Lucas 9, 46-50 – el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor

septiembre 28, 2015

Texto del evangelio Lc 9, 46-50 – el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor

46. Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor.
47. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado,
48. y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»
49. Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.»
50. Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, pues el que no está contra ustedes, está por ustedes.»

Reflexión: Lc 9, 46-50

Hemos de constatar una y otra vez que el Señor piensa de una manera totalmente distinta a la nuestra. Sus razonamientos no siguen nuestra lógica mundana. ¿Qué lógica siguen por lo tanto? Pues una lógica Divina, que es distinta, sorprendente y muchas veces desconcertante. No resulta fácil adaptarse a ella y reaccionar conforme a ella. ¿Es eso lo que debemos hacer? Pues creemos que sí, pues de lo que se trata es de configurarnos con el Señor, de tal modo que hablemos y obremos como Él. ¿Imposible? Claro que es imposible si pretendemos apoyarnos en nuestras propias fuerzas, si queremos depender absolutamente de nosotros. Ese no es el Camino y nos resultará efectivamente imposible. De lo que se trata es de ponernos en Sus manos y dejar que se haga Su Voluntad. Sin Su intervención es imposible. Es Él quien lo hace posible. ¿Cómo podemos requerir su intervención? Pues, en primer lugar, apartándonos a orar todos los días, cada vez que podamos, sin palabrear mucho. Oremos con todo el corazón y nuestra mente el “Padre Nuestro”, la oración que el mismo Jesús nos enseñó. Esforcémonos por participar frecuentemente en la Eucaristía, que es la verdadera comida y bebida que el Señor nos ha dejado, precisamente para fortalecer cada día su presencia en nuestras vidas; invoquemos la ayuda de la Virgen María, nuestra madre, rezando el Rosario cada vez que podamos. Pidamos la Gracia de oír, entender y hacer lo que Dios nos manda. «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»

¿Cuántas veces queremos imponernos por el solo hecho de no dejar que nuestro criterio sea despreciado? Tenemos que aprender a ser menos soberbios y más humildes, de modo que aprendamos a tolerar que hayan persona que piensan de otro modo, que ven de un modo distinto la realidad, porque tienen otra perspectiva, otra historia, otro desarrollo. Finalmente, no se trata que nuestras ideas o nuestros pensamientos ocupen el primer lugar y mucho menos que se rinda tributo a nuestra persona, porque como cristianos todo lo que nos debe importar es que se reconozca la autoridad de Cristo, su Divinidad, su Pensamiento, Su Palabra y que se ponga en práctica. Oír y hacer lo que nos manda es todo lo que debe interesarnos. Primero y por sobre todas las cosas está Él. Pidamos que nos conceda esta única Gracia, que de ella depende nuestra Salvación. Todo lo demás dejémoslo en sus manos. No andemos buscando figuración ni reconocimiento por lo que hacemos. Que todo lo recibimos de Él y a Él debemos retornarlo. Si hemos de ocupar algún cargo o algún puesto importante, hagámoslo como un servicio a los demás, de tal modo que nuestra actitud sea siempre la de humildes siervos de Dios. Practiquemos constantemente la humildad, del mismo modo en que el Señor nos lo enseña, es decir, estando dispuestos a recibir y a tratar a un niño como un enviado del Señor. ¿Cuántas veces nos falta paciencia para atender a un niño, para tratarlo como se debe? Practiquemos la humildad con nuestros hermanos, no como una actitud impostada, sino como la virtud que queremos alcanzar, no por nosotros, sino para mayor Gloria de Dios. Esforcémonos en servir, sin reclamar gratitud, ni privilegios. Es difícil, pero es la única forma de apagar nuestro ego y poner en primer lugar a Dios y luego a nuestros hermanos, tal como corresponde. «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»

No busquemos la figuración. Esforcémonos por secundar a otros, por ayudar a salir y relucir las bondades y actitudes de otros, de modo tal que ellos también puedan tomarnos como ejemplo de servicio, aprendiendo a servir como nosotros lo hacemos. Nuestro modelo ha de ser Jesús, que no tuvo ningún reparo en agacharse y humillarse a lavar los pies de sus discípulos. No se trata de hablar del servicio, sino de practicarlo en toda ocasión, con humildad, teniendo siempre en nuestra mente y corazón que es a Dios a quien servimos y que por Él somos capaces de cualquier sacrificio. Ejercitémonos en ceder los primeros puestos, nuestros privilegios, los honores que nos tributan. Empezando por lo más insignificante y sencillo: aprendamos a ceder siempre el paso. Seamos los últimos en servirnos. Aprendamos a sacrificarnos. Si alguien no ha de comer, si alguien no ha de dormir, si alguien no ha de hablar, si alguien no ha de figurar, si alguien no ha de ser tenido en cuenta, que seamos nosotros. Si para alguien no alcanza, si alguien debe de esperar, si alguien debe correr el riesgo de no recibir, que seamos nosotros. Hagámoslos conscientemente, pero en forma silenciosa, de tal modo que nadie más que el Señor sepa el sacrificio que realizamos, de este modo recibiremos nuestra recompensa allá en el cielo. «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre ustedes, ése es mayor.»

Oremos:

Padre Santo, danos sencillez y humildad, para que no andemos buscando privilegios, ni figuración. Que seamos capaces de sacrificarnos por el bien común, por promover a los más humildes y necesitados…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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