Lucas 7,19-23 – los muertos resucitan

Diciembre 16, 2015

Texto del evangelio Lc 7,19-23 – los muertos resucitan

19. los envió a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»
20. Llegando donde él aquellos hombres, dijeron: «Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
21. En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.
22. Y les respondió: «Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva;
23. ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»

Reflexión: Lc 7,19-23

Para alguien conocedor de las Escrituras, como Juan, estas palabras del Señor tenían que bastar para reconocerlo. Nos atrevemos a afirmar que aún sin conocer las Sagradas Escrituras cualquiera de nosotros viendo y oyendo lo que se cuenta en estos versículos, si no somos obstinados, tendría que bastarnos para reconocer que estamos frente a una situación única y extraordinaria, jamás vista en nuestras vidas, ni oída ni contada por nadie, a no ser referida a Dios. Por lo tanto, si somos sinceros y coherentes debíamos concluir que nos encontramos frente a una fuerza sobrenatural que solo puede provenir de Dios. Es así, como que dos más dos con cuatro. Ponernos a especular, a dudar y argumentar necedades, solo puede ser obra de alguien que quiere mantenernos en la oscuridad por algún motivo. Obviamente esto será obra del Demonio, pues para todo hombre o mujer de buena fe, honesto y sincero, que no ande buscando razones retorcidas para justificar su comportamiento, la contundencia de estos acontecimientos solo debe llevarnos a doblar las rodillas. ¡Estamos frente a Dios, el Todopoderoso, que ha venido a salvarnos de la esclavitud, tal como lo prometió a nuestros ancestros y está anunciado por los profetas! Solo hace falta Buena Voluntad, es decir pureza de espíritu, honestidad y rectitud para reconocerlo. El que no lo hace, es porque no le da la gana, porque tiene otros motivos subalternos e inconfesables para negarlo; por pura conveniencia, cobardía y egoísmo. Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva

Estamos frente a la Verdad. La reconocemos por las evidencias únicas en su género. Son inconfundibles e irrepetibles, nunca nadie antes, ni después se nos reveló de tal manera. Y es que Jesucristo es el Hijo de Dios, enviado por Voluntad del Padre, según Sus Planes, para Salvarnos, porque Dios nos creó a Su imagen y semejanza para que vivamos junto a Él eternamente. A eso hemos sido destinados. Sin embargo, habiéndonos creado libres, dotados de inteligencia y voluntad, hemos de ser nosotros los que decidamos lo que hemos de hacer con nuestras vidas, pero Dios, como el mejor Padre, no deja de ponernos al frente lo único que nos conviene para alcanzar la plenitud y la vida eterna para la que fuimos creados. Siendo Él la Sabiduría y nuestro Creador, es obvio que lo que Él nos señala como el Camino, es lo que nos conviene. No contento con ello y para evitar que nos perdamos como resultado de la confusión que infunde en nuestras almas el Demonio, mandó a su Hijo Jesucristo a Salvarnos de la perdición y la muerte, enseñándonos el Camino y mandándonos transitar por Él como el único medio para entrar al Reino de Dios. Él es el Camino, la Verdad y la Vida, lo que quiere decir que debemos seguirle, porque Él no nos engaña, porque Él sabe por dónde nos conduce, de modo tal que lleguemos a la plenitud, a la felicidad y la vida eterna. Solo debemos creerle, lo que en realidad no es complicado, porque lo que nos dice no está reñido a la razón, aun cuando el mundo –el demonio-, se haya encargado de difundir que existen otras alternativas y que la propuesta de Dios no se ajusta a la ciencia humana, como si Dios, el Todopoderoso y Omnipotente, tuviera que ajustarse a nuestros limitados criterios, como si Dios debiera su existencia a los hombres, como si Dios tuviera que corresponder a la razón humana. Si así fuera, no sería Dios, sino tan solo una creación de nuestro intelecto. Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva

Tenemos en nuestra inteligencia, libertad y voluntad los atributos necesarios para alcanzar la Vida Eterna para la cual fuimos creados por Dios, pero mal utilizados pueden convertirse en la trampa que hemos construido, en la que pareciera que Dios no existe y que todo está gobernado por el interés egoísta de quienes ostentan el poder y la riqueza, que en los últimos tiempos han declinado todas sus capacidades para dejarse gobernar por un sistema que pareciera engullirlo todo y que gira en torno al Dinero. Los desacuerdos y tensiones entre Dios y el Dinero no son recientes, sino que se remontan a los orígenes de la humanidad y tienen que ver con el afán del hombre de renegar de Dios, de pretender desconocerlo, trazando su propio camino, con prescindencia de Él. ¿Por qué tanto esfuerzo? Porque Dios se opone al camino egoísta que el hombre quiere imponer como la respuesta y solución a su vida. Este camino le ha llevado de fracaso en fracaso, sin embargo los ricos y poderosos, los que se han dedicado a acumularlo todo para sí mismos, insisten, porque no quieren deshacerse de nada, no quieren sacrificar nada, ni exponerse a perder aunque sea una ínfima parte de su riqueza para seguir el Camino del Amor que Dios propone. Así, en última instancia es el egoísmo el que se enfrenta al amor, pretendiendo que para asegurar nuestras propias vidas, hemos de velar por ellas, procurándonos todo lo que consideremos necesario a nosotros mismos, antes que a nadie. Así, frente a una decisión o ellos o yo, siempre debe prevalecer el yo, lo que es contrario al Camino que nos muestra Jesús, que da su vida por nosotros, sin que lo merezcamos y sin ninguna condición. El Camino que Jesucristo nos enseña es el del Amor, que ante la disyuntiva ellos o yo, escoge a ellos, convencido que su sacrificio no será en vano. Nos encontramos frente a dos modos de ver, concebir y afrontar la vida, siendo solamente una la correcta, la verdadera y esta es la que Jesús propone. Por eso insiste en que tenemos que escoger entre Dios o el Dinero, sin términos medios, porque el que no recoge con Él, desparrama. Tenemos las evidencias; no caigamos en la tentación de negarlas. Vayan y cuenten a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva

Oremos:

Padre Santo, que tengamos el valor de optar por el Camino que nos propone Jesucristo y seguirlo aun a costa de nuestras propias vidas…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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