Lucas 4,24-30 – le arrojaron fuera de la ciudad

febrero 29, 2016

Texto del evangelio Lc 4,24-30 – le arrojaron fuera de la ciudad

24. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25. «Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26. y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28. Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29. y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4,24-30

No nos gusta que venga alguien con pretensiones de decirnos lo que debemos hacer y mucho menos si lo conocemos, porque, llegado un momento, aunque pudiera tener la razón, nuestro orgullo y soberbia pueden más y entonces empezamos a preguntarnos: ¿con qué autoridad nos habla de esta manera? ¿quién es este para que venga a decirnos lo que debemos hacer o dejar de hacer? ¿después de todo, no es un hombre como nosotros, con limitaciones y defectos como cualquiera de nosotros? ¿no es fulanito, al que conocemos desde niño, con el que hemos corrido, jugado y a cuyos papas y hermanos conocemos bastante bien? ¿de dónde viene a decirnos lo que debemos hacer? ¿con qué autoridad? Muchas veces ni si quiera nos detenemos a considerar sus argumentos, pues nos basta con la idea, los prejuicios que tenemos sobre esta persona o sobre lo que nos intenta decir. En el fondo, es pura soberbia, que no estamos ni si quiera dispuestos a escuchar. Esta es una pésima actitud que lamentablemente es más frecuente de lo que pensamos. Nos cuesta cambiar y no lo haremos por alguien cuya credibilidad –debido a nuestros prejuicios-, es reducida. Tal y como lo plantea el Señor, en tal caso, mejor aplicar la astucia y salir por la tangente, antes que chocar, porque las consecuencias pueden ser desastrosas…levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

La soberbia y el orgullo nos llevan a cerrarnos por completo y ya entonces no entramos en razón, pues los argumentos no interesan, sino las actitudes. No estamos dispuestos a escuchar a quien de partida hemos descalificado. Y, obviamente descalificaremos a quien se oponga a nuestros intereses, aun cuando se trate de prestigio, porque, después de todo, el prestigio es parte del poder que buscamos en la sociedad. Es curiosos que lo que finalmente les está diciendo Jesús a estos judíos es que siendo el Pueblo Escogido, se les han subido tal vez de tal modo los humos, que estando frente a ellos el Mesías a quien tanto esperaban, no está dispuestos a reconocerlo. No lo quieren ver. Están cegados por la soberbia, por el orgullo. Ellos se han formado una imagen del Mesías y Jesús no encaja con la imagen que ellos tienen. Ellos esperan otra cosa, no a otro judío más, común y corriente salido de su mismo entorno. Por poco y adelanta la Pascua. Es verdad que esto les sería imposible precisamente porque estaban frente al Mesías, el Hijo de Dios vivo, y Él tenía que cumplir con el Plan de Dios, el cual no contemplaba que muriera allí y en ese momento precisamente, sino, algunas semanas después y en la cruz. No deja de llamarnos la atención que el Señor se ve precisado a usar sus poderes Divinos para salir ileso de esta emboscada. Y mucho más aún, que ni esto haya servido como prueba para que aquellos judíos cambien de opinión. Así de cerrados estaban y ya sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver…levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

¿Cuántas veces actuamos así, cegados por nuestros prejuicios? No somos capaces de ver lo evidente. Vemos lo que queremos ver. No nos refiramos a otros, sino que dediquemos algunos minutos a examinarnos a nosotros mismos. ¿A cuántas personas, algunas muy cercanas, les cerramos la puerta de nuestro corazón y nuestra mente, simplemente porque ya tenemos una idea de ellos y no admitimos la menor modificación. Ya los hemos etiquetado y no importa lo que digan o hagan, nuestro concepto será invariable, inmodificable. Inspirados por esta lectura y siguiendo el Espíritu que el Señor nos quiere comunicar, esforcémonos hoy día por variar nuestros criterios. Pongámoslo por un momento en duda. Preguntémonos qué pasaría si aquello fuera cierto. No renunciemos a nuestras convicciones, pero demos por lo menos un espacio a la consideración de las ideas y argumentos de aquellos personajes o incluso amigos, cuyas ideas tal vez debíamos esforzarnos en comprender y resultaría que no son tan descabelladas. ¡Qué fácil puede resultar aferrarnos a lo que siempre hemos sostenido! Pero, podría resultar que estemos equivocados. Peor aún: ¿qué tal si nuestras concepciones de Cristo y de Dios estuvieran equivocadas? Examinemos esa posibilidad. Tal vez estamos dejando de ver lo evidente precisamente porque lo tenemos tan cerca, tan próximo, que no lo llegamos a ver ni entender, simplemente porque no le damos la oportunidad, porque estamos tan seguros de tener la verdad, que no vamos a dejar que nuestra esposa, nuestro esposo o tal vez alguno de nuestros hijos o amigos nos estén proponiendo el cambio o el ajuste necesario para abrazar verdaderamente la Verdad. No seamos intolerantes y mucho menos soberbios. Prestemos atención…levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos ciegue la soberbia o el orgullo. Que aprendamos a ver y oír con humildad la corrección que nos propones directamente o a través de nuestros hermanos…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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