Lucas 4, 21-30 – todos daban testimonio de él y estaban admirados

Enero 31, 2016

Texto del evangelio (Lc 4, 21-30) – todos daban testimonio de él y estaban admirados

21. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy.»
22. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
23. El les dijo: «Seguramente me van a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria.»
24. Y añadió: «En verdad les digo que ningún profeta es bien recibido en su patria.»
25. «Les digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país;
26. y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.
27. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.»
28.Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira;
29. y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
30. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Reflexión: Lc 4, 21-30

Si algo realmente nos llama la atención en este pasaje es la fuerza de los prejuicios. Cuanto pueden estos sobre la razón. Es que muchas veces estamos más dispuestos a hacer caso a nuestras emociones, a nuestras percepciones, por encima de la razón. No se nos ocurre otra cosa para poder explicar la escena que podemos apreciar aquí, en la que el pueblo pasa de la admiración a la ira en unos breves segundos y de no ser porque se trataba de Jesús, el Hijo de Dios, allí mismo hubiera dado con sus huesos, pues trataron de matarlo. Así de grave, espontánea y multitudinaria fue la reacción. Cuantos casos similares, en los que el pueblo hace justicia por sus propias manos nos narra la historia. Ahora puedo recordar el caso de una alcalde de Ilave, en el departamento peruano de Puno, que fue asesinado por la turba enardecida de su pueblo, por presuntos delitos de corrupción. ¿Cómo fue que llegaron a este extremo? Esto es algo que sociólogos y antropólogos han tratado de responder después, sin encontrar justificación razonable alguna. Al parecer fueron unos cuantos los que azuzaron y condujeron a la población a este extremo cruel y salvaje, porque incluso las posteriores investigaciones exculparon a esta autoridad de los delitos que le acusaban. ¿Qué ocurrió entonces? Que por alguna razón primaron y se impusieron los prejuicios que unos cuantos se encargaron de agitar hasta enceguecer a tal extremo a la turba que quienes no participaron en la masacre, observaron temerosos o huyeron a sus casas para desentenderse del crimen. Estamos pues frente a una ciega y enardecida reacción colectiva similar a la que sufre Jesús, de la cual no se hubiera librado como lo hizo, por ser Hijo de Dios. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Cuánto daño pueden hacernos los prejuicios, si nos dejamos llevar y enceguecer por ellos. Se trata de una reacción emotiva en realidad, que nubla la razón. No podemos admitir que alguien que conocemos desde siempre, pueda haber cambiado. Es más, no llegamos a darle ningún crédito y todo en sus labios nos suena hueco y dudoso. Nos parece impostado. ¿A quién quiere engañar?, nos decimos. Y así, simplemente cerramos la puerta al mensaje, que puede ser sabio y verdadero, como es el caso de Jesús. Todos en su pueblo se admiraban, pero no podían dar crédito a lo que se decía y veían, porque conocían a José, el padre adoptivo de Jesús y su orgullo y soberbia les impedían valorar en su debida dimensión aquello de lo que habían sido testigos. Eran tan fuertes sus prejuicios que preferían dar crédito a su corazonada, a su intuición que les dictaba que allí tenía que haber algún engaño, antes que aquello de lo que habían sido testigos. A tal punto se resisten, que se llenan de ira de escuchar los reproches totalmente fundados que les hace Jesús. Es que no estaban dispuestos a aceptar que este “don nadie”, que ellos conocían desde niño y que habían visto crecer entre ellos, viniera ahora con pretensiones de enseñarles algo. Simplemente no le prestaban atención y cualquier cosa que fuera diciendo no hacía nada más que enfurecerlos más, al punto de sacarlo a las afueras para despeñarlo. ¡Si, lo querían matar! Pasaron de la admiración al odio en segundos, como resultado de prejuicios que algunos de sus enemigos –seguramente los más connotados-, se encargaron de agitar. Se nos ocurre preguntarnos, ¿Cuánto de esto será lo que pasa a nuestros pobres hermanos cristianos en Siria? Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Debemos tomar como una advertencia las dificultades que el mismo Jesucristo tiene con la gente de su propio pueblo. En este suceso podemos ver un anticipo de lo que ocurrirá finalmente con Jesucristo, del crimen que finalmente lo conducirá a la violenta e injusta muerte en la cruz. Hay unos cuantos entre nosotros, que no podemos aceptar, que no estamos dispuestos a aceptar que entre nosotros haya salido un hombre extraordinario como Jesús, mucho menos que este sea Hijo de Dios y venga a decirnos lo que tenemos que hacer. Eso simplemente no es posible y cegados por esta convicción, que tiene profundas raíces en sus prejuicios, enlazados con sus intereses, son incapaces de dar crédito alguno a todo lo que ven y de lo que ellos mismos han sido testigos, porque más fuerte y más grandes son las emociones que despiertan en ellos estos prejuicios y el temor a perder sus privilegios. No están dispuestos a oír ni ver nada. Están ciegos por la ira, el orgullo y la soberbia. No quieren saber nada de Jesús, porque no están dispuestos a escuchar y creer en un “don nadie” de quien creen conocer todos sus antecedentes. La muchedumbre que lo sigue y que atestigua sus milagros, no es nada más que la plebe, la chusma, el populacho ignorante, que puede creer en lo que quiera, los tiene sin cuidado. Y, si no están dispuestos a oír, mucho menos estarán dispuestos a considerar un cambio en sus vidas, que los lleve a dejar de lado la supremacía del dinero, de la que son esclavos. De este modo, desprestigiando –a sus ojos-, a Jesús, pretenden desprestigiar su mensaje, que es totalmente contrario al hedonismo, a la acumulación de riquezas, al despilfarro, a la injusticia, a la soberbia, al orgullo y al egoísmo. Prefieren mantener la situación actual, en tanto resulta beneficiosa para los ricos y poderosos, es decir para sus intereses y no están dispuestos a aceptar que nadie venga a romper este “equilibrio” que se funda en profundas diferencias e injusticias, que perjudican a los más pobres e indefensos, de cuya suerte no están dispuestos a asumir responsabilidad alguna. Este es el drama del que estamos siendo testigos hoy en el evangelio. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Oremos:

Padre Santo, no permitas que nos dejemos gobernar por nuestros prejuicios, que muchas veces no son nada más que la protección egoísta de nuestros intereses…Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos…Amén.

Roguemos al Señor…

Te lo pedimos Señor.

(Añade tus oraciones por las intenciones que desees, para que todos los que pasemos por aquí tengamos oportunidad de unirnos a tus plegarias)

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