Lucas 4,24-30 – Pasando en medio de ellos

marzo 5, 2018

Pasando en medio de ellos

“Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuo su camino.”

Lunes de la 3ra Semana de Cuaresma | 05 Marzo 2018 | Por Miguel Damiani

Lecturas de la Fecha:

  • 2do Libro de los Reyes Éxodo 5,1-15a
  • Salmo 41
  • Lucas 4,24-30

Reflexión sobre las lecturas

Pasando en medio de ellos

Después de lo que Jesús hizo en el templo, expulsando a los comerciantes y tirando por el suelo sus puestos, los judíos están muy molestos con Él. Ya no lo soportan. Él está remeciendo su sociedad desde los cimientos.

¿Quién se ha creído que es? Ellos lamentablemente no quieren creer que es Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador prometido. Y es que esperaban que los tratara con deferencia, con adulación y respeto. En cambio Jesucristo los enfrenta, desenmascarando su hipocresía.

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¿Cómo se atreve a sacarles en cara que los profetas prefieren manifestarse, ayudar y curar a los extranjeros antes que a ellos? Son incapaces de aceptar que su soberbia y su vanidad los ha cegado al extremo de no poder reconocer a quien Dios envía.

Esta vez llegan al extremo de tomar venganza por sus propias manos. Si Jesucristo se libra de ellos no es por cobardía, sino porque aún no había llegado Su hora. Él tenía una Misión que cumplir y lo que tenía que ocurrir con Él, no era morir de este modo, entre sus manos.

Esta gente está tan obsesionada con la amenaza que Jesucristo parece constituir para su estatus social y económico, que ni si quiera son capaces de asombrarse de la forma en que Él se libra de la emboscada que le tendieron.

Y es que, como posteriormente dirá Jesús, a mí nadie me quita la vida. Yo la entrego por la salvación. Esto quiere decir que nadie tendría en realidad poder sobre Jesucristo, si Él no lo permite. ¿Y, por qué lo permite?

Porque Él tiene una Misión que cumplir. Ha venido a Salvarnos, por Voluntad de Dios Padre. Y, la única forma de hacerlo es mostrándonos con Su propia Vida, el Camino del Amor. Él nos enseña con Su propia Vida, hasta qué extremo debe llegar quien en verdad ama.

Jesús no da ejemplo con Su propia Vida. Nosotros debemos seguirlo para salvarnos. ¿Quiere decir que todos debemos ser crucificados? No, en el sentido literal. Pero sí llegar al extremo de dar la vida, si es preciso, por amor.

Se dice muy fácil y a veces parece tal situación muy alejada de nuestra realidad. Sin embargo, si nos detenemos a observar nuestras propias vidas, constataremos que son muchas las situaciones, a diario, en las que no somos capaces de entregarnos por amor.

Queremos siempre tener la razón. Queremos imponer nuestro criterio. No toleramos que nadie nos trate, ya no digamos con violencia, sino con desprecio o indiferencia. Queremos ser siempre el centro. Queremos que se nos reconozca y se nos trate con distinción.

Luego hablamos de modestia, pero lo decimos de la boca para afuera. En el fondo deseamos tener lo que los que los ricos. Tener sus placeres, su abundancia, su dinero, sus vehículos, sus casas y aun sus mujeres u hombres.

Nos gusta la “buena vida”, más aún cuando no nos cuesta nada. Detestamos que alguien nos venga a hablar de sacrificios. Eso está bien para los demás, no para nosotros. Nosotros queremos tenerlo todo. No privarnos de nada.

Fuera los desprendimientos, la modestia y la humildad. Nos gusta que se nos obedezca y complazca. Que se sepa quién manda, mientras seamos nosotros. Damos como caridad y limosna aquello que nos sobra, que no representa ninguna incomodidad ni sacrificio.

Esas tonterías no son para nosotros. Por eso somos incapaces de entender el mensaje de Cristo. Queremos interpretarlo a nuestro modo y hacerle decir lo que nos conviene, callando y censurando lo que nos incomoda.

Por eso, algunos, hemos aceptado ser cristianos, pero a nuestro modo, sin que ello signifique renuncia alguna, que no sea a la pobreza y la miseria. Somos muchos los que coincidimos y conciliamos con este tipo de vida, por eso nos resulta inaceptable que alguien venga con interpretaciones “revolucionarias” del mensaje de Cristo.

Son errores de interpretación. Jesús no puede condenar el dinero, sino estaría condenando a Su propia Iglesia, la cual a ojos de todos es riquísima. Es cuestión de dar la correcta interpretación, aquella que concilia fe y riqueza.

Esto es lo que creemos que se puede servir a Dios y al Dinero, contrariamente a lo que Jesucristo nos revela. Y es que no estamos dispuestos a aceptar esa interpretación. Tiene que haber una más benigna y conciliadora. Jesús no puede ser tan radical.

Y, sin embargo, lo cierto es que Jesucristo muere, no figurativamente, sino realmente en la cruz y resucita al tercer día para salvarnos y mostrarnos el Camino. Es la Voluntad del Padre la que debemos cumplir y ella nos manda: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Este mandamiento no da lugar a ninguna conciliación con las riquezas, ni con el dinero, mientras haya pobreza y miseria en el mundo. El propósito de nuestras vidas no es enriquecernos, sino amar. Amar es dar, es desprenderse. Es poner antes que nosotros al prójimo.

Oración:

Padre Santo, aparta de nosotros la ambición. No permitas que nos ciegue el egoísmo, la comodidad, el bienestar y el placer. Que no nos dejemos tentar por el dinero, sino que con coraje asumamos la misión que nos has encomendado, amándote a Ti por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

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