Lucas 9,11b-17 – pronunció sobre ellos la bendición

mayo 29, 2016

Texto del evangelio Lc 9,11b-17 – pronunció sobre ellos la bendición

11. El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados.
12. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto».
13. Él les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».
14. Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta».
15. Y ellos hicieron sentar a todos.
16. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud.
17. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

Reflexión: Lc 9,11b-17

Jesús es Dios. Solo Dios puede hacer lo que Él hace. No solo multiplica los 5 panes y 2 peces y los reparte entre más de 5mil, sino que la gente lo sigue con tal devoción, que se dejan llevar sin reparar en nada, ni en el hambre, ni en la hora, ni en el cansancio. Se entregan confiadamente a sus manos. Seguramente ha habido muy buenos predicadores que han atraído a mucha gente, pero ¿cuántos de este modo, por tanto tiempo y a tal cantidad de gente? El Señor curaba y enseñaba, pero sin duda algo había en sus palabras, en su presencia, en su mirada que cautivaba a todo ese gentío. Todo el mundo quería verlo, oírlo, tocarlo. Y una vez que lo hacían, no podían alejarse. Querían permanecer con Él. ¿De qué otro modo podemos explicar que se hubieran alejado tanto de los poblados, olvidándose de todo? Tenían que sentirse reconfortados, admirados, atraídos y apaciguados. Sus palabras habrían de ser como un manantial de agua fresca, como un manantial de vida. Tocaban las más profundas fibras de su corazón y su mente, los consolaba e iluminaba. Estar a Su lado era una experiencia maravillosa. El Señor atrae y cautiva, por su sencillez, por su sabiduría, por su sinceridad, por su claridad. Cada quien se sentía tocado de forma íntima y personal. No había desperdicio en cuanto decía. Y su voz, también debía ser potente y cadenciosa, puesto que no había altoparlantes, ni modo electrónico alguno para hacerse oír por todos, y sin embargo, así debía ser, de otro modo no lo seguirían. Pero hay algo más: el Señor irradiaba autoridad. Hablaba como el que sabe, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni mucho menos despreciar a nadie. Hablaba con mucho respeto y sus palabras les hacían sentir dignos y amados a todos los que le escuchaban. No había grosería, ni sarcasmo, ni ironía, ni insultos, ni mentiras, ni odio. Jesucristo era percibido como alguien extraordinario, que correspondía con creces a las características de aquél al que habían estado esperando. Era el Mesías, el enviado, de un Reino de otro mundo, que sin alcanzar a comprender en su magnitud los llenaba de paz, amor, esperanza y alegría. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud.

Ninguno quería separarse, ni Él de ellos, ni ellos de Él; por eso el Señor manda a sus discípulos: denles ustedes de comer. Parece una insensatez, un disparate, pero no lo es tratándose del Señor. Eso es lo que todos los ahí presentes terminarían por comprender, como nosotros lo hacemos ahora. ¿Cómo haremos para dar de comer a tanta gente? ¡Hagan que se sienten! Es decir, hagan lo que Yo les mando. Traigan para aquí todo lo que tienen; pónganlo en común. Mediante mi Bendición vamos a pedirle a mi Padre que nos haga el milagro de multiplicarlo cuanto crea necesario y lo repartiremos. ¡Confíen en mi, que soy el Mesías, el Hijo de Dios y tengo poder para hacer todo esto y mucho más! ¡Tengan fe! Y así lo hace. Los discípulos obedecen sus órdenes, hacen que todos se sienten en grupos de cincuenta. ¡Cien grupos! Y empiezan a repartir los panes y los peces…¡Qué prodigio! ¡Todos comen hasta hartarse y encima sobra! Aprendamos a oír al Señor, y a hacer lo que Él nos manda, que cuanto le pidamos en oración Él lo hará. Pongamos todo cuanto tenemos para hacer Su Voluntad, que recibiremos con creces lo que pedimos. Quien lo sigue y lo obedece, con fe, no tiene pierde. Jesucristo es Dios. Él tiene el Poder. Si lo dejamos todo por Él, tengamos confianza, que Él sabrá atender oportunamente nuestras necesidades y recompensarnos. Él sabe lo que necesitamos aún antes que lo pensemos. Él está mirándonos atentamente y sabrá darnos a tiempo lo que necesitamos. ¡Confiemos en el Señor! Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud.

Jesús está con nosotros; Él ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, que es su Cuerpo y su Sangre que se entrega por nosotros como verdadera comida y verdadera bebida. Así como alimentó a todas aquellas personas que lo seguían, así nos alimenta a nosotros abundantemente. Solo tenemos que participar de la Eucaristía que Él ha puesto a nuestro alcance a través de la Iglesia. Él se nos da, multiplicado por cientos de millones cada día. ¡No lo despreciemos! Por el contrario, acudamos a Él presurosos, que sólo Él tiene Palabras de vida eterna y solo Él puede darnos lo que necesitamos para alcanzar el Reino de Dios. Estando con Él, no tenemos que ir a ningún lado. No hay nadie que pueda saciar nuestro apetito como Él. Sentémonos de cincuenta en cincuenta, de parroquia en parroquia, que Él enviará a sus discípulos, a nuestros sacerdotes, a visitarnos uno por uno y a alimentarnos con Su Cuerpo y Su Sangre. Permanezcamos así unidos entre nosotros y con Él, de esta forma nunca tendremos hambre, sino paz, amor, alegría y esperanza. El Señor ha hecho muchas señales prodigiosas, muchos milagros, pero tal vez no haya uno más grande que el haberse quedado entre nosotros en la Eucaristía, como su Cuerpo y su Sangre para toda la humanidad, para todo el que cree en Él, como alimento de Salvación. ¡No moriremos, mientras permanezcamos por Él, con Él y en Él! ¡Quedémonos a Su lado, no es necesario ir a buscar alimento a otro lado! ¡No lo encontraremos! ¡Nos perderemos! ¡Moriremos! ¡Quedémonos con Él, que es la fuente inagotable de la Vida Eterna! ¡El que come su cuerpo y bebe su sangre, vivirá para siempre! Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud.

Oremos:

Padre Santo, te damos gracias por enviarnos a Tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo a salvarnos y te pedimos que no nos dejes caer en la tentación de dejarlo, de alejarnos de Él, que nunca encontraremos una fuente de agua tan dulce, fresca y cristalina como la que Él nos ofrece…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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