felicidad Plena y Total, para las cuales fuimos creados. Asimilemos la fuerza de este concepto. Hemos sido creados por amor, para ser felices. La felicidad está al alcance de todos, TODOS. Está al alcance, pero es evidente que no la tenemos. Por su puesto, más evidente para unos que para otros. Pero nadie es total y plenamente feliz en la intensidad y el grado que nos está reservado por Dios. Lo mejor que podemos alcanzar aquí, esos momentos que indudablemente y por Gracia Divina hemos tenido oportunidad de vivir, no son sino una pálida anticipación de aquello que nos tiene preparado Dios, para quienes lleguen a ocupar el asiento que nos tiene reservado en Su Banquete Celestial. ¡Nada se le compara! ¡Todos estamos invitados, pero hay que llegar! ¿Cómo? Apuntando allí toda nuestra vida, tal como la brújula apunta siempre al norte. En este tiempo especial de Cuaresma, revisemos nuestras vidas y hagamos los ajustes necesarios para asegurarnos de estar apuntando hacia allá con cada uno de nuestros actos. “No nos dejes caer en la tentación” de no seguir por este Camino, es lo que pedimos cada vez que rezamos el Padre Nuestro. Porque la tentación y los desvíos existen, primero como la aparente imposibilidad de seguir a Jesús con “toda” nuestra circunstancia. Tenemos tan poco o tenemos tanto, que nos resulta imposible. Segundo porque todo cuanto damos, sea mucho o sea poco, resulta en una amenaza aparente a nuestra existencia, es decir que tememos necesitar mañana aquello de lo que hoy nos estamos deshaciendo, cuanto más si ello en realidad amenaza nuestras propias existencias. Por ejemplo, si somos bomberos, salvavidas o policías y tenemos que tomar una decisión en el acto que podría significar la pérdida de nuestras propias vidas o amenazarla seriamente. En realidad todos debíamos tomar la vida así, como el acto heroico del que nos dan ejemplo estas personas. Debíamos estar igualmente dispuestas en lo que atañe a nuestra vida cotidiana. ¿Lo estamos? Reflexionemos e ello de modo muy especial en este tiempo y pidamos a Dios esta Gracia. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará.

Oremos:

Padre Santo, danos la Gracia de vivir conscientes que esta vida es todo lo que vale la pena preservar en este mundo, que sin embargo no es nuestra, sino que ha sido puesta en nuestras manos como un Don temporal que ha de servirnos para alcanzar la Vida Eterna…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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