Lucas 6,36-38 – no condenen

Marzo 13, 2017

No condenen

No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

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Lucas 6,36-38 no condenen

Puedes leer el Evangelio aquí. 

Reflexión: Lucas 6,36-38

El Señor pone al desnudo tal vez una de nuestras más grandes debilidades: el chisme. Somos muy propensos a hablar mal de los demás, a criticar e incluso condenar a los demás. Con mucha liviandad juzgamos a nuestros hermanos, reprochando y aun condenando lo que hacen. Siempre nos resulta más fácil y cómodo ver la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga que tenemos en el nuestro.

Es cuestión de actitud. El Señor ahora nos lo recuerda. ¡No hagamos un hábito de esta mala práctica, que solo causa daño, creando un clima de animadversión! Debemos evitar por todos los medios hablar demás y mucho menos de nuestros hermanos. Y cuando decimos hermanos, nos estamos refiriendo al prójimo en general.

Debemos mordernos la lengua antes de criticar a nadie. Propongámonos ser positivos y constructivos siempre. ¡Es difícil! Desde luego; mucho más cuanto nos hemos hecho el hábito de mal hablar. ¡Cuánto daño hace la maledicencia! Sin embargo cuanto la promovemos. Los programas de mayor sintonía en radio y televisión están dedicados a fomentar este vicio.

Somos morbosos y no podemos contener nuestra curiosidad por lo frívolo y grotesco. Por eso es preciso que tomemos conciencia de este comportamiento y en vez de negarlo, tracemos una estrategia para combatirlo. Siempre será más fácil criticar y destruir. ¿Qué tal si nos empeñamos en encontrar el lado bueno o por lo menos la perspectiva aquella desde la cual podríamos edificar a partir de los errores que percibimos?

No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

¡Con qué facilidad condenamos! Decimos que no, pero si nos detenemos un momento a pensar, encontraremos 2, 3 o más personas a las que hemos condenado vivas y de por vida. ¡Si señor! Todas aquellas a las que preferimos ignorar, a las que hemos erradicado de nuestras vidas y hacemos como que no existieran, simplemente porque, como solemos decir, les hemos echado una cruz.

¿Eso no es una condena? Se pueden morir si quieren, que ni nos enteraremos. ¿Por qué? Un desplante, un maltrato, una falta de comprensión, una discrepancia, un reproche, y la mayoría de veces, diferencias económicas. Hay hermanos que no se vuelven a saludar por una herencia. Si, convendremos en que será mejor a que se maten, pero en el fondo, en su alma los han condenado a una muerte en vida.

Cortar para siempre la palabra, evitar el encuentro y no querer saber nada del hermano, del amigo, del vecino, del compañero, de la esposa, del hijo, del padre…es matarlo en vida. ¿Quién tiene razón? ¿Quién debe ceder? ¡Hazlo tú! ¡Nada, nada debe ser tan fuerte como para dividirnos para siempre! Solamente mientras hay vida hay esperanza de rectificación y ninguno de nosotros sabe si esta tarde seguiremos viviendo. ¡No perdamos esta oportunidad de perdonar! ¡Demos el primer paso!

Si alguien te hizo mucho daño, tal vez el más terrible e inimaginable, dejemos a Dios que lo juzgue y condene si Él así lo considera conveniente. Nosotros tendamos puentes y abramos nuestros corazones. Sigamos el ejemplo de Jesús, que moribundo en la cruz, luego de tanta vejación y humillación injusta, nos eximió de culpa, por no saber lo que hacemos. Otorguemos este beneficio a quien nos ha faltado y no vayamos llevando chismes y maledicencias a nadie.

Nuestra confianza no ha de estar en la comprensión que finalmente tengan los demás de nuestra opinión o nuestra posición respecto a cualquier asunto, sino en Dios. Asegurémonos nosotros de hacer siempre el Bien, sin importar a quién. Es preciso cambiar nuestra actitud y ver al mundo con otros ojos; con los ojos compasivos conque los ve nuestros Padre.

Todos cometemos errores; incluso nosotros. Parece absurdo que tengamos que afirmar esto, pero es que en general tenemos la tendencia a fijarnos en lo malo que hacen los demás y eximirnos de faltas, lo que no es cierto, porque todos somos pecadores. Esto es inherente a la naturaleza humana. Ya lo decía San Pablo: hacemos el mal que no queremos y el bien que queremos no lo hacemos.

Reflexionemos en nuestras faltas y esforcémonos por enmendarlas. ¡Cambiemos de actitud! Seamos dóciles, comprensivos y compasivos con nuestros hermanos, especialmente con aquellos que más nos cuesta. Seamos con ellos tal como Dios es con nosotros. Seamos comprensivos, compasivos y amorosos. Si abrimos la boca, que sea para edificar y construir. Pidamos al Señor que nos conceda esta Gracia, por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina con Dios Padre, por los siglos de los siglos, amén.

No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

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